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Parte II - Sometimes, I feel like a motherless child

 

TRES ELEMENTOS DEL MUNDO SOLAR

 

 

Nuestros años como la araña meditarán.

Salmos, LXXXIX, 9

 

 

Ebrio de la sangre de las piedras, idolatré a los caídos.

Se derramaron en mi pecho los ojos

de los forasteros que nacen en mitad del diluvio.

¿Es éste el desperdicio convertido en un ala?

¿Adónde otro amarillo vigía, la cruel envoltura

sumergiéndose hasta el pico del fósil?

La plegaria hilvanaría tu lepra con la sal

hecha furia para el éxodo cautivo.

Ya escuchas el aleteo incesante de la mariposa

sobre el filo negro de la desnudez.

Recuperas el desierto y sus trabajos.

Ya cavas la herida con lóbrego esplendor,

la lames por fin, la incrustas en tu historia.

Entonces, ¿por qué no habrías de morir bebiendo

en la maraña todo ese oro?

 

 

 

PÁLIDO CERCO DE LA SOMBRA

 

 

La vejez mecía mi corazón, como mece

una loca a un niño muerto. El silencio no me

amaba ya. Y la lámpara se apagó.

O. W. de Lubicz Milosz

 

 

El visionario ha desollado la hendidura

por donde cae el amor, infancia adentro,

y en que aguardo el frío amante

del rumor de un irse de la tierra.

Perdido entre los tuyos,

te devorabas con fiebres

que engarzan y abandonan

el exacto rumor del bosque incendiado.

¿A qué crías, a qué sed, a qué funesta tribu

reclamaste por el oro de la lluvia?

¿Pero por qué se entregan esos hijos

que vienen con la esfinge tatuada de su lepra?

Nunca terminan los viajes bajo el puente,

bajo el puente donde un cuerpo tiembla:

tajo libérimo de la separación.

Hoy has llorado el mundo.

Huye todo presente.

Sin número, la música y el alba

calcinan los huesos de los hombres.

¿Quién acuña el hocico del ronco gemido del yacente?

Ahí tienes la tormenta.

Un ciruja en Bagdag bebe su sopa larvaria.

Pitágoras se sepulta en un sueño

con ataúdes de hierbas sin descanso.

Las viejas matronas alzan cucharas.

Whitman resplandece hasta doler.

 

París, tarde del 26 de diciembre de 1996

 

 

CANCIÓN DE CUNA EN LA SUPERFICIE DE LOS CUERPOS

 

 

 

¿Has llorado con tu canto de brillante muerte,

si vienes con el licor inasible que manan los helechos

para ordenar la escritura del cadáver,

por amor al cadáver y su hundido teatro?

Alrededor de la pocilga, la sanguijuela ignora

los dientes arrastrando espuma de un oráculo

entre muslos entre destierros entre fogatas.

¿Has llorado con el olor de un grito,

si tu cama de malezas esconde el hormiguero

exacto de la locura?

Latidos de un tambor se extinguen

en el lujo pobrecito de estas tumbas.

No hay honras ni aceites en la cosecha.

¡Ay lluvias donde borrarme

el carnaval de mi amor por Nijinsky!

Esa cara advertía en tu fracaso

el fracaso desprendido de la lluvia.

Comiste en el muelle los despojos

de tu maleta de agujereada esfinge.

¿Has llorado el inútil resplandor de las piedras,

si la historia es sangre seca en los baldíos?

Tanta memoria prostituta.

Apoyas el ahogo en otra boca.

 

 

París, 27-X-2001

 

 

 

JUAN JOSE ARREOLA

 

 

Vio a la humanidad que buceaba, que buscaba infatigablemente el arquetipo perdido.

Cada hombre que nacía era un probable salvador; cada muerto era una fórmula fallida

J.J. A., Confabulario

 

 

In memoriam

 

I

 

 

¿El verbo y el hambre son teatro

que desencastra en música hacia nadie?

Alcoholes de un barniz fosforescente,

babas de la placenta, piojos de la razón

decían

nadie es el fuego

nadie es el fuego

La breve edad raspa lo humano.

Ahora tiemblas desnudo con mi nombre.

Éste es el camino que te negó la sombra.

Memorias del corazón, la calle,

el enjambre de testigos invisibles,

gastan su fiebre y su desierto.

¿Por dónde irán las sobras de la herida

para buscar el tatuaje sumergido

en la escarcha de un mágico invierno

entre esas tribus que no te sospechaban?

Los jinetes se suicidaron allí.

Las telarañas mordieron

en el festín de los abatimientos

cada mantel de sangre.

 

 

II

 

 

¿Cómo se borra el yo en este laberinto

donde los ojos de Jesús ya se han secado?

¿Dónde aquel Juan de los jardines sobrenaturales

nadando en las alturas su velo negro?

 

 

III

 

 

Los hocicos desentierran plantas calientes.

Marcas de ácido hurgarás en tu mansión,

antiguas coronas del granizo de la trampa.

Le dabas la vida.

Le enumerabas el fracaso, noche a noche,

con ángeles de Migne y de Papini.

 

 

IV

 

 

Ya llega el ultraje.

Hierve el silencio,

¿boca estrellada contra las apariciones?

¿Quién dirá que no aúlla?

 

 

V

Ya llega el ultraje.

Ya llega el ultraje.

Los hierros exploran

inútilmente las vísceras.

 

 

 

VI

 

 

Progenie de lobas

no le preocupa el mar cayendo

hasta el vacío de la anunciación

te arrojan a la transparencia

el aire fue hielo ¿fue luz?

el fuego no tiene orillas

donde lamerte

 

 

 

Sequía

donde estallar en frío de almizcle,

me pregunta por los abismos del amor.

