MIGUEL ANGEL SÁNCHEZ HERRERA.
Espejismo
Miro de nuevo su cara, la siento tan
cerca de mí, tan próxima, que no puedo resistirme. Mi mano acaricia suavemente
su piel sin que apenas logre rozarla. Ella no se da cuenta. Luego, le acaricio
el pelo, lo tiene rizado y le tapa en ocasiones los ojos. Solamente con eso me
conformo. Todos los días no puedo tenerla a mi lado. Se separa, la pierdo y me
encuentro solo, en total silencio. No sé donde fijar la mirada, las calles me
parecen tan monótonas, el pasear de la gente, los coches, todo aparece
distinto. Es como cuando intentas buscar una imagen perdida ya imposible y
sabes que su búsqueda está abocada de antemano al fracaso, pero no desistes por
ello y esa sensación de proximidad a la esperanza es mucho mayor.
Sin embargo, a su lado todo parece
diferente. El mundo se aferra en girar alrededor de su eje, su larga cabellera,
su perfecta sonrisa o incluso sus oscuros y hermosos ojos están muy próximos a
mí. Los tengo tan cerca que a veces me asustan. Los días de lluvia son
horribles y sin embargo ella permanece junto a mí muy próxima aunque sin poder
verla. No la distingo. Me limito simplemente a sentir su proximidad y eso me
produce sosiego. No existiría nada que impidiera acercarme a ella si no fuera
por el vaho producido por la lluvia que no me permite poder acariciar sus
mejillas, ni tener la sensación de mis dedos entrelazados entre sus cabellos,
ni poder ver sus ojos perdidos en la lejanía de la calle; son días tristes
pero, aún así, placenteros. Solo me conformo con recordar su amplia sonrisa con
gesto suave cuando se dirige hacia alguna de sus amigas o la mirada oculta casi
misteriosa entre sus cabellos.
Hay veces que el bullicio no me permite
mirarla. Demasiado ajetreo, demasiados rostros que me envuelven junto con el
ruido de las voces. Esta situación y el continuo vaivén del autobús hacen casi
imposible mi encuentro con su reflejo. Eso es, un cristal y su reflejo es lo
único que puedo tener de ella y con lo que me conformo. Me proporciona la única
forma de tenerla junto a mí en los trayectos a clase; desconozco su nombre y lo
que estudia, no sé donde vive, pero coincidimos un instante todos los días. Y
all menos eso me basta y es con lo único que me conformo.
Sin embargo hoy ha ocurrido algo; esta
mañana la he mirado de nuevo y su rostro había cambiado. Ya no era el mismo del
resto de los días y eso me ha desconcertado. Su mirada se había fijado sobre el
cristal y se dirigía ahora hacia mí.
Apenas me había dado tiempo a
reaccionar, a recapacitar el tiempo suficiente cuando me di cuenta que estaba
haciendo exactamente lo que yo había venido haciendo durante todo este tiempo.
Me había descubierto y ahora lo estaba utilizando contra mí. Todo mi mundo
irreal creado en el interior del autobús acababa de girar bruscamente. En ese
mismo instante el miedo se apoderó de mí; la idea de transformar lo desconocido
me aterraba. Todo podía escaparse ahora a mi control. ¿Y si hubiera
descubierto, a su vez, mi más hondo sentimiento? No sería posible que pudiese
conocer mi amor hacia ella, nunca antes nos habíamos visto en ningún otro
lugar. Y este autobús había sido durante todo el tiempo nuestra única cita.
Yo me subía al autobús tres paradas
antes todas las mañanas, así que podía ver perfectamente cuando lo hacía ella.
Y al bajar todos en la última parada, siempre esperaba a que ella lo hiciera
antes que yo. Me podía haber seguido con las miradas, su silueta podría estar
reflejada, no por la casualidad del destino, sino porque así ella lo había
decidido de igual modo que las sonrisas hacia su compañera o las miradas a la
gente de la calle.
Volví a mirar el cristal y el reflejo
de sus ojos continuaban aún fijos sobre mí. Ahora no insinuaban nada. Estaban
impasibles, exactamente igual a como yo los dejara sobre el cristal durante
cada día en cada trayecto, como si pretendiese perder la mirada entre mis
pensamientos o entre el exterior de un autobús a rebosar de pasajeros que
desconocían todo nuestro mundo.
Estaba aterrado. No sabía como
reaccionar. Alcé la vista al frente y allí continuaba entre varias personas.
Por primera vez la vi tal y como era, con toda su fisonomía y sin que ningún
cristal se interpusiera entre los dos y con la certeza de que todo lo que me
estaba sucediendo era absolutamente real, tan real que me había paralizado por
completo. Lo sorprendente fue que siguió con el juego inicial. Así es, levantó
la vista del cristal y me miró por encima de todas las cabezas.
Decidí bajar la vista en ese instante.
En cuanto se detuvo el autobús bajé de un salto y caminé hasta casa sin
detenerme. Todo lo que había sucedido me había alterado: creí que los dos ahora
nos conocíamos demasiado.