la voz de la cometa
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Manuel Lozano
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El Secuestro Inmóvil

 

Aunque me  esfuerzo en olvidar, aún después de tantos años persiste en mí la duda y el espanto sobre ese horrible hecho. Fue una noche de  noviembre. El doctor Ara como de costumbre,  acababa de examinarme y despedirse hacía poco  rato  en la sala 63 donde yo  me encontraba. No sé por qué  algo no permitía que pudiera  cerrar los ojos. De pronto, oí el sonido de unos  pasos subiendo la escalera principal. Intenté levantarme, sin embargo, el pánico me dejó completamente inmóvil. Alguien abrió  la puerta y entonces pude ver a un grupo de hombres rodeando la cama. Quise defenderme, pero era como si el terror  se hubiese apoderado de cada uno de  mis músculos.  Mientras me  subían a un camión estacionado justo frente al recinto  pude ver  a lo lejos la figura diminuta del doctor que en vano trataba de impedir mi secuestro.

Una vez asegurado que cualquier intento de escaparme era imposible, detuvieron el motor del automóvil, pasando ahí el resto de la noche. Me habían cubierto el rostro y atado con una soga fuertemente a una especie de  camilla. Creo que estuvimos dando vueltas más de dos días por las calles de la ciudad, deteniéndonos solo a ratos. Las discusiones entre mis secuestradores eran frecuentes. Uno de ellos  llegó incluso a decir que lo mejor era  hacer desaparecer pronto el cuerpo. Comprendí que el plan inicial  no había resultado como lo previsto y que estaban  decididos a  matarme.  Es extraño, pero ahora que lo pienso no sentí miedo sino al contrario,  una profunda e inexplicable  tristeza. La voz de Juan y  el recuerdo de sus manos sosteniéndome llenaron  cada espacio de mi mente.

Después de ese episodio perdí la noción del tiempo y mis recuerdos se tornan un poco difusos. Algo ocurrió, pero mis capturadores desistieron ante la idea de asesinarme. Constantemente nos cambiábamos de lugar. Moviéndonos casi todos los días de  un sitio a otro. En su mayoría alejadas bodegas y depósitos abandonados. Se notaba  a medida que pasaba el tiempo cierta desesperación en sus actos y en el modo en que se comportaban. Lo anterior sumado a mi certeza de que cualquier petición respecto a  mi rescate sería aceptada, alimentó en mi interior  la falsa esperanza de una futura y temprana  liberación.

De acuerdo con mis cálculos este continuo desplazamiento debió  prolongarse por casi un mes. Hasta que  optaron por recluirme, según las palabras de quien deduje era el jefe de la operación  “ en un lugar más seguro”  Este sitio, se diferenciaba notoriamente del resto. Para llegar a él,  tuvieron que esperar a que amaneciera  reduciendo de este  modo  al mínimo  las posibilidades de ser vistos o descubiertos.

Amarrada  y cubierta comenzaron a  moverme. Por un instante, mientras inclinaban la camilla hasta situarla de forma completamente  vertical, la tela que  tapaba mi  cara se desprendió levemente. Si bien no identifiqué a ninguno de ellos supe  que su deseo era hacerme entrar al  ascensor de un edificio. Concluido el traslado los hombres me dejaron abandonada y se marcharon. El pequeño campo visual del que disponía mi ojo izquierdo reveló que se trataba de un departamento, un piso residencial muy elegante y lujoso. Cualquier respuesta estaba fuera de mi alcance. Toda esta situación me resultaba ilógica y sin sentido.

Durante el día siguiente la inercia y un calor insoportable parecían extender el tiempo a su antojo. De repente percibí desde  el cuarto donde me habían encerrado  el eco de una  voces que discutían. Se trataba  al parecer de un hombre y una mujer,  aunque no podría afirmarlo con total seguridad. Por la tarde al percatarse que la puerta estaba entreabierta uno de estos  se apresuró a cerrarla. Fue solo  ahí que logré ver su rostro. Sí, era un hombre algo mayor  vistiendo uniforme y que por  alguna razón su cara  me resultó familiar y conocida.

Cuando ya era de noche  y mientras imaginaba que los nuevos encargados de mi secuestro dormían algo terrible pasó. Uno de ellos se acercó  a la habitación y abrió muy despacio la puerta como temiendo que el otro despertara. Titubeó un poco y luego se aproximó en silencio. No se atrevió a  seguir caminando y desde la mitad de la  sala me observó por unos segundos,  en ningún momento se animó a tocarme.  Entre las sombras distinguí la silueta de una mujer a quien nunca antes  había visto. Creí que conmovida al verme en este estado se había arrepentido y su intención era ahora la de  dejarme escapar. Pero no hizo nada limitándose a retroceder cuidadosamente para no hacer ruido. El lugar estaba completamente oscuro.  Se quedó apoyada sobre la muralla, en el borde de la puerta. Alcanzó a susurrar algo así como “  Todavía eres tan hermosa ” antes que el hombre se acercara de improviso y le disparara dos veces  cayendo de inmediato  muerta sobre el piso. Agonizó retorciéndose en espasmos  por un rato. Después un silencio frío  fue atravesado por unos  horribles gritos.

Hasta la madrugada  todo el lugar  se transformó en un ir y venir de militares. De  versiones y preparación de comunicados de prensa. De un sin fin de planes y órdenes secretas  a ejecutar. Pero sin que nadie repara en mí ni por un  instante. Y sin que  yo lograra entender  nada acerca del siniestro espectáculo  que se  desarrollaba  a mí  alrededor.

Al tercer día del brutal crimen de aquella mujer y en medio de una maniobra que tenía por objeto   bajarme del camión y colocarme en el interior de una estrecha caja. Una de las  cuerdas que me mantenía sujeta se cortó   azotándose  violentamente mi cuerpo y  mi cabeza contra el suelo. Parte de mi vestido se descosió dejando al descubierto un hombro. Noté  entonces que mi piel había cambiado,  adquiriendo una tonalidad verdosa, repulsiva  casi inhumana. No tuve demasiado tiempo para estremecerme  sobre este hallazgo puesto que otro aún más perturbador se adueñó por completo de mi pensamiento. El Titular en la portada  mojada y sucia de un periódico  con una noticia que  hasta hoy  después de tanto tiempo  no deja de  aterrarme:

La  Maldición de Eva  cobra su primera víctima

17 de Julio, 1956. El mayor Arandia, temiendo que alguna pista sobre el paradero oculto del cadáver embalsamado de Evita, pudiera llevar a los Peronistas hasta su casa, dormía con una pistola bajo la almohada. Cuando la puerta se abrió,  disparó dos veces contra la sombra que había aparecido. Era su esposa embarazada, la  que caía  muerta sobre la alfombra del dormitorio. Al ser  interrogado  declaró:  "Cuando maté a mi mujer yo no  disparé  contra ella, sino contra  un fantasma que tenía el rostro de Eva Perón".

 


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