La hermosa clava su plumaje en la llanura.

Díselo.

En ese desván suplicaste una jaula.

¿El gesto, su nombre, un delirio de cosméticos?

Hambre sobre el verbo,

sacratísima hambre

sobre la carne viva.

 

Buenos Aires, diciembre de 2001

 

 

ERRANTE EFIMERO

 

 

 

A José Saramago

Claustral hasta el delirio,

he abierto el lánguido prodigio que desoyen

los espejos de amargura.

¿Cuándo razona el ahogado su navaja de oprobio?

La imagen se vela, avanza hacia el navío.

Escarba la tierra como un vegetal,

estira las raíces endurecidas por la noche

tan sólo para desposeerme.

Apenas me mira con su telar y su rueca,

y a puertas cerradas vuelca las cenizas.

Iniciales de fuego cruzan el alba.

Han dado la bienvenida al dios despedazado

/por los perros

mientras la intriga sella el feroz acertijo

de hielo en mi caverna.

Las paredes se cierran a su paso.

No duerme el deseo entre las muchedumbres.

En un hálito de sol teje su mito.

Polvoriento, se disfraza de hombre o murmurio

bajo la luna llena del bosque.

Así veía de cerca las cruces desgarradas,

extendidas como sábanas en el corazón prohibido.

¿Qué debió deshacerse ante las cruces?

Hubieron un héroe, una heroína,

y toda la tempestad en el barco que nos lleva.

(Acaso fuera bueno empeñar el cuerpo suicida

contra estos guijarros,

lanzarlo desde la cumbre de las furias

que signan la condena.

Pero no son ésos el gesto ni el vocablo.)

Tapicerías de la muerte

llenan de hurones milagrosos nuestra casa.

Desde hace siglos asisto a esta celebración.

Veinticinco puertas se han abierto ante ellos:

¿Qué esfinge me erige de la hierba?

¿Por medio de qué athanor indudable

verías evaporar la historia en una gota de agua?

¿Qué amapola desprendida crece desde el fondo

de la tierra hasta los labios?

¿Cuál río de enigmas, espurio y mordaz,

arroja cabezas a su lecho?

¿La tormenta en las balaustradas del ayuno,

otro carbón encendido en la mano inmóvil?

¿Un batir de alas cegador, un resíduo perdido?

¿O el hambre avarienta en la cabeza de la alondra?

Lo que abandonas -lejía del descendimiento-

regresa a tu morada como aquelarre

entre las vejaciones de la luz.

La criatura raspa su fábula encantada.

Son llagas de luto para entrar y salir de los escombros.

Puedes decir el cielo de la inmensa pena,

la araña roja de la desnudez.

A uno y otro lado del río, hallarás el oro.

Así debió de ser el torrente.

Lo que aún de insidia aspiran estos nudos,

será ilusión fastuosa devorando a sus crías.

¿Pero qué impronunciable juventud sobrevive a las aguas?

Nadie queda en el secreto recinto;

nadie invade, ni delata, ni teme al viento

que repite cada nombre.

Las vastas lluvias han crecido como la lepra.

¿Era la peregrinación milenaria, la perfectísima?

¿Su imaginería estallando en hojas de pavor,

a punto de entreabrirse?

Hoy los desechos urden el tránsito del hombre.

Los tibios se revuelcan.

"He mirado en sus rostros y sólo son un puente."

Duermen los alucinados.

El ángel ladra en busca de su rosa oscura.

Los insensatos beben del pozo de las certidumbres.

"He mirado en sus rostros y sólo son un puente."

Gime el irredimido, el glorificado por la nada.

Huye el verdugo entre los roedores de huesos.

El infausto reclama por la luz

sobre las cáscaras de un fruto sobrenatural.

Un cráneo de trasnochada inocencia

yace en el zanjón.

"He mirado en sus rostros y sólo son un puente."

Otro campesino agoniza:

los gusanos caminan su carne de miserias.

Dos criminales se reconocen en la pesadilla.

¿Maldice el postrado lo suficiente?

Se abolieron las tribus, se abolieron las reglas.

Clama el venerable, pálido prodigioso,

por la húmeda herida silenciando la piel

que fue vigilia y triunfos y derrotada eternidad.

"He mirado en sus rostros y sólo son un puente."

El albañil danza en medio de la torre quemada.

Los cachorros rezan para encontrar la remota señal

al desamparo inhábil del que procrea fantasmas.

-Todo es inasible, lo sabes desde antiguo,

cuando oíste crujir el humo de sangre en las plazas

y aullaste, aullaste con el grito cerrado del rehén

en la más alta sombra.

Has vuelto a la madriguera.

Amenazas a quienes no te conocen.

¿Era éste el dolor que me esperaba desde el nacimiento?

He llamado al palacio de la hiena con su puerta de humildes.

Acaso haya congregado al que no fue

con todo el festival de telarañas del miedo a su favor.

Ocultaron las huellas.

Hubo un tajo en el cielo,

semejante al que vieron los ojos de Cristo en la hora sexta.

¿Y quién vuelve para clamar desde la niebla: "Tengo Sed"?

Cuando el eco se incline sobre el rayo,

un vidente cruzará el muro invisible.

Quien sustrae o agrega más savia a estos capullos,

permanece en espuma.

¡Años y más años para este abandono enloquecido!

¡Padres y padres de orfandad apagados de un soplo!

Sin embargo no verás la orilla desterrada,

la prueba de un remoto escalofrío;

antigua sierva, la boca que se agita entre fragmentos.

Me palpo la sangre con los ojos.

Esta cruel inmolación necesita un destino.

 

 

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