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El hombre que ella ama

firmado por Fénix de los Resentidos. -


Cuando el hombre vio al portero en la entrada,  comprendió que aquel club sería caro.  No andaba sobrado de dinero,  pero estaba tan solo. . .  
Dentro,  la luz era tenue y por eso el hombre escuchó la canción antes de poder ver con claridad.  Mentalmente recordó la letra que alguien le había traducido alguna vez,  porque él desconocía esa lengua.  Extranjera.  Alguna cantante negra.  Pero sí,  decía así:  


"Algún día él vendrá 
el hombre que yo ame 
Será grande y fuerte el hombre que yo ame 
y cuando él venga a mi camino 
yo haré lo mejor para que se quede. . . " 


Como fuere,  tenía sentimiento.  
De todas formas poco importaba,  no iba con él,  porque el hombre medía poco más de 1'62, y era frágil y tímido.  No pudo seguir prestando atención a la música,  porque como surgida de la oscuridad,  se le acercó una mujer mayor y más elegante que las otras.  Era aún atractiva,  de tez pálida,  rasgos regulares aunque marcados,  más si cabe debido al cuidadoso pero abundante maquillaje que incidía especialmente en ojos y labios;   peinaba media melena muy negra y llevaba un vestido también negro,  sin mangas,  que se ajustaba perfectamente a su cuerpo,  de un tejido semejante a raso,  o quizás artificial,  se dijo el hombre,  con frunces o drapeados y adornos brillantes que refulgían por los focos sabiamente repartidos,  lo mismo que en los zapatos de tacón muy alto.  Un vestido que no se vería en la calle,  no escotado,  pero con una abertura en el lado izquierdo hasta la cadera;  sus piernas estaban protegidas por medias oscuras.  
El hombre no era joven ni apuesto,  y su traje,  de confección barata,  contrastaba con las elegantes americanas azul marino y la ropa de buen corte que vestían otros clientes.  
-Bonita canción ¿no? -dijo la mujer.  
-Sí -dijo el hombre-.  Era la primera vez que conseguía compañía en muchos días.  La mujer parecía muy segura de sí y él se notaba envarado antes de pronunciar las dos palabras que sabía eran preceptivas.  
-¿Una copa? 
-íJa, ja! sí,  gracias ¿Como te llamas? 
-Andrés.  
-Yo Luisa;  encantada,  Andrés. -Su voz era de un tono grave sin llegar a ronco.  
No podía saber que ella se le había acercado porque esa tarde las chicas más caras estaban ocupadas.  El local era suyo,  y no era el único.  Hacía más de veinte años que se dedicaba a la prostitución,  pero al revés que la mayoría,  era calculadora y serena y no había derrochado los buenos tiempos.  A lo largo de su carrera había despedido a muchos hombres que quisieron vivir de ella,  y ahora casi siempre eran otras las que trabajaban en su beneficio,  y tenía dinero,  casas y automóviles que Andrés no sabía,  pero ella fué con él porque era su profesión aunque enseguida reconoció que este hombre era insignificante,  el peor en su club,  y que cualquiera de sus espléndidas pupilas lo hubiera rechazado.  
Pero no había hecho una fortuna despreciando,  sino aceptando lo que otras rehusaban,  y tenía salud y energía,  algo que al hombre parecía faltarle.  Luisa pensó que,  después de todo,  tal vez se divertiría poniéndolo en ridículo.  
-¿A qué me vas a invitar? -preguntó.  
-A lo que quieras -dijo él con resquemor.  
-Tranquilo,  aquí tenemos un poco de todo;  Rubén ¡un whisky! 
