Anamorfosis
Hola.
Mi nombre es Ana, mido apenas 32 centímetros
y hoy cumplo 68 años. Desde el lugar en que me
encuentro es difícil lograr una imagen amplia
de lo que me rodea, especialmente porque el líquido
en el que me encuentro suspendida no permite que mis
ojos consigan ver con claridad las cosas. Durante el
día vienen muchas personas a observarme,
como turistas de lo extraño en búsqueda
de una curiosa maravilla. Ahí, parados frente
al estante donde me encuentro, se inclinan a leer la etiqueta donde
se anuncia el que ahora será para siempre mi único
nombre: For.
Caso -DR.548S.
Desde
el otro lado del cristal puedo sentir el asco y
la nausea cuando fijan sobre mí su
mirada. Oigo sus risas, sus comentarios de espanto
y burla. Siento vergüenza, un deseo
imposible de escapar, porque nada queda de
lo que alguna vez fui.
El
constante drenaje de fluidos y sustancias para
detener el proceso de descomposición me
han transfigurado casi por completo,
han hecho de mí algo irreconocible, una
masa de carne hinchada amplificada por el
continuo dolor que me producen las distintas tiras
de cuero que me han puesto para disimular la herida
más extensa y evitar así el riesgo
de que en cualquier momento mi rostro simplemente
explote.
Por
las noches, cuando todos los espectadores ya satisfechos
se han marchado, me convierto en Ana nuevamente, la mujer.
Puedo oír claramente las voces de mis llamándome
y la melodía de esa oscura hora en la que él
entró a mi cuarto, cuando el ruido metálico
del hacha atravesándome el cuello llenó cada
espacio. Ese ruido inolvidable sonando como
una sinfonía triste pero hermosa.
Nota : Ana, puede
verse todos los días, en el Museo de Anatomía
Patológica de la Universidad de Concepción
, Chile, la cual estudio. Donde permanece
tras haber sido asesinada por su esposo hace ya
muchas décadas. Nadie reclamó su
cuerpo.
Otras obras del autor
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