UNA ALMERIENSE EN LA ORQUESTA DE AUSCHWITZ
RELATO ALMERIENSISTA
Por José Ramón Cantalejo Testa
En
los primeros días del mes de septiembre de 1939, mientras se celebraba
el éxito de Judy Garland en “El Mago de Oz”, Alemania desencadenó un
ataque masivo con bombarderos Ju-52 contra Polonia. El 14 de junio de
1940 las tropas alemanas entraron en París, el 22 de junio Francia capituló en
el mismo vagón de tren en el que los alemanes se rindieron en noviembre
de 1918. En la capital del Sena, cerca de
Olga era hija de una familia
acomodada de barrileros de Almería que hicieron fortuna importando duelas
de madera de los Estados Unidos, de la empleada en la fabricación de toneles
para la exportación de uva. Ella, desde pequeña, se atareaba en la selección
y limpieza del apreciado fruto, como tantas niñas de la época, en los almacenes
cercanos al puerto de la capital, en los aledaños de
Jacobo Ariel había heredado de su padre un negocio de importación, transformación y comercio de frutos secos, que él, con gran éxito, distribuía en el centro y norte de Europa, ampliando su tráfico con las pasas de Corinto, los dátiles tunecinos y la resistente uva del valle del Andarax, en las estribaciones de Sierra Nevada.
Vino a España para estudiar las posibilidades de comerciar con la uva al final de la primavera de 1914, que fue la última sin guerra ya que, en agosto, comenzaba la primera mundial. Esta circunstancia, la facilidad de poder continuar sus negocios desde España, dados sus contactos internacionales, su condición de judío y la neutralidad ibérica, le deciden a permanecer en Andalucía, instalándose en una casa de huéspedes en el Paseo de la capital, junto al Casino Mercantil.
En el almacén de barriles de don Enrique Navarro se conocieron Jacobo y Olga. Fue un flechazo. El paso de la guerra fue dulce para ambos, entre bailes, excursiones y zalamerías. En octubre de 1917 contrajeron matrimonio civil ante el cónsul francés en Málaga. Olga contaba 20 años y Jacobo 25. En diciembre de 1918 viajan a París instalándose con la madre y un hermano de Jacobo en la residencia parisina de la familia Ariel.
Siguieron años de felicidad, con una gran expansión de los negocios de Jacobo, que acaparó el negocio de la pasas de Corinto, mientras Olga aprendía el idioma, a tocar la batería con su cuñado, músico aficionado en una orquesta ligera que emigró después a América, y a gestar los gemelos, que nacerían en 1922, mientras Benito Mussolini se convertía en Duce de Italia.
El 30 de enero de 1933, Adolf Hitler, es designado canciller de Alemania por el presidente Von Hindenburg. El líder del partido nazi y los constructores del “Reich de los mil años”, deciden desembarazar a su imperio de los judíos y, no consiguiendo que emigrasen todos, resolvieron exterminarlos.
Quedaban lejanos los días de septiembre
del 35 en que, por los decretos de Núremberg, se había privado a seiscientos
mil judíos de la nacionalidad alemana, obligando al uso de las famosas estrellas
distintivas. La invasión de
Se planteó por primera vez el problema de saber como exterminar hombres, mujeres y niños, de todas las edades, a millones. La solución nos parece hoy evidente y ya nadie se formula la pregunta. En 1941 era muy distinto. Los precedentes históricos no eran de ninguna utilidad, tanto si se trataba del exterminio de los indios por los norteamericanos en los Estados Unidos, como de los armenios por los turcos a principios del siglo XX, ningún esbozo de técnica nueva fue intentada; se quedó en la horca milenaria y en el fusilamiento, lo que no satisfacía a los técnicos alemanes. Fue un tal Becker quien lanzó el “eureka”. Había imaginado un camión en el cual el tubo de escape desembocaba en la parte trasera, que se cerraba herméticamente. Se calculó que las víctimas morirían apaciblemente, durmiéndose, en el espacio de diez o quince minutos, respetando determinada relación entre la cilindrada del motor del camión y la cubicación de la jaula sellada, a velocidad moderada. Becker sugería, en consecuencia, cavar fosas a unos quince kilómetros de los puntos de concentración de judíos, lo cual permitiría a los camiones llegar a ellas con un margen de seguridad de cinco a diez minutos, marchando a cuarenta kilómetros por hora.