Luego,  cuando el hombre estuviera un poco bebido,  pediría champán y lo pondría en un brete
pero de momento le acarició el veterano traje por las solapas,  la camisa,  la corbata. . .  
-¿Tú,  no tocas nada? -rió ella -¿qué te parece el espectáculo? -le preguntó al notar que a él se le iban los ojos tras los brevísimos bañadores de lencería que dejaban casi todo a la vista.  
-Sí,  son soberbias -Andrés bebió de su copa,  la que ella le había elegido.  
-¿Y eso es todo? Cuenta algo.  Eres poco hablador.  
-Todas son estupendas.  
-íJa, ja! chico,  parece que nunca en tu vida habías visto tanta carne,  y tan selecta ¿eh? 
-No,  nunca.  
-Pero hombre,  no pongas esa cara ¡si es natural! No te preocupes por mí,  que no me ofendo.  Este es un bar especial.  
-Bueno,  no tengo costumbre,  creo que es ofender si miro a las otras.  -Luisa pensó que este hombre ni siquiera daría de sí para una tomadura de pelo.  
-¿No bebes más? Casi no has probado tu copa.  Con confianza;  aquí las bebidas son buenas de verdad.  
-Sí,  ya lo sé,  Luisa.  
-Me parece que tú no sabes nada de nada ¡Tenemos aquí un hombre que entra para nada y que no bebe nada! ¿Hace mucho que no estás con una mujer? Podíamos pasar al reservado;  allí las copas valen igual -abrió su bolso para sacar cigarrillos y Andrés aceptó  uno aunque no solía fumar.  
-Creo que estamos bien aquí.  
-Pues chico. . . Andrés. . . aquí vas a poder tocar poco íja,  ja! y yo,  todavía tengo lo mío. . .  
-Bueno,  vamos.  
El reservado era falsamente confortable aunque adecuado para el uso a que estaba destinado;  el mobiliario lo constituían sofás acolchados tapizados de rojo,  un par de mesitas bajas y algunas butacas del mismo estilo pesado,  y cada conjunto,  separado por rejillas de madera y mimbre.  Había cuadros eróticos,  espejos y cortinajes abundantes;  la luz era más escasa todavía que en la barra.  
Luisa conocía su trabajo;  besó a Andrés con gran destreza y supo enseguida que respondería con dificultad.  Por un momento sopesó si valía la pena seguir,  pero lo hizo. Se quitó su vestido con rapidez que a Andrés le pareció de vértigo; debajo no llevaba sino una lencería de puro ornamento, y atrajo las manos de él hacía su pecho y sus nalgas; una piel suave, habituada a frecuentes tratamientos de belleza. Le desabrochó el pantalón y le manoseó el pene con energía. Andrés respondió moderadamente. Luisa se descalzó, se quitó las medias, las bragas y el sostén, tiró del pantalón y el calzoncillo hacía abajo y se sentó sobre él, pero la erección no era satisfactoria.  
-A ver si hacemos algo, cariño. . . le sobó un poco por todas partes riéndose de sus cosquillas, se ensalivó el índice y el dedo medio de la mano izquierda y le friccionó el ano. La respuesta se hizo mucho más fuerte; Luisa sacó un condón de su bolso, se arrodilló, se lo colocó con la boca, lo chupó un par de minutos, se volvió a sentar sobre Andrés y comenzó un coito bronco e incómodo, que terminó también abruptamente con la eyaculación de no excesivo semen.  
-Chico ¡qué poca leche! -rió ella al retirarle el preservativo- no será por las muchas tías que te tiras. . . Eres un pajillero de categoría ¿eh? 
-Tengo amigas,  -dijo Andrés,  -pero no las tenía y sabía que Luisa lo sabía y estaba conmocionado. Luisa lo limpió con un pañuelo de papel.  -Si quieres pasar al lavabo, está ahí -señaló ella.  
-Sí, sí.  
-Nos vemos en la barra.  
-¿Cuánto. . . ? ¿Cuánto es? 

