la voz de la cometa
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Manuel Lozano
Alpujarra
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El Hospital   de  Salpetriere

 

Cuando me paro frente al  espejo, la cara se me deforma, cambia de color, como si fuera de otra persona. En los ojos se ve que tengo fiebre, que están electrocutados, permitiéndome  ver cosas que los demás no pueden. Por toda la  cabeza me recorre un extraño  cosquilleo,  y si me la toco,  noto que es  absolutamente plana, esto explicaría la  dificultad   que tengo de pensar correctamente.

Ayer mientras caminaba por  la calle un sujeto me robó  las  vocales de mi cerebro y luego escapó corriendo. Me quedé parada en mitad de la calle,  sin poder gritar; auxilio, atrápenlo o ayúdenme, porque por más que intenté encontrar la “a” esta ya no estaba.

Al regresar a casa  me  fui directamente al baño. Fue entonces cuando descubrí que en el pecho me habían aparecido unas espesas manchas  de color negro y algo curvadas, las que me  producían  un intenso dolor. Como este se hacía cada vez más insoportable decidí  acostarme por  un rato. Con la idea fija de que ya no podría resistirlo comencé a gritar.  Entonces, un hombre salió del  televisor, y  puso sobre mi cuerpo sus manos, haciendo que  el dolor declinara  lentamente.

Durante la noche ese mismo hombre volvió a saltar del aparato, pero ahora su rostro era distinto. De nuevo apoyó sus manos  contra mi  vientre y con un solo movimiento me arrancó el estómago, el corazón, los riñones y casi  todos los órganos. Me dejó ahí tendida, sintiéndome  vacía por dentro. Tuve miedo, sin embargo, a las  pocas horas o días, no podría afirmarlo con exactitud, recuperé  de forma espontánea,  todas las vísceras que él me había extraído, excepto los riñones.

 A la semana siguiente, una mujer golpeó a mi puerta, al abrir me empujó violentamente y caí de espaldas  al suelo. Luego, empezó a perforarme  la cabeza  con unas agujas largas que me  introdujo por el oído derecho,  sin dejarme cicatrices ni  señales de cualquier tipo. Después  se marchó murmurando: lo siento, pero creo que  me he equivocado de dirección.  Ya que la persona a quien me han encargado encontrar, debía  tener  conciencia o en su defecto alma, y usted al parecer  no posee ninguna de las dos cosas.

 

Llena de pánico acudí de inmediato al Hospital, donde  solicité un montón de exámenes con el fin de lograr demostrar que tales  afirmaciones no eran ciertas. Pregunté  una y otra vez acerca de las consecuencias que esto podía tener de llegar a comprobarse. Ningún doctor  pudo darme una explicación que me resultara convincente. Durante el regreso, experimenté un pequeño consuelo, al advertir que las vocales había por fin vuelto a mi cerebro, esto resolvía la contradicción implícita de que los especialistas hubieran podido entender lo que yo les decía. Tal hallazgo aplacó  por unos minutos la terrible angustia que todo esto me  provocaba. Pero la sensación no duró mucho, aumentando  luego al doble, al percibir que tras cada paso que daba  camino a casa,  poco a poco  disminuía en estatura. Mientras avanzaba me iba encogiendo sin poder controlarlo. Este otro  fenómeno me horrorizó aún más que los anteriores, no tanto por su efecto, sino más bien por el hecho de   que al resto de la gente no le pasaba lo mismo.

 Implicó  un gran  esfuerzo entrar a una farmacia, porque junto con la estatura, el registro de mi voz también  había disminuido. Haciendo uso de múltiples artificios, logré comprar un fármaco que me hiciera volver a mi estado normal. Aquel  día dormí de forma tranquila, y evité construir  cualquier teoría acerca de lo que me estaba sucediendo. De pronto el llamado de alguien me despertó bruscamente. A través de la línea  telefónica y sin decir  ni una palabra, comenzaron a aspirarme  gran parte de mi columna vertebral,  pasando todo el fin de semana  con muchas  molestias, aunque reconozco que aún sin ella  podía seguir caminando, lo que me pareció todavía más inquietante. El lunes a primera hora, regresé al hospital,  donde me implantaron la columna de otra persona. Pero algo salió mal en la intervención ya que a partir de ese momento, siento que un hombro está más caído que el otro.

 Casi todas las noches, me es imposible conciliar el sueño debido al incesante murmullo de mis pies, que desde abajo  no paran  de  hablar. El insomnio me ha producido una  sensación de sequedad permanente en la boca, y diversos  problemas  musculares que un especialista al cual visité, ha diagnosticado con el curioso nombre de ataxia. Cuando recuerdo esa palabra me vienen unas ganas locas de reírme, pero no puedo, porque justo en esos momentos me doy cuenta que no tengo boca.

Estoy al borde del  colapso, ya que sin mi consentimiento me han sacado de mi casa y me han llevado donde unos sujetos que insisten en ser mis padres, pero no es verdad,  son unos simples impostores que  lo hacen por dinero, y aunque lo sé desde  los  6 años de edad, he preferido callarlo. Esto no desmerece en nada su oficio, debo admitir que son  realmente buenos haciendo cada uno su rol de padre y madre. Tienen el  aspecto  idéntico de mis  familiares verdaderos, hasta  se comportan del mismo modo, pero hay algo, que no sabría decir con claridad,  que los delata sin que ellos lo sospechen.

En este último tiempo y en vista de que estos sucesos no cesan, me he empeñado en establecer algún tipo de hipótesis, las que van desde  sentirme  víctima de algún  conjuro o  embrujo por parte de un antiguo novio que dejé por su limitado gusto en complacer mis peticiones.

Además existía otra justificación para abandonarlo:  había nacido un siglo antes que yo, tal antecedente lo inhabilitaba de inmediato para casarse conmigo. La mayoría de los hombres con los cuales me  relaciono presentan esa misma característica. Pienso que ese es  el motivo por el cual  casi siempre estoy sola, y se me hace tan difícil encontrar a  alguien de quien enamorarme.

Al parecer estoy destinada a morir muy pronto, o a  la  posibilidad del  suicidio. Ayer di vuelta toda la casa en busca de alguna pista. Finalmente, oculto y pegado con cinta adhesiva bajo la tapa del inodoro encontré un pequeño  álbum, en el cual cierto médico había escrito lo siguiente:

“ Mujer de 6 años de edad, que presenta cuadro de envenenamiento cerebral, con  intoxicación severa de los distintos niveles de conciencia, alma y razón. No requiere tratamiento alguno, porque el daño es de carácter irreversible ”

Dr.  Jules Cotard  1904

Hospice Salpetriere.

 


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