Tal
vez me piensen loco, pero voy a contarlo. No me importa que opinen que
no tiene sentido lo que sabrán ahora porque yo así lo creo y eso no
cambia nada. Si regreso en el tiempo y recorro esos días en que sucedió
todo me parecen absurdos, pero no tengo dudas. Casi puedo decirlo con
certeza absoluta, aunque queda el temor, ( entro en casas ajenas mirando
las paredes, y pregunto los gustos de aquellos que visito. Nunca digo
porqué porque no entenderían) y ocurre la desidia ( recobrar al dolor,
aunque sea en el recuerdo siempre es inoportuno, y siempre es aplazable).
Hablaré
sin embargo, lo diré con franqueza: cuando eso entró en mi vida, cuando
ella lo pensó ( tal vez soñó pensarlo sintiéndose feliz) y lo eligió
entre todos, sin comentarme nada, y después lo creó solo por ser osada,
por darme una sorpresa, mucho antes de tenerlo con nosotros y a mano,
cuando solo se hallaba como algo imaginado, comenzaron los signos ciertos
de mi desgracia. Diré por si hace falta que yo era un hombre sano, que
siempre había comido, y bebido, y vivido sin freno, ni mesura, sin medida
ni pauta. Hasta que empezó aquello. En los primeros días aprecié paso
a paso extrañas sensaciones y no supe que eran y decidí olvidarlas,
me escondí bajo el ala tibia de la desgana y no les hice caso. Luego
me sentí mal sin sentido y sin causa y consulté a un galeno. Me dijo
que era alergia y puso tratamiento. Mas tarde ocurrió aquello. No se
como pasó. Aun no puedo explicarlo, o no me atrevo a hacerlo porque
es casi imposible. No me parece lógico, ni cuerdo, ni sencillo, pero
si estoy seguro de que sucedió así, como lo cuento ahora, por si lo
viven otros, por si a alguien
le interesa.
Fue
una torpe mañana de trabajo sin pausa. Durante aquellas horas yo ya
me sentía extraño, incomodo, irascible, insensible y huraño. Estaba
algo agitado cuando entré
en la oficina. Luego llegué a mi puesto y Otis miró el reloj. Me estaba
controlando y lo odiaba por ello, y me hacía sentir mal, pero eso no
importaba. Ya estaba sucediendo aunque no lo sabía. Pese a mi malestar
del que culpé al enfado ( y mentalmente a Otis), decidí continuar y
así seguí el camino que ya tenía marcado hasta acabar mi turno. Luego
colgué mi bata y bajé hasta la calle, y al pisar el asfalto comenzó
un cosquilleo detrás de las orejas que yo achaqué a aquel frío de enero
intermitente. Cesó y no le hice caso. El prurito inclemente se inició
algo mas tarde. Sucedió en el camino de mi regreso a casa. Yo viajaba
en el metro cuando sentí de pronto la íntima desazón que siempre le
precede, esa cosquilla extraña, la casi dulce sensación de caricia callada,
de terciopelo azul que me eriza la piel, la punzada inminente con que
empieza el dolor. Eso no era algo nuevo, lo había notado antes: a veces,
en el pueblo, al picarme una avispa, o en el agua del mar, al tocar
las medusas. Como las otras veces después de tanto tiempo, de una forma
intuitiva sabía lo que vendría
solo poco mas tarde, pero ahora era distinto porque no había
una causa que lo justificara ( o yo no la encontraba). Nada me había
ocurrido y nada me era extraño. Miré a mi alrededor examinando a aquellos
que estaban junto a mí en el vagón del metro, ocupando mi espacio, luchando
por mi aire lo mismo que ratones enjaulados e inermes, y no vi nada
nuevo. Salí de la estación por unas escaleras ( las de todos los días,
sucias, desangeladas) y encaminé mis pasos hacia mi propia casa donde
ella me esperaba. Y mientras caminaba se acrecentó el picor. Aunque
algo mareado, sudoroso y sediento y escondiendo mi rostro, aun saludé
al tendero que devolvió el saludo como todos los días, sin mirarme siquiera.
Subí las escaleras de mi piso en silencio, sintiendo ya el esfuerzo,
dejando que creciera la erupción en mi piel, ansiando un baño helado
lo mismo que una pócima que lo calmara todo. Llegué hasta mi rellano
notando aquel edema que parecía ocuparme y llenaba mis ojos. Se nublaba
mi vista, pero no me explicaba
lo que estaba ocurriendo. Me pareció imposible porque no había motivo,
y registré mis ropas por si algo había quedado camuflado en mi abrigo
sin que yo lo supiera. Pero no encontré nada. Introduje la llave y cuando
abrí la puerta el prurito fue intenso, agudo, insoportable. Me notaba
febril y pronuncié su nombre
implorando su ayuda, pero no hubo respuesta. Supe que estaba solo y
continué avanzando por el largo pasillo
que me apareció extenso, igual que una planicie yerma e inhabitada
que surge inacabable después de una batalla. Luego llegué al salón y
al fin lo supe todo.
La
causa estaba allí. Reconocí mi alergia.
Sobre
la chimenea, decorando la sala había aquel bodegón pintado al natural
que yo nunca había visto. Lo había pintado ella. Este era su secreto.
Quería ser la sorpresa por nuestro aniversario, su dulce aportación:
Unos
melocotones. Frescos, bellos, distantes, también irreprochables, ocupaban
el lienzo.
Me desplomé en silencio vencido por la asfixia.
(
Y ella legó mas tarde cargada de naranjas - de las que nada temo- y
me salvó la vida).