El
Hospital de Salpetriere
Cuando me paro frente al
espejo, la cara se me deforma, cambia de color, como si fuera de otra
persona. En los ojos se ve que tengo fiebre, que están electrocutados,
permitiéndome ver cosas que los demás
no pueden. Por toda la cabeza me
recorre un extraño cosquilleo, y si me la toco, noto que es absolutamente
plana, esto explicaría la
dificultad que tengo de pensar
correctamente.
Ayer mientras caminaba por
la calle un sujeto me robó
las vocales de mi cerebro y luego
escapó corriendo. Me quedé parada en mitad de la calle, sin poder gritar; auxilio, atrápenlo o
ayúdenme, porque por más que intenté encontrar la “a” esta ya no estaba.
Al regresar a casa me fui directamente al baño. Fue entonces
cuando descubrí que en el pecho me habían aparecido unas espesas manchas de color negro y algo curvadas, las que
me producían un intenso dolor. Como este se hacía cada vez más insoportable
decidí acostarme por un rato. Con la idea fija de que ya no
podría resistirlo comencé a gritar.
Entonces, un hombre salió del
televisor, y puso sobre mi
cuerpo sus manos, haciendo que el dolor
declinara lentamente.
Durante la noche ese mismo hombre volvió a saltar del aparato,
pero ahora su rostro era distinto. De nuevo apoyó sus manos contra mi
vientre y con un solo movimiento me arrancó el estómago, el corazón, los
riñones y casi todos los órganos. Me
dejó ahí tendida, sintiéndome vacía por
dentro. Tuve miedo, sin embargo, a las
pocas horas o días, no podría afirmarlo con exactitud, recuperé de forma espontánea, todas las vísceras que él me había extraído,
excepto los riñones.
A la semana siguiente, una
mujer golpeó a mi puerta, al abrir me empujó violentamente y caí de
espaldas al suelo. Luego, empezó a
perforarme la cabeza con unas agujas largas que me introdujo por el oído derecho, sin dejarme cicatrices ni señales de cualquier tipo. Después se marchó murmurando: lo siento, pero creo
que me he equivocado de dirección. Ya que la persona a quien me han encargado
encontrar, debía tener conciencia o en su defecto alma, y usted al
parecer no posee ninguna de las dos
cosas.
Llena de pánico acudí de inmediato al Hospital, donde solicité un montón de exámenes con el fin de
lograr demostrar que tales afirmaciones
no eran ciertas. Pregunté una y otra
vez acerca de las consecuencias que esto podía tener de llegar a comprobarse.
Ningún doctor pudo darme una
explicación que me resultara convincente. Durante el regreso, experimenté un
pequeño consuelo, al advertir que las vocales había por fin vuelto a mi
cerebro, esto resolvía la contradicción implícita de que los especialistas
hubieran podido entender lo que yo les decía. Tal hallazgo aplacó por unos minutos la terrible angustia que
todo esto me provocaba. Pero la
sensación no duró mucho, aumentando
luego al doble, al percibir que tras cada paso que daba camino a casa, poco a poco disminuía en
estatura. Mientras avanzaba me iba encogiendo sin poder controlarlo. Este
otro fenómeno me horrorizó aún más que
los anteriores, no tanto por su efecto, sino más bien por el hecho de que al resto de la gente no le pasaba lo
mismo.
Implicó un gran
esfuerzo entrar a una farmacia, porque junto con la estatura, el
registro de mi voz también había
disminuido. Haciendo uso de múltiples artificios, logré comprar un fármaco que
me hiciera volver a mi estado normal. Aquel
día dormí de forma tranquila, y evité construir cualquier teoría acerca de lo que me estaba
sucediendo. De pronto el llamado de alguien me despertó bruscamente. A través
de la línea telefónica y sin decir ni una palabra, comenzaron a aspirarme gran parte de mi columna vertebral, pasando todo el fin de semana con muchas
molestias, aunque reconozco que aún sin ella podía seguir caminando, lo que me pareció todavía más
inquietante. El lunes a primera hora, regresé al hospital, donde me implantaron la columna de otra
persona. Pero algo salió mal en la intervención ya que a partir de ese momento,
siento que un hombro está más caído que el otro.
Casi todas las noches, me
es imposible conciliar el sueño debido al incesante murmullo de mis pies, que
desde abajo no paran de
hablar. El insomnio me ha producido una
sensación de sequedad permanente en la boca, y diversos problemas
musculares que un especialista al cual visité, ha diagnosticado con el
curioso nombre de ataxia. Cuando recuerdo esa palabra me vienen unas ganas
locas de reírme, pero no puedo, porque justo en esos momentos me doy cuenta que
no tengo boca.
Estoy al borde del
colapso, ya que sin mi consentimiento me han sacado de mi casa y me han
llevado donde unos sujetos que insisten en ser mis padres, pero no es
verdad, son unos simples impostores
que lo hacen por dinero, y aunque lo sé
desde los 6 años de edad, he preferido callarlo. Esto no desmerece en nada
su oficio, debo admitir que son
realmente buenos haciendo cada uno su rol de padre y madre. Tienen
el aspecto idéntico de mis
familiares verdaderos, hasta se
comportan del mismo modo, pero hay algo, que no sabría decir con claridad, que los delata sin que ellos lo sospechen.
En este último tiempo y en vista de que estos sucesos no cesan, me
he empeñado en establecer algún tipo de hipótesis, las que van desde sentirme
víctima de algún conjuro o embrujo por parte de un antiguo novio
que dejé por su limitado gusto en complacer mis peticiones.
Además existía otra justificación para abandonarlo: había nacido un siglo antes que yo, tal
antecedente lo inhabilitaba de inmediato para casarse conmigo. La mayoría de
los hombres con los cuales me relaciono
presentan esa misma característica. Pienso que ese es el motivo por el cual
casi siempre estoy sola, y se me hace tan difícil encontrar a alguien de quien enamorarme.
Al parecer estoy destinada a morir muy pronto, o a la
posibilidad del suicidio. Ayer
di vuelta toda la casa en busca de alguna pista. Finalmente, oculto y pegado
con cinta adhesiva bajo la tapa del inodoro encontré un pequeño álbum, en el cual cierto médico había
escrito lo siguiente:
“
Mujer de 6 años de edad, que presenta cuadro de envenenamiento cerebral,
con intoxicación severa de los
distintos niveles de conciencia, alma y razón. No requiere tratamiento alguno,
porque el daño es de carácter irreversible ”
Dr. Jules Cotard 1904
Hospice
Salpetriere.
Otras obras del autor
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