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Un día, de repente, dejé de colocar puntos en las frases que escribía, por lo que muchas de éstas dejaron de tener sentido y perdían su final, alargándose y alargándose sin contar nada concreto que concluyera su vida útil, con lo que el uso de comas, conjunciones y expresiones gramaticales reiteradas o fuera de lugar provocaba el que la gente me catalogara como escritor extravagante, maldito, estúpido y, lo peor de todo: televisivo; hasta que un día en el que estaba más cansado y aturdido de lo habitual en mi eterno castigo comprendí la sinrazón de mi comportamiento narrativo, esto es, que los puntos habían desaparecido de mi escritura intencionadamente, con el único objetivo de que no pusiera límites físicos a mi imaginación y perdiera esa tonta timidez que me caracterizaba.
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