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NADÁBAMOS
RÍO ARRIBA
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autor: Nicolás Ximénez
Nadábamos río arriba, durante toda la
mañana. Al atardecer, irresistible puesta de sol entre las hojas
de los álamos blancos. Su pelo, suave y rizado, prolongaba aquellos
reflejos como grandes campos de espigas. La creciente luna sólo
era un pequeño punto en el horizonte infinito. Sentados, en la
roca blanca, agotados, nuestros cuerpos descansaban con generosa avaricia.
Rosana volvió su pequeña cabeza, perfecta, hacía
mí. Quería saber dónde pasaríamos la noche.
Puse mi mano sobre su hombro derecho, aproximándola al calor de
mi piel. Parecía que lo estaba esperando. Con un leve movimiento
giró su pecho rozándome un instante. Sus pezones marcaban
el punto de mi horizonte. Me sentía. Emerge de mí la ambiciosa
necesidad de mis instintos más básicos. Me reclino y ella
me acompaña. No dice nada a mis gestos. No pronuncia palabras.
Un dedo, sólo mi dedo anular, recorre despacio cada peca de su
piel morena, tersa y suave. Falta medio trayecto. Si conseguimos llegar
a la alameda antes del medio día, seremos los ganadores de este
maratoniano trofeo llamado "La luz en la montaña". Hace
un rato que la tengo entre mis brazos. Lo que en principio empezó con
un sólo dedo, ahora es mi mano dibujando, pincelada a pincelada,
los contornos de este pétalo de rosa.
Cobijo mi sombra, alargada, perdida entre la gran roca.
Ella no se queja. Oigo su latido, pronunciado, profundo. Acepta. A la
altura de su cintura, cierro un poco mis dedos, aprieto sus caderas,
formas de mujer impaciente. Carraspeo un poco, trago el exceso de mi
saliva y sigo el camino que dibuja un pie perfecto.
De vuelta, le abro un poco las piernas, sin obstáculos.
Su cuerpo, como las hojas del álamo, se mueven al compás
de la brisa que las empuja. Caliente. Muy suave y sedosos, mis dedos
se han encontrado con el calor del sol entre sus muslos.
Están demoliendo mi carne. Excitado, levanto
un trozo de su tela, sin tocar la cálida espesura. Bajó mi
mano y no puedo dejar de entretenerme con el vello suave y ensortijado
de su pubis, palpitaba su cuerpo, y quise seguir perdiéndome en
esa selva, en ese río húmedo y cálido más
abajo, los labios de su sexo, suaves y los dedos que buscaban penetrar
esa suavidad, adentrarse en ese rincón dulce y oscuro que después
abriría, a la par que los gemidos poblarían su boca.
Giro despacio, una y otra vez, acaricio ese don que
se me ofrece cada vez más húmedo y caliente. Necesito poseerla.
Aún es pronto para tomar tan preciado momento. Alargarlo es lo
propio. Con mucho cuidado retiro mis dedos de sus oquedades, profundidad
que me atrae tanto. Acerco mi boca, mi aliento lo siente en seguida porque
se abre ante mí como la flor en la mañana. Su fragancia
me dice que siga, a lo que acompaña su mano que toma mi cabeza
y la acaricia. Entiendo el mensaje y le tomo con mi lengua el paladar
de sus labios. Luego baja hasta meterse en las profundidades de la misteriosa
tierra. Se contrae una y otra vez. Está disfrutando. Sé que
le gusta. Mi pasión no podrá frenarse mucho tiempo. Su
respiración me está empujando cada vez más a tomar
lo que está ofreciéndome con tanto cuidado. Bajo mi bañador,
lo suficiente, para dejar paso la fuerza de mi sangre que se abre paso
sin resistencia entre una piel ardiente y suave.
Siento sus manos en mi espalda, y sus piernas rompen
el aire para envolverme con lujuria. Se mueve una y otra vez, me empuja.
Siento que tengo que acelerar el movimiento, profundo, sentirla muy adentro.
Jadeamos. Grita y me habla por primera vez: Más fuerte. Sigue.
No te pares. Pongo mi cara sobre su pecho, oigo su respiración
y le pido una pausa. Control o estallo. No me escucha y sigue moviendo
su cuerpo tan deprisa que estallo. Grito. Me sube encima. Ahora el viento
mueve mucho más deprisa las hojas. Ella, absorta, sigue a la brisa.
Jadeante reposa su pequeña cabeza sobre mi con una dulzura inmensa.
Cansados dormimos sobre la roca. Mañana, que es ahora, se entregan
los premios. A nosotros, los dos en uno, miramos el amanecer que se oculta
tras los álamos. No nos importa el premio.
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