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[ANNIEHALL]

Los atardeceres en septiembre son especiales, sin duda es la mejor estación del año. El otoño tiene algo de calma y sosiego, de belleza eterna que arremete contra uno como un suspiro de inmortalidad. Siempre me quedo embelesada contemplando las manchas del cielo transparente y como sin más se convierten en un hermoso lienzo de color rojo. Esta tarde era uno de esos días. Mientras regresaba a casa en el coche veía como los colores querían rodear a lo lejos las montañas y esto hacía que me gustase.

Apenas comí algo y me duché. Sin secarse del todo mi cuerpo cayó rendido sobre la cama y no reaccionó hasta una hora mas tarde. Necesitaba dormir. A veces solía tener insomnio. En determinadas épocas del año se acrecentaba coincidiendo con los cambios de estación. Había oído que el cuerpo humano cambia por completo de sangre dos veces al año y no sé por qué extraña razón lo hace. Quizá intenta dar un nuevo enfoque a la vida, un cambio o una puesta a punto desde lo mas profundo de su ser. Siempre me pareció curioso, de igual modo que el número de muertes que tenían lugar en esas fechas. Pensaba que eran consecuencia de no haber podido adaptarse un año mas a ese cambio de vida o que querían marcharse en una bonita estación y tener así un bonito recuerdo de todo.

Dicen que cuando alguien muere el alma se separa del cuerpo y comienza un largo viaje a ninguna parte. Cuando mi madre murió el alma abandono su cuerpo. Lo vi. Vi como escapaba y entraba en el cuerpo de mi hermana. Si esto ocurriese instantes antes de morir, yo cogería la mía con las manos, las mismas manos que ya no me pertenecen y me la metería de nuevo dentro para que muriese conmigo porque así se es y así se debe dejar de ser. Aunque esto ya no es posible. Es difícil saber desde cuando el alma de mi madre vive en mis manos. El día que ella murió cumplí diez años. El cometa Halley se insinuaba por el cielo de la ventana de mi habitación cuando una mancha de sangre me asomaba bajo el camisón de franela y no me atreví a levantarme. Miraba la cara de fascinación de mi hermana asomada en la ventana cuando esta se le quebró y corrió a intentar evitar lo inevitable. Mi madre se desplomó delante nuestra sobre el suelo de la cocina. La coincidencia de la muerte de mi madre con el día de mi cumpleaños, la visita del cometa Halley y mi primera menstruación me hizo desarrollar un sentimiento supersticioso que todavía hoy me acompaña. Siempre duermo con la ventana cerrada y uso guantes ese día para que mi madre no se escape, además contando con que nací en pleno agosto, el espectáculo resulta bastante extraño para quienes han compartido cama conmigo.

Desde ese día ya han pasado veinte años. Todavía era temprano. El avión salía a media noche. Encendí el televisor antes de preparar la maleta. En realidad eran dos pequeñas bolsas de viaje que apenas si contenían la ropa esencial para unos pocos días. Tenía claro que iban a contener lo indispensable.

Había olvidado ya las temporadas de modas y rebajas. Ahora me dejaba llevar por gustos más subjetivos, por esencias de mi propia vida, por presentimientos íntimos como el primer beso, las sabanas frías de la casa del pueblo de mi madre cuando ibamos en navidad o la mirada cómplice de mi hermana al regresar tarde a casa un sábado de madrugada. Esa era yo. Apagué la televisión. No había nada interesante. Solía verla con la voz apagada. Mi padre veía el telediario con la voz apagada. Me decía que imaginaba las noticias y las podía manipular a su antojo. La mayoría de las noticas se repiten así que no tenía por qué imaginar demasiado las cosas, solo se dejaba llevar.

