| autor:
OSCAR J. GARCÍA LÓPEZ

Proverbios para
disóciales, 1: “Si ellos logran formular la pregunta
adecuada, no des la respuesta que esperan que sea la correcta”
El
olor a aceite requemado se impregna en las paredes, atestadas
de posters de playmates de los años 80 y jugadores
de fútbol cuyo recuerdo ha caído en el olvido
de la memoria colectiva, que hoy los sustituye con cromos
de millonarios ricos corriendo tras balones de diseño
imposible. Un triste ventilador esparce el calor democráticamente
entre los clientes que a esa hora de la mañana vegetan
al ritmo de la canción del verano de hace cuatro veranos.
La
camarera, que comenzó su turno hace media hora se fuma
un cigarro mientras sirve otra copa de algo rojo mezclado
con algo verde al otro ser vivo que se mantiene erguido allí.
A unos metro de mi, un enano entrado en años, golpea
la barra reclamando atención mientras recita un poema
de Leopoldo Maria Panero.
La
sensación de suciedad se hace más evidente en
los sofás rojos del fondo. Situados en una esquina
apenas iluminada por un foco fluorescente que parpadea cada
dos minutos, el cuero parcheado y mil veces restregado enfatiza
la impresión de estar en una zona avergonzada donde
frecuentemente los actos denigrantes se parapetan tras la
curiosidad o la necesidad.
Proverbio para
disóciales, 2: Si la verdad se predica en el telediario,
prefiero la mentira y viceversa.
Por
fin, la camarera se aproxima a mi zona de la barra. Quien
sabe si por piedad o porque es su trabajo. Es una mujer aparentemente
joven con la mirada hastiada por una vida condenada a la irrealidad
que proporciona la perspectiva de estar al otro lado.
Le
digo que me ponga otra. Luego le pido fuego y le pregunto
su nombre.
“Laura”.
Permanezco
unos segundos callado buscando algo ingenioso que decir.
Proverbios para disóciales, 3: Si al hablar no has
de agradar, lo mejor será callar “Yo
tuve una novia que se llamaba Laura”
Los
ojos de Laura permanecen impasibles, atenazados tras horas
refugiada detrás de la trinchera de una barra, aguantando
poetas de amor etílico y voceadores de sexo acelerado.
“
Me dejó por un funcionario de prisiones que al final
resultó que se vestía de mujer en sus ratos
libres y acabaron montando un dúo de transformismo.
Hace poco estuvieron por aquí de gira. Creo que tienen
bastante éxito”
Por
fin una sonrisa, imperceptible, casi adivinada bajo la antipática
luz del fluorescente.
El
enano termina su novena copa y de un torpe salto baja del
taburete. Recoge unas bolsas de Carrefour que tenía
junto a la maquina tragaperras y tras comprobar que todo sigue
en su sitio se despide de la concurrencia con un verso improvisado:
“Grande consuelo es tener la taberna por vecina”.
Proverbios
para disóciales, 4: El sistema se hace más grande
allí por donde tu te haces más pequeño.
Cuando
sale, la luz del exterior me recuerda que todavía es
de día, que es verano y que en algún lugar de
esta ciudad hay dos niños de cinco y ocho años,
y una mujer morena, no muy alta pero deliciosamente guapa,
que me están esperando para salir de viaje hacía
la costa de Cádiz, a un camping de tercera categoría
donde vamos todos los veranos desde que nos conocimos en la
fiesta del instituto.
Miro
el reloj. Todavía me da tiempo para otra más.
Miro el reloj otra vez.
Laura
se apresura a atender mi necesidad. Tal vez porque ya soy
el único cliente que queda por allí a esas horas,
tras la marcha del enano poeta.
“Laura
– le dijo – trataré de serte sincero. Porque
me caes bien. Se nota que eres buena chica.”
Ella
sonríe, ya sin ningún recato y aspira, inflando
su ya de por sí abultado pecho y logrando que por un
momento distraiga mi perorata de borracho plúmbeo.
“Me
levanto durante todo el año a las seis y media de la
mañana para acudir a la misma empresa de seguros donde
trabajo hace diez años. Suelo atajar el camino atravesando
un parque que a esas horas solo concibe el canto de algún
pájaro noctambulo y el sonido de las plantas mientras
crecen.
Me
cruzo con las mismas caras de todas las mañanas. Conocidos
desconocidos que intentan pasar desapercibidos mientras el
piloto automático les conduce a sus respectivos destinos.
Rutinas en las retinas de lunes a viernes.
Pero
ayer me percaté que algo no estaba en su lugar. Me
paré un momento y miré a mi alrededor buscando
el elemento extraño, el hueco reciente o simplemente,
tratando de sacudirme esa molesta sensación de ausencia.
Los
bancos verdes, la fuente seca, los rosales marchitos por el
calor, los carteles de advertencia prohibiendo pisar un césped
que ya no crecía, las papeleras vacías, los
anuncios de empleo fácil pegados en las farolas, los
restos del botellón de ayer...
Durante
varios minutos, y a riesgo de llegar tarde de nuevo, recorrí
ese tramo del parque obsesivamente. Nada. No parecía
que nada estuviera fuera de lugar, pero la impresión
de que así era permanecía adherida al subconsciente.
Miré
el reloj y fue entonces, durante una milésima de segundo,
cuando comprendí que esa sensación de diferencia
externa no era tal. No era lo que me rodeaba lo que parecía
haber sufrido una mutación violenta, sino yo mismo
el que sufría el cambio.
Fue
justo al recordar que ese día era mi cumpleaños.
Treinta. Un vértigo violento me sacudió y mi
vida se proyectó durante unos segundos eternos. Fue
como una señal, como un aviso. Ese día no fui
a trabajar. ”
Laura
cogió mi mano y me dio un beso en la mejilla, un leve
roce de sus labios sobre mi barba de tres días.
“Felicidades”,
y me sirvió otro vaso de lo mismo. “A esta ronda
invita la casa”
Luego
quise ponerme serio, enderezarme sobre el taburete y aparentar
madurez, pero solo me salió un patético rictus
de tristeza post coitum que a duras penas logré mantener
mientras saldaba la cuenta.
Al
salir del bar y volver al contacto con la realidad, la luz
del sol sobre el rostro funcionó como abrelatas neuronal
y las ideas volvieron a circular por mi mente. Como un preso
recién salido de su condena reinsertándose a
una sociedad de la que nunca formará parte pero dispuesto
a intentarlo de nuevo, una vez más, consciente de que
el fracaso aguarda a la vuelta de la esquina.
En
el móvil varias llamadas perdidas de mi mujer y dos
de mi suegra. Se impacientan por la tardanza. Hace media hora
que tenía que haber vuelto. A estas horas probablemente
encontremos atascos a la salida de la ciudad con dirección
a la costa. La operación huida estaba en pleno apogeo
esos primeros días de verano.
Proverbios
para disóciales, 5: Preferiría no hacerlo.
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