| |
Un
fallo lo tiene cualquiera
Este año la Navidad se estaba retrasando más
de lo normal. Para empezar, en mi colegio, todavía no habíamos
comenzado a preparar la representación anual, y los componentes
del coro aun no habían ensayado ni un solo villancico. Estos
acontecimientos, sin duda notorios, no hubieran llamado mi atención,
de no ser porque en televisión, los anuncios de juguetes permanecían
estancados, agazapados, y dejaban su espacio a los habituales reclamos
sobre teléfonos móviles, coches y productos que no se
sabía que eran y para que servían.
Ese hecho, unido a mi natural curiosidad, me hizo adentrarme un poco
más en el problema. ¿Qué estaba pasando con la
Navidad?
Distinguimos las fechas navideñas del resto del año por
una serie de cambios en nuestro entorno: el mobiliario urbano se engalana
en bombillas y guirnaldas, los centros comerciales inundan sus pasillos
de productos perecederos, alcohólicos y lúdicos incrementados
un diez por ciento sobre su precio habitual. Incluso los sentimientos
y los buenos deseos se acentúan en el ambiente, entre la gente
crece la caridad y el cariño hacia el prójimo y al necesitado.
Son evidentes identificadores sociales de la llegada de la festividad.
Pero todas estas señales, por más que miraba y preguntaba,
no las encontraba, y comenzaba a pensar que, a lo mejor, ya se había
terminado la época en que las personas celebraban la Navidad.
Que quizá se había decidido, por unanimidad mundial estadounidense,
que la Navidad en sí misma era un gasto superfluo y una perdida
de tiempo. Que en estos tiempos de crisis es conveniente no distraerse
en asuntos espirituales e improductivos.
Estos oscuros pensamientos, unidos a mi capacidad analítica,
me estaban sumiendo en una ligera disminución de ánimo.
Mi madre me preguntaba por las mañanas que me sucedía
a lo que yo me limitaba a mover la cabeza de un lado a otro en actitud
negativa.
Decidí hacer frente al problema, tras comprobar que esa pseudodepresión
no me iba a conducir a ninguna solución, y me dirigí al
único sitio que podía auxiliarme en estos momentos de
confusión y desorden que me asolaban.
Eran las nueve de la mañana cuando entre en la parroquia del
barrio. Don Antonio, el cura, se encontraba en esos instantes dando
brillo con limpiacristales a una figurita del niño Jesús.
- Buenos días, don Antonio. Quisiera hacerle una pregunta delicada
que no parece tener respuesta lógica.
Don Antonio me miró inquisitivo tras sus pequeñas gafas
de Lennon y me invitó a pasar a su despacho.
- ¿De qué se trata, muchacho? ¿Acaso no has entendido
el misterio de la Santísima Trinidad, o te parece incomprensible
el milagro de la multiplicación de los panecillos?.
- No se trata de nada de eso, Don Antonio, es algo mucho más
grave. Se trata de la Navidad.
El párroco se ajustó el alzacuellos y mirándome
extrañado, repitió mis últimas palabras:
- ¿La Navidad?
- Si, la Navidad, ¿acaso solo yo me he dado cuenta que este año
la Navidad todavía no ha aparecido, que las gentes viven sin
los valores humanitarios que acompañan esas fechas y que, si
no lo remediamos, este año los niños perderán la
ilusión para siempre?
Don Antonio, miró su reloj, luego abrió un periódico
deportivo que tenía sobre la mesa, y sin levantar la mirada,
respondió en tono grave y un pelín enfadado:
- Muchacho, ¿te has dado cuenta del día que es hoy?
- Hoy es veinticinco de agosto, señor.
El párroco, con toda la paciencia que pudo acumular, que no fue
mucha, me explicó mediante un calendario, que la Navidad, contrariamente
a lo que los niños desean, nunca llega en agosto, sino en diciembre,
aunque a veces, por culpa de la mercadotecnia se adelante a noviembre.
En fin, como dice mi madre siempre que le echa azúcar en vez
de sal a la comida, “un fallo lo tiene cualquiera”. ¿O
no?.
Oscar José García López.
Otros relatos de Oscar |
|