Al principio veía el telediario sin voz como lo hacía mi padre. Después comenzaba a cambiar de canal y no tardé en adquirir una facilidad para añadir a las imagenes extrañas historias que volaban sobre mi cabeza. Siempre me gusta fijarme en los ojos. Me han fascinado y me fascinan. Me encanta poder atravesarlos en línea recta sin ninguna curva, sin rodeos y descubrir que es lo que se oculta detrás. Imaginaba como podía ser la mirada de los presentadores declarandose a su novia el primer día. Imaginaba como le temblaría la voz y como perdían totalmente esa falsa seguridad que pretendían dar en las imagenes. El sudor de la frente, las manos frías, la mirada cómplice de la futura novia o quiza no, y poder sentir esos ojos frios, sin gesto con rostro cadavérico y cabizbajo tras una negativa. Y mi vida transcurría sin apenas vida.

Esta mañana era muy temprano cuando el ruido del teléfono me sobresaltó. Me desperté asustada, el corazón me latía a mil por hora. Estaba perdida. Había visto rayas, rayas que se cruzaban y empezaban a girar, después círculos y cuadrados hasta formar una espiral, mas rayas y espirales, rayas y espirales que giraban a gran velocidad. Tardé en abrir los ojos, me sentía fatal. Era incapaz de tragar saliva y me ardía la garganta. Intenté moverme pero el simple acto de girarme en la cama me produjo dolor en todo el cuerpo. Por fin empecé a orientarme. Vi la puerta, la ventana y la cama, era mi habitación. Había sufrido una pesadilla geométrica propia de los estados febriles. Estaba enferma y dejé sonar el teléfono. Volvió a sonar minutos después, me encontraba en la misma posición de letargo que me permitía la fiebre. Creo que no dormía, intentaba recordar sin mucho esfuerzo si mi sueño había sido en color. Saltó el contestador. Era una voz con acento argentino de un hombre de mediana edad que decía: - oiga soy Guillermo Buen Estado León, quisiera hablar con Luis Rabadán, deseo el número de su casa. Muchas gracias.

Nunca he querido saber demasiado acerca de la niña que jugueteaba con sus amigas a la comba y que se quedaba boquiabierta frente a la pantalla de un televisor en blanco y negro con el bocadillo de chocolate y el vaso de leche mirando embelesada Barrio Sésamo. Me estaba obsesionando con personas que pudieran mantener el encanto de la infancia tras el paso de los años, la inocencia de la infancia. Tenían el salvoconducto para adentrarse en la misma personalidad de una mujer y con ello la capacidad de ampliar el conocimiento de más y más cosas. Quizá exista alguien que pueda mantener esa misma inocencia a cualquier edad pero no sé por qué razón yo estaba convencida de no formar parte de ese particular club de elegidos. Nunca me di cuenta hasta ahora que muy lentamente conforme iba creciendo, conforme iba conociendo nuevas cosas a lo largo de los meses y años había una una parte de mi propia personalidad que iba mermando, como el crecimiento del pelo, o el ritmo insonoro de una uña que va rompiendo la carne y que lucha por sobresalir del resto, con esa misma lentitud sin que apenas puedas concebir ese latido pero que al cabo de los meses te avisa de que todo se transforma, absolutamente todo. Esa era yo.

En el departamento de equipajes me habían retenido una de las dos maletas. Ahora extremaban los registros en todos los vuelos. Era bien entrada la noche. Y estaba muerta de frio. Me acerqué a una maquina a tomar un café bien cargado. La noche iba a ser muy larga y sabía con total certeza que no iba a conciliar el sueño.

Aquí estaba yo. Sentada en la sala del aeropuerto esperando la salida de mi avión, en busca de alguien de quien solo conozco la voz porque se cruzó en mi vida y se metió en mi sueño, en mi sueño en blanco y negro. Porque me hizo saltar al vacio hacia una ilusión. Ya lo había recordado, y porque después supe que Luis Rabadán había muerto y porque mi nombre es Luisa y por todas estas explicaciones y sin ningún motivo salgo en su búsqueda, y porque siempre quise viajar a Argentina. Así es y asi debe dejar de ser.

Dedicado a María Perea. porque esto es cosa de dos
(Miguel Angel S. Herrera, 2003)

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