cometa

La revista profesional online para usuarios amantes de la literatura -
Revista Literaria "La voz de la cometa. Tu voz en Internet" Revista cultural, con Noticias al día. Queremos transmitir la cultura "sin fronteras". ¡Participa!

Autor: José Antonio Garrido Cárdenas

Villajuiciosa    

Mi historia no tiene nada de particular, salvo que soy rey; rey de un reino que no tiene límites, o al menos yo no los conozco ya que por donde quiera que voy, o que iba, pues hace tiempo que no salgo de mi palacio, tengo honores de rey. Creo que no salgo por razones de seguridad, ya que son precisamente quienes se encargan de mi custodia, los que evitan que tenga contacto con el exterior.

     Ya desde muy pequeño tuve una educación diferente a la del resto de los niños de mi edad, pero yo no sabía, como supongo que no lo sabe ningún rey en esta tierna etapa, cuál debía ser mi destino. Ya entonces tuve la clara oposición de la Iglesia hacia mi reinado, manifestada en la persona del padre Tomás, párroco del pueblo en el que nací, y quien decía que era el mismísimo diablo el que vivía dentro de mí, aunque yo siempre pensé que debía ser él quien albergara dentro de sí a una o varias personas, dado el tonelaje de su peso y la forma en la que  comía. Al buen padre, al que por supuesto no guardo rencor, pues no debe albergar buen rey este sentimiento, y mucho menos hacia la Iglesia, más que la fe de sus feligresas, le importaba la comida de éstas, pues era tradición en el pueblo que cada domingo, después de misa de doce, una de las beatas sentara a la mesa al padre Tomás, y se redimiera de sus pecados llenando el enorme estómago del párroco. Realmente, aunque pudo haber mujer tan santa como mi madre, nunca la hubo que rezara más que ella  ni que pasara más horas en la iglesia, a pesar de lo cual el padre Tomás nunca visitó nuestra casa en domingo cumpliendo su peregrinaje culinario, algo que de no haber sido así me habría preocupado ya que, aunque ahora como cuanto deseo sin escatimar en gastos, soy de origen humilde, y nuestra despensa seguramente era menor que las ansias del padre Tomás por comer, de quien decían había llegado a acabar con dos corderos a la mesa en  un solo domingo.
     Con doce años ya fui internado en un centro, que desde el principio imaginé destinado a pulir mis modos y a prepararme para la hora en que tuviera que tomar el cetro de mi reino. Allí había más gente como yo, supongo que todos preparando su regio destino, aunque ninguno de ellos era conocedor de esto. Aquella gente era realmente rara, aunque la verdad es que nunca he conocido a ningún rey, además de mí, por lo que pensé que sus actitudes debían ser normales entre miembros de la realeza. No obstante, yo, acostumbrado a los modos y costumbres de la plebe, me vi forzado a renunciar a mi condición real para actuar como lo hace ésta. Como allí, se conoce que sólo aceptan gente de alta alcurnia, desde el momento en que depuse mi altiva actitud, sus modos hacia mi persona cambiaron, y en poco tiempo me vi fuera de aquel tan excelso centro.
     Mi madre, ignorante como es de los placeres que la vida real ofrece, nunca aceptó mi condición de rey por más que yo insistiera en que ella tendría los mismos privilegios que tuviera yo. Supongo que por esto, no hubo día en que la viera más feliz que en el que salí del centro. "Su hijo ha cambiado totalmente de actitud. Su comportamiento se puede calificar de normal, aunque debe tener cuidado ya que su emocionalidad es susceptiblemente inestable", le dijo el director del centro a mi madre. Yo no entendía lo de "...emocionalidad susceptiblemente inestable", pero creo que quiere decir que el hombre no puede escapar a su destino, y yo estaba destinado a ser rey desde el mismo día en que nací, por lo que mi madre no tendría más remedio que rendirse al futuro que estaba por venir.
     Volví a mi pueblo y, para evitar disgustos a mi madre, actué como ella esperaba que lo hiciera, es decir, dejando a un lado mi actitud de rey. Desde que regresara a éste, mi madre pasaba todas las mañanas limpiando en la casa del párroco, el padre Tomás. Ella decía que esta era la manera que tenía de devolver el dinero que el buen padre había pagado para que yo estuviera en el centro. Nunca entendí si mi madre no quería que yo fuera rey porque se había empeñado en que me educara en centro tan selecto y con gente de tan alto linaje. En el fondo, creo que ella también se alegraba de que su hijo estuviera llamado a ser soberano de un reino, pero como era de actitud modesta, no quería que en el pueblo la tachasen de soberbia y orgullosa.
     El tiempo pasaba y yo asumía, en silencio, mi condición real. Ensayaba poses y gestos que ensalzaran mi nobleza; repetía discursos a unos súbditos inexistentes para estar preparado cuando llegara el momento; y me vestía con ropas viejas de mi madre que simulaban trajes, capas y vestidos propios de un rey. A pesar de mi estancia en el centro, supongo que por el corto tiempo que pasé en él, aprendí poco en éste en cuanto a la educación y modos que un miembro de la realeza precisa saber, y como ni mi madre, por muy santa que fuera, ni nadie del pueblo pertenecía a casa real alguna, me vi en la obligación de aprender estos menesteres por cuenta propia. Cuando me cansé de dirigir discursos a la imagen que yo mismo reflejaba en el espejo, pensé que dignos receptores de éstos podrían ser todos los juguetes y peluches que andaban por mi casa. Pero la respuesta que de ellos obtenía era más bien escasa, si acaso alguno perdía la perpendicularidad en medio de mi discurso, bien por aburrimiento (reconozco que por entonces no era muy didáctico) o bien por la poca firmeza que le ofreciera su base. Por ello decidí buscar nuevos destinatarios para mi mensaje, y como sabía que persona alguna de mi pueblo se ofrecería para saciar mis deseos, decidí dirigir mis ensayos a cualquier animal que se cruzara en mi camino, ya fuera perro, gato o mula, eso sí, siempre y cuando no estuviera su dueño delante, pues a nadie le gusta que venga alguien de fuera a gobernar su propiedad.
     Al cabo de un tiempo, malas voces, esclavas de malas lenguas, empezaron a circular por el pueblo hasta que llegaron a oídos de mi madre y, lo que fue definitivo, a oídos del padre Tomás. "Si no dejas de actuar así, me veré obligada a llevarte a otro centro", decía mi madre. Yo ya había alcanzado la mayoría de edad y, gracias a mi séquito animal, ya estaba lo suficientemente preparado como para asumir el trono de mi reino, por mucho que a ella le pesara. Creo que este fue el momento decisivo en el que mi madre entendió que debía rendirse a mi destino y a la voluntad divina; claro que a este entendimiento le ayudó el padre Tomás, que de voluntad divina nadie sabe como él, pues fue éste quien puso más empeño que ningún otro en que yo fuera a un nuevo "centro" (como ellos lo llamaban) en el que tomara posesión de mi trono.
     Villajuiciosa, que así es como se llama mi reino (o el centro) se encontraba a varias horas de viaje de mi pueblo. El largo camino, que se me hizo eterno por la tartana que nos llevaba a mi madre, al padre Tomás y a mí mismo, me hizo ponerme en la situación de otros monarcas que gobernaron este país y que tuvieron que viajar desde países europeos. Extraño destino el que coloca tu reino lejos de tu cuna.
     Desde el momento en que lo vi a lo lejos, majestuoso y altivo, separado de la plebe por una gran muralla, para evitar, seguramente, rebeliones de éstos, supe que aquel estaba llamado a ser mi palacio. "Te estábamos esperando", me dijo uno de mis súbditos que iba vestido, como es costumbre en mi reino, de un blanco puro y casto, como pura y casta debe ser la misión de gobernar. "Esta va a ser tu habitación (mi aposento real entendí yo)", dijo otro de mis súbditos. La verdad es que no ofrecía ésta ningