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Mi jefe
no paraba de incitarme
autor: Nicolás Ximénez
Ahora que tengo el título, supongo que no me libra nadie de seguir con
un argumento medianamente perfecto. Lo difícil será contar la historia
para que parezca creíble. ¡Creíble!. La última semana no han dejado de
pasarme cosas "sobrenaturales", por aquello de estar más cercanas a la
irrealidad que a lo real.
Todo comenzó el día que empecé a trabajar en Correos. Como lo oyes, carrito
amarillo de ruedas negras, hasta los topes de cartas, revistas, cajitas,
y todo aquello que no pese más de 500 gramos ni sea urgente, que para
ese menester está mi compañero Ariel, con su vespa, también amarilla,
cargando a una velocidad nada permitida en una ciudad como ésta.
El segundo día, mi compañero Ariel, ¿te dije ya que se llamaba así?. Y
eso que es de Pechina, imagínate si llega a nacer en Nueva York; su madre,
que al parecer es muy moderna e internacional, estuvo enamorada antes
de casarse, a todo prisa, con el padre de Ariel, y en recuerdo de su enamoramiento
lo llamó así de por vida. A veces las madres y los padres tenían que pensar
lo que hacen con los nombres porque a su hijo le han venido gastando toda
sarta de bromas pesadas, marcándole totalmente una infancia difícil de
niño bastante consentido.
Como no deseaba destacar entre las demás chicas, por algo odiaba las discusiones,
y menos cuando hay muchas mujeres de por medio.. dicen que somos muy envidiosas
entre nosotras, no se si hay mucho rigor científico en esto, pero, como
no quería entrar en discusiones nada más empezar con mi nuevo trabajo,
cuando me llamó por el interfono interior mi jefe de sección, para que
bajara al sótano, discutí lo suficiente, pero no insistí en el tema. Bajé
sin más a ver qué quería.
Al llegar me dijo, señalando toda una montaña de cartas que llegaban al
techo: "clasifícalas por localidades, luego por zonas y más tarde por
códigos postales". Observé atónita la pila, lo miré a él después y comenté,
tímidamente, que para ese menester estaban los clasificadores de reparto;
mi función era la de repartidora por la ciudad. Además, insistí, soy alérgica
al polvo (alargué las letras para que se diera por enterado de mi problema
de salud, no deseaba darme de baja, ya saben, el trabajo, las obligaciones...
); estos sobres tienen cantidad de él encima. Mire, le señalé el primero
que apareció de cualquier modo y pisoteado.
Se acercó a mí, demasiado, mirándome a los ojos me dijo que o hacía lo
que me había encomendado o hablaría con el jefe de personal y me pondrían
de patitas en la calle esa misma mañana. No se porqué pero no tenía ganas
de discutir y allí estaba yo, agachándome para ir haciendo grupos para
agilizar el trabajo. Cada vez que me agachaba se me veían hasta las bragas.
Para colmo ese día me había dado por presumir de medias con pececitos
de colores que se dirigían al mar, que en este caso era mi culo. ¿No te
vas?. Pregunté.
- Me quedo a ver el espectáculo, un poco más, sino te importa.
- Pues me importa, protesté yo.
- Vamos, no te hagas la remilgos ahora y sigue trabajando, sentenció.
A mala uva, para provocarle y ya que no se iba, me agachaba con más saña,
enseñando ese comienzo que lleva a la cima de mi trasero. Si se ponía
nervioso era su problema. Yo a lo mío.
De tanto agacharme y levantarme me estaba entrando un calor sofocante.
Además, allí la ventilación era bastante cutre porque partía de un aspa
que colgaba del techo y la humedad propia de los sótanos del edificio,
sin más ventilación que la puerta de acceso de los carros por el montacargas,
que ahora, al no haber ninguno, se encontraban cerrados.
Desabroché mi camisa con parsimonia y la coloqué encima de un taquillón.