-Luisa ya estaba allí cuando él apareció al fin con la cartera preparada.  
Fue entonces cuando apareció el chiquillo.  Iba sucio e intentó recorrer la barra para mendigar. Había logrado entrar aprovechando un descuido del portero -Luisa se disgustó.  
-¡Venancio, el muchacho! ¡que no moleste a los clientes! -No hubo necesidad, el portero ya lo había agarrado sin contemplaciones; ambos eran viejos conocidos, pero Andrés asió por el brazo a aquel sujeto enorme.  
-Solo es un niño.  
Venancio se quedó parado mirando alternativamente a Andrés y a Luisa, y aunque sacaba casi una cabeza a los dos, por un instante se sintió pequeño, y los tres lo supieron. El animado ambiente cesó, haciéndose un áspero silencio. Todos miraban. Pero Luisa intervino, separándolos.  
-Dale una propina y que se marche, luego arreglamos cuentas -le dijo a Venancio mientras sujetaba por la manga a Andrés. Lo miró y le pareció que lo veía por primera vez.  
-No pasa nada -le dijo. -El chico es un golfo de cuidado, siempre merodeando por aquí. Tú eres muy raro. -Pero él hizo caso omiso.  
-¿Me da la cuenta? -solicitó al camarero. Pero Luisa se adelantó.  
-Solo te cobrará las siete mil de las copas, porque me parece que. . .  
-¿Eres la dueña de esto? 
-Pues sí -se plantó ella.  
-Ya me dio esa impresión.  
-Claro, tú eres de esos que tienen la cabeza dándole vueltas a todas horas, por eso follas tan mal. Y sin embargo has estado a punto de que te rompieran la cara.  
-Seguro que tu portero tiene mucha experiencia entrenándose con niños. -Esta vez Luisa sonrió sin esforzarse.  
-Yo también tengo un niño, un chico algo mayor que ese.  
-¿Y donde está? 
-En un colegio. . . Son cosas que pasan. Tuve que separarme de su padre. Era un inútil como todos. 
-Ya. Ahí dentro me has hecho una actuación muy completa. No te cortas por nada, pero tu hijo también es un hombre ¿no? O lo será. Y ese niño de la calle si es que le dan tiempo. Claro que tienes a tu portero para que le enseñe.  
-Mi hijo está bien! no sé por qué te explico nada! 
-¿Y yo que soy? Adiós, Luisa, -se resarció, contento, porque sabía que la había alcanzado en un punto débil.  
-Que te vaya bien, Andrés. Supongo que no volverás ¿eh? 
-No, no creo. -Lo dijo de verdad porque sabía que ningún hombre 
tendría oportunidad de triunfo con esta mujer.  
-Bueno, supongo que irás a otros sitios. Estás solo. . .  
-Puede ser, pero no creo que mucho. Esto es. . .  
-Sí, sí, claro: estás sin blanca ¿A qué te dedicas? 
-Trabajo en un banco. En la informática.  
-Ya. A lo mejor tengo una cuenta yo en ese banco. Tengo en muchos... hay que repartir.  
-Nunca te he visto por allí. -Ella puso una mejilla, Andrés la besó a modo de despedida y salió a la noche mientras la música quedaba dentro.  


