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"Buenas
tardes", fue lo único que
se le ocurrió balbucear
al dependiente de la tienda de
animales cuando vio que dos de
sus cacatúas egipcias le
abonaban el importe en que él
las había tasado (ahora
se da cuenta de su error en el
calculo) incrementado en tres euros
correspondientes a una bolsa de
alpiste de primera categoría
y, tras despedirse del loro tibetano
y la paloma catalana, con los que
compartían jaula, salían
por la puerta del curioso establecimiento
haciendo tintinear la graciosa
campana que despertó al
dependiente de su sueño
de las cinco de la tarde. Éste
miró hacía el lugar
donde debían estar las cacatúas
y tras comprobar que aún
seguían allí, mirándolo
fijamente, bostezo dos veces y
volvió a perderse en el
reino de los sueños zoofilicos.
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