Debajo llevaba una camiseta color ocre, a modo de top, pequeñísima, apenas
me tapaba el sujetador dejando al aire todo mi ombligo. Seguí con mi tarea,
no sin antes comprobar que su respiración había aumentado de volumen y
no paraba de fumar un cigarrillo tras otro.
Estaba de cuclillas agachada, cuando se me acercó con la excusa de darme
unas cuantas esparramadas por los lados, condescendiente, como si quisiera
ayudar, cuando me estaba dando cuenta de cómo miraba desde arriba mi escote,
mis pechos, con tanto deseo provocador e insinuante que me ponía a mil...
a pesar de sentir mi cuerpo cansado de tanto trajín.
Mi piel, de tanto ir de calle en calle, tirando del carro de correos,
está muy morena, apenas se me distingue el blanco de los ojos, dicen mis
amigos más íntimos, los que quieren bien. A la playa me gustaba ir a bañarme
y nadar hasta quedar agotada y poco más.
Endurecer los músculos, disciplina, disciplina, decía mi profesor mientras
me sujetaba de la cintura enseñándome a dar los primeros pasos en este
mundo de la natación, aunque ahora que recuerdo, sus manos estaban más
sobre mi culo respingón y su aliento sobre mi espalda mientras decía:
¡Así!. ¡Así!. ¡Sigue así, que vas muy bien!. Menudo elemento este profesor.
Jajaja.
El caso es, como te decía, que estaba morena por todo el cuerpo y para
compensar el moreno albañil de la calle, cuando iba a la piscina o la
playa, me quedaba totalmente desnuda, así que tenía un moreno parejo,
elegante, color miel de mil flores (porque es más oscura). Tengo que reconocer
la belleza cuando la veo y yo estaba guapa.ufff. ¡Qué calor¡. Comenté.
¿No podían invertir en aire acondicionado?. Vamos, es una sugerencia.
Me miró de arriba abajo. Sentí su mirada profunda. Me estaba desnudando
sin más. Seguro que veía hasta mis huesos.. Vaya como me miraba.
Me tomó de la cintura apretándome con fuerza hacia su pecho y comentó..
"Yo te voy a dar a tí calor.. mucho calor.. vas a ver". Tenía razón. La
temperatura de la habitación subió a mil grados, o eso me pareció porque
lo que siguió después fue abrasador.
Mi jefe tenía una figura
obesa, pesada, apenas podía conmigo, sin retumbar sus gemidos de placer
por toda la habitación, pero qué duda cabe que sabía dónde había que tocar,
cómo moverse, besarme toda, llevar sus manos donde más falta hacía para
lograr el placer que no sólo quería para él. Sino que, como me comentaría
después, necesitaba que yo participara activamente. Era muy inseguro y
sabía que podía poseerme, destrozarme, pero interiormente necesitaba que
yo chillara de placer compartido, que no me quedara pasiva.. Eso le sonaba
a desamores de juventud y no lo soportaba.
No tenía que insistir mucho. Tanto jueguecito de miradas, de agachar y
subir, me habían puesto lo suficientemente caprichosa, deseosa, que me
excitaba. Me gustaba enormemente que aquél hombretón sufriera tanto por
mis huesos.
Las cartas sirvieron para un amor sin prisas. Me rogó que me subiera encima
de su pecho para lamerme de cerca toda, abriéndome para él.. Pequeños,
extensos, iba provocando espasmos que decían que estaba disfrutando como
hacía mucho tiempo.
En agradecimiento a tanto placer colaboré en aumentar el suyo comiéndole
su miembro, duro, glotona de virtudes como aquella que quería ahora para
mí. Cuando ya estaba que no podía más me pidió que me la metiera toda
hasta dentro y me moviera deprisa, sin pausa, quería llegar a un final
magnífico. A lo lejos, creí oír el "Aleluya". ¿Sería verdad?. Al terminar
me preguntó con la mirada cómo me había ido. Me desarmó ese interés. Lo
besé en la boca. Perfecto jefe.. Perfecto.
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