No transcurrió un mes desde que los camiones empezaron a relevar a los fusiles, cuando los informes de quejas comenzaron a llegar a Berlín. Se reprochaba a los camiones a gas de matar mal. El espectáculo que ofrecían las víctimas al abrir las portezuelas era tan espantoso que los SS se emborrachaban para aguantar. Becker estudió las quejas y se dio cuenta que es mas difícil de lo que parece matar hombres. No era mala voluntad de las víctimas, sino de la incapacidad humana de los verdugos que, impresionados por la naturaleza del viaje, cubrían la distancia pisando a fondo el acelerador para desembarazarse mas rápidamente de su siniestro cargamento. Así era como las víctimas, en vez de adormecerse apaciblemente, morían en atroces sufrimientos y ofrecían aquel indecoroso espectáculo. El camino había de ser aún largo hasta las cámaras ultramodernas de Auschwitz, que funcionaban con ciclón-B, pero el camino estaba trazado; las primeras cámaras habían nacido sobre ruedas.
Los jóvenes Jacobo y Enrique
no quisieron huir con su familia almeriense. Jacobo se retiró junto con aliados
en Dunquerque y participó con las tropas de
Pronto el marido de Olga
fue deportado. Nunca mas se supo nada. Ella se hizo cargo de lo que quedaba
del negocio y su anciana suegra sin dejar de colaborar con Enrique y los
resistentes. Trasmitía mensajes, llevaba paquetes y documentos, ocultó personas
y vivió la miseria de la guerra. El día de año nuevo de 1944, como consecuencia
de alguna denuncia, fue detenida junto a la abuela por miembros de
Hacía muchísimo frío. Ese año París, a las seis de la mañana, tenía un aspecto siniestro. El camión entoldado estaba cubierto por detrás; escasos y ateridos por la temperatura, los transeúntes apenas vuelven la cabeza a su paso, el rostro anodino, la mirada indiferente. La estación apartadero con un tren muy viejo, vagones de mercancías que hicieron la guerra del catorce.
Después de cincuenta horas de viaje una especie de esqueletos con trajes a rayas y los cráneos rapados se mueven entre los viajeros, que llegan encharcados en sus propias excrecencias. Como sombras silenciosas suben a los vagones y sacan las maletas, las amontonan sobre carretillas y se las llevan. En fila, Olga sujeta lo que queda de la abuela hasta unos camiones que esperan, allí obligan a la anciana a subir y a ella la cursan a otra fila que comienza a caminar sobre la nieve. Nunca más verá a Sara Ariel. Estaban en Auschwitz.
Olga fue introducida en el barracón de la cuarentena, con interminables hileras de jaulas de madera de tres pisos, sombrías y nauseabundas. En cada nivel, más de seis mujeres, apretadas como sardinas enlatadas, casi desnudas, afeitadas, tiritando de frío y hambre.
Olga no entendió nada cuando una polaca, con brazalete negro, entró gritando, solicitando algo. Una compañera le susurró que buscaban alguien para que tocara la batería en la orquesta.
En el campo de concentración de mujeres de Auschwitz-Birkenau hubo una orquesta exclusivamente femenina (también en el de hombres, en Treblinka y en otros). La idea se le ocurrió al comandante del campo y la dirigió Alma Rose, sobrina del compositor Gustav Mahler. La orquesta tocaba cada vez que llegaba un grupo de deportados camino de las cámaras de gas, cada vez que salía un destacamento de prisioneros o cuando a los comandantes de las SS les venía en gana para relajarse en su ardua tarea. Constituyeron un grupo “privilegiado” en el centro de exterminio. Nunca imaginó Olga que aquella batería, cuyos ritmos básicos aprendió con su cuñado en París, le salvaría la vida. Fue liberada por los “tommies” (nombre cariñoso dado a los soldados ingleses) en abril de 1945.
El caso es que de joven, en Almería, tocaba las palmas, las castañuelas y la pandereta. Volvió a España en 1956 y desde entonces hasta su muerte no dejó de pasar dos o tres meses al año bajo el sol de su Almería. Mucha gente, en la playa del Zapillo, le preguntaba por el número tatuado que lucía en la muñeca.
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