| ................ Recuerdo
aquel momento como si fuera ahora. No lo olvidaré nunca. Era una chica
joven, algo más de veinte años, la mitad de los míos. La encontré (o
me encontró) en un café pequeño, ese que después ha sido siempre
el nuestro. Y ahora debo reconocerme sorprendido: aunque nunca
pensé serenamente dónde estuvo la magia del momento en que
nos conocimos, dónde saltó la chispa que originó aquel fuego
entre dos personas aparentemente tan diferentes (y la verdad
es que aquél fue un fuego muy intenso), siempre quise pensar
- es curiosa la ceguera que nos ataca a veces- que a mí encanto,
mi atractivo de tantas ocasiones parecía suficiente. Así pues,
en esta ocasión
el cazador experto, el tigre victorioso en mil luchas de amor,
no fue - o así me parece- más que la presa de la tierna gacela
a la que creyó haber devorado por sorpresa.. Es el viejo
gambito, el peón envenenado, el veneno de amor.
Vino hacia mí sonriendo y cuando
no miramos nuestros ojos supieron más que nosotros mismos. El
fuego recorrió nuestros cuerpos y un segundo después sus manos
sin palabras encontraron las mías. Olvidé a los amigos. Ya sólo
estaba ella. Dejamos el café y fuimos paseando hasta llegar
al mar. Después, por el paseo, dejamos que la brisa nos bañara.
Entramos sin pensarlo en la playa a pesar de las ropas de fiesta.
Dejamos los zapatos olvidados. Andábamos descalzos hacia el
agua. No hacían falta palabras. Nos sentamos poco antes de la
orilla, escuchando el murmullo, la caricia sonora de las olas,
su silencio, su canto. Vimos atardecer y después, en la noche,
en un lecho de arena, nos amamos despacio. Sólo entonces hablamos.
Como en un sortilegio dijimos nuestros nombres, y como adolescentes
(su juventud era también la mía, ella vivía en los dos) los
dejamos escritos, e nlazados en la base metálica, de hierro
carcomido donde siguen ahora, en el descargadero de Las Almadravillas. |