. . . El me mirar y sonreír y yo comprenderé, 
Enseguida tomar mi mano y, aunque parezca absurdo 
sabré que no queremos decir una palabra 
Tal vez aparecer el domingo, o tal vez el lunes, o tal vez no" 

Pero un ruido de lucha, gritos y golpes, sacó a Luisa de su ensimismamiento. Salió a la puerta para ver como -la calle desierta a esas horas- el portero terminaba de propinar una paliza a Andrés.  

-¡A mí no me toma el pelo ningún gilipollas! 
-¡Ya basta!-exclamó ella. -Si viene alguien. . . Ya hablaremos; ahora ayudame con él; vamos por la otra puerta.  
-¡Fuera! ­ No quiero saber más de este bar de mierda! -gritó Andrés, pero estaba aturdido y
entre los dos lo introdujeron en un despacho con cuarto de baño. Luisa despidió a Venancio, quitó la chaqueta y la corbata a Andrés y le lavó la sangre de la cara con una esponja, pero él la rechazó furioso.  
-¡Déjame en paz! no voy a poner ninguna denuncia. Yo tuve la culpa por idiota y por meterme en donde no debía. -Ella lo contempló.  
-¿Donde vives? 
-Tengo un piso. . . no está lejos.  
-¿Tú? ¿un piso? 
-Era de mi madre, murió hace poco y ahora es mío.  
-¿Y por qué has venido? No debería decirlo, pero este no es lugar para tí.  
-¿Y cuál lo es? En fin. Ya ¿qué más da? 
-Sí, -lo escrutó ella. Me parece que lo estoy viendo. Desde que perdiste a tu madre, tu piso es como la guarida de una alimaña. . . Si no lo hubieses heredado no tendrías donde ir. Eres incapaz de comprarte uno por tus propios medios, ni nada. Entraste porque para tí una mujer es como otra cualquiera: alguien para hacer algo sucio.  
-Tú te lo dices todo; antes te he oído lo mismo sobre los hombres; supongo que te sobran experiencias de todas clases.  
-Te conozco, Andrés; lo primero que hiciste por nada en tu vida fue sacar la cara por ese niño, y creo que ya te has arrepentido.  
-Eso ha sido lo de menos ­ ¡lo peor ha sido conocerte! -Lo dijo quedamente, pero con tal violencia que Luisa quedó estupefacta. Sabía que podía combatir a casi todos, pero no a este hombre exiguo en el que al fin reconoció a un desterrado como ella. Por orgullo, hizo un esfuerzo.  
-¡No tienes nada que criticarme! Mis chicas reciben un trato justo. Aquí vienen lo mejorcito: políticos, gente importante. . . -enseguida supo que había errado otra vez, y el silencio de él rezumaba desprecio y acrecentó el malestar de Luisa, pero al fin Andrés
recapacitó.  
-Bueno, en algo tienes razón, nadie me trajo a la fuerza. Supongo que lo haces por tu hijo. Por si acaso, -ella negó con la cabeza.  
-Por ahí no me coges dos veces. Ese fue mi mayor acierto. Mi hijo es mejor que cualquiera de vosotros.  
-Seguro que sí, Luisa -susurró Andrés con la cabeza gacha mientras se ponía su maltratada chaqueta.  
-¿Te marchas? -él asintió con un gesto.  
-Te vas como un extraño.  
-Estoy muy cansado.  
-¿No hacemos las paces? -Andrés la miró un instante.  
-Desde que te acercaste en la barra quisiste atacarme. No tenías necesidad; es tu club y se comprende; no puedes admitir a todos, pero -siguió tras una breve pausa, -esa canción que tanto te gusta. . .  -Se titula "The man than I love". En español, "El hombre que yo amo". Hay muchas versiones, pero la que yo tengo es de las mejores...
-Parece que te gusta mucho; quizá la necesites porque ya no puedes amar a nadie. -Ella bajó la mirada.  
-El amor es muy bonito en una buena canción, pero la vida real es diferente.  
-Bueno, estoy seguro de que sobre eso sí que no puedo discutir contigo, -Andrés se dirigió a la puerta.  
-No te vayas así, hombre, rogó ella con desasosiego. -Esta noche te han sacudido a base de bien; Venancio por un lado, y yo por otro -sonrió-¿o no te acuerdas de antes en el reservado?
Toma una copa para el camino -sacó una botella de un estante. -Antes te mentí; lo que damos en la barra es regular solo, pero este es bueno de verdad.  
El no tenía voluntad para rehusar. Se sentó derrengado en una cómoda butaca. El whisky era ahora excelente, lo reanimó y sintió que se distendía agradablemente por primera vez aquella noche, y sintió afinidad y simpatía por Luisa; sentimientos que, por serle casi desconocidos, le produjeron más efecto, como el fuerte licor de su vaso tallado.  

". . . Pero todavía estoy segura de que aparecer un día 
Podría ser el martes el día que tenga buenas noticias 
El construir una pequeña casa para dos 
y ya no andar, sin rumbo. " 


La melodía se obstinaba en reaparecer, ahora atenuada por la lejanía del salón principal. Luisa besó a Andrés en la cara y los labios llenos de erosiones.  
-La música ha terminado, -Luisa miró su reloj. -A esta hora se cambian los discos. . . ­ ¡Lástima!
­¡Era tan bonita! 
-Sí, -reconoció él, -al menos tienes dos cosas en tu vida: tu hijo, y una canción melancólica. Lo llaman un blues ¿no? 
-¡Calla!-Luisa lo besó prolongada, tiernamente esta vez, apartándole el vaso. Estaba torpe para desnudarse y ahora él tuvo que ayudarla, aunque eso ya no importaba porque pronto se unieron en un abrazo, tal vez efímero, pero eterno.
.

 
 
Candil Radio, FM 87.6 en formato mp3
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