|
Mi
primera vez
autor:
Nicolás Ximénez
Iba
de camino del instituto, mientras miraba distraída la gente que pasaba
por la acera. Me preocupaba el examen que haría dentro de una hora
escasa, para colmo de geografía, y no me había preparado nada más
que el tema de la meseta. Al pasar por la tienda de frigoríficos “la
carrera”, reflejado en los cristales, ví a un muchacho con las
manos en los bolsillos, un suéter de cuello vuelto azul, pelo rubio,
vaqueros y botas camperas, para ver su imagen me detuve un rato delante
del escaparate como si quisiera comprobar el precio de las lavadoras
con sumo interés. Tendrá unos cinco años más que yo y parece muy apuesto.
¿Y si le hablara?. Dirá que estoy loca, y con razón, no es normal
que una chica se te acerque y entable conversación con un extraño,
y menos en un pueblo como éste. A través de los escaparates se
podía oír el ritmo de una música empalagosa, de esas bailables en
las discotecas y pensé que agarrada a su cintura, muy fuerte, bailando
esa música, me sentiría feliz. ¿Y por qué no?. ¿qué malo hay en que
le diga algo?. Seguí un rato más mirando el escaparate. El reloj de
la emisora dio las 12 del medio día. Joroba, mi examen de geografía.
Subí la cuesta corriendo, una calle muy estrecha donde si abrías los
brazos de par en par tocabas con las dos manos las paredes de las
casas. Casas con balcones de hierro llenos de flores, piedra y lasca
en las fachadas, tejas rojas en los tejados; me gustaba pasar mirando
con detenimiento cada detalle, los escudos de las familias pudientes
en las puertas, las formas de las cornisas, los frisos con sus historias..
era muy bonito, pero ahora tenía mucha prisa porque llegaba bastante
tarde al dichoso examen. Al
llegar a la puerta de madera gris, toqué varias veces el timbre luminoso,
ultimísmo modelo invento del jefe de estudios, decía que así se llamaba
la atención del profesor sin molestar a los demás alumnos, cuando
salió Doña Mari, mi profesora. No había terminado de abrirme la puerta
y ya me estaba dando una buena bronca. Celia, ¿Por qué vienes a estas
horas?, el examen era a las once y media, después del descanso, ¿te
acuerdas Celia?. Le pedí disculpas contándole una sarta de embustes
con tanta naturalidad que me dejó en paz durante todo el tiempo que
duró la prueba. Del examen sólo me sabía 5 preguntas de las
siete que había, así que decidí hacerlas lo más pronto posible e irme
a la calle. Me acordé del muchacho rubio de jersey de cuello vuelto
y camperas... sonreí soñándolo mientras contestaba los montes más
importantes de la meseta; encima tuve suerte. Jajajaja.
Recogí
los folios, me acerqué a la mesa de la profe y le pedí que me dejara
salir sin esperar al siguiente profesor, porque mi madre estaba enferma
con el riñón y tenía que hacer la comida para mi padre y mis hermanos.
Doña Mari, una mujer de pelo totalmente blanco, a pesar de lo joven
que era, a regañadientes porque no había llevado ningún justificante
que afirmara lo que decía, me dejó ir recogiendo el examen con cierta
brusquedad y mirándome a los ojos de una forma fija, tajante, como
amenazándome de las consecuencias que estaba dispuesta a sufrir si
le había mentido en algo. Pero no le hice caso, sólo quería irme a
la calle y mirar a través de los escaparates de la tienda a ver si
aparecía mi sueño de pelo rubio que parecía tan atractivo.
Bajé
la calle a zancadas, sin correr, porque no quería dar la sensación
de precipitación, de prisas; si me lo encontraba no quería que pareciera
a propósito, tenía que parecer algo accidental. Llegué al escaparate,
miré hacia todos los lados, pero no vi a mi chico. Esperé un momento
y nada. Cogí mi mochila llena de libros que no entendía muy bien para
qué tantos, y como era muy temprano para llegar a casa, además
no tenía excusa ante mi madre que era más lince que la profesora,
se daría cuenta enseguida de que me había fugado las clases del instituto,
me encaminé hacia el club de mar, más exactamente hacia las rocas
que bordean el club. Desde
que era pequeña tenía la costumbre de acercarme a aquél recodo, primero
porque había muchos cangrejos y erizos, casi siempre conseguía pillar
alguno para luego volverlos a tirar al mar. Sólo quería demostrarle
a mis amigos que era tan valiente como ellos, pero nunca los mataba
ni los llevaba a casa. Ellos siempre. Al llegar al acantilado rocoso
que formaba aquella ensenada, me subí al muro que separaba el club
de la arena y giré despacio para bajar a la roca lisa, suave, donde
siempre me sentaba a verlos venir tranquilamente.
Estaba así, absorta, viendo las pompitas de aire que formaban los
erizos cuando se mueven hacia la arena, esperando pacientemente para
tomarlo sin que me pinchara, cuando ví una sombra muy larga en el
agua. Temblé de arriba abajo. A veces sentimos cosas, no nos hace
falta mirar ni que nos digan qué vemos, pero las sentimos. Así sentí
yo su presencia. Un fuerte dolor de estómago fue el aviso de que estaba
allí, mirándome la nuca, viendo lo que hacía sin moverme. Se sentó
a mi lado. Olía a colonia de marca cara, de esas que sabes que huelen
muy bien pero que no son ni lavanda ni de colonia bebé, luego tenía
que ser bastante cara. Giré la cabeza y me encontré con unos ojos
pequeños, marrones, muy vivos, inquietos, muy expresivos.
Me gustaron aquellos ojos que me hablaban de viajes marinos, ausencias
de silencio llenas de pasión. Los pelos se me estaban poniendo de
punta. Sentía como escalofríos. El chico pareció darse cuenta y me
puso un brazo por encima de los hombros. ¿Damos una vuelta?. ¿A dónde?.
Subamos a mi yate, quiero enseñarte algo que te va a gustar. Claro.
Qué valiente yo. Ni lo dudé ni temí lo que hacía. Andamos hacia la
bahía del club donde están todos los yates, los barcos de recreo y
pesca. Subimos al suyo, un yate de color blanco con una franja azul
de punta a cabo donde se leían las letras: “El arrecife de las sirenas”;
entramos con cuidado para no darnos en la cabeza. Había cuatro escalones
pequeños que separaban la cubierta del interior con los camarotes,
la cocina, el baño... cuánta belleza. Me impresionó bastante tanta
sencillez y originalidad, con esa madera lijada y pintada de colores
salmón, azules, rosas, hacía unos dibujos preciosos. En la cocina
había unos asientos en circulo que bordeaban una mesa blanca.
Voy a desayunar, te invito a unos huevos con mantequilla.. ¿Me acompañas?.
Bueno, asentí, yo también tengo hambre. En un momento preparó todo
y con un poco de pan blanco y un tomate partido en dos trozos con
sal y pimienta me puso mi plato. Me recreé en él como quién sabe que
ese acto de comer y lo que vendrá después está fuertemente unido a
la memoria de mis hormonas porque mis ovarios empezaron a moverse,
no sería así, pero yo los estaba sintiendo.. me estaban bailando.
Comimos mientras hablábamos de los recuerdos, la adolescencia, de
las cosas que nos impresionaban. Me tomó la mano y me llevó a un camarote
con dos literas. Subió a una de ellas y se tumbó boca arriba pidiéndome
que le acompañara. Me temblaban las piernas, la voz, el pecho y su
entorno. Una voz me decía que no debía tomar aquello que me daban,
así, con tanta facilidad, y otra gritaba que lo abrazara para que
no se fuera.
Ya lo estaba besando cuando él me metió la lengua en mi boca, yo torpe,
no sabía, pero debe de haber algún instinto que te dice el como, porque
él, con risas, me tomó la cabeza entre las manos y me dijo que sacara
la lengua, luego que la girara como si me estuviera limpiando los
labios,... la boca ya era su boca porque le hacía caso y mi saliva
se me hacía un nudo en la garganta, me besaba, me hablaba, al cabo
de un momento sobraban las palabras, su lengua era mi lengua, las
dos hablaban el mismo idioma. Sabía a dulce de miel, sabía tanto que
quería tragármelo entero.. se alejó de mi riendo, ehh, que me asfixias,
jajaja, reía, suave, dulcemente, como su boca, yo jadeaba mientras
le miraba entre expectante y ansiosa, tan deseosa de él que, con sus
manos tomó mi cuello, acariciándome, besándome, me daba pequeños mordiscos
en los lóbulos de las orejas, la nuca, mi pelo... casi gritaba de
placer y no habíamos hecho más que empezar un ritual que duró hasta
el anochecer. Al
llegar a casa aún sentía el latido de su sangre en mi sangre, de sus
caricias. Las bragas las tenía un poco manchadas, había sido desvirgada,
amada, feliz. Me habían hecho sentir como mujer y todo, por eso, merecía
mi sueño, mi fantasía... mi placer en el paladar.. Me enseñó a amarle,
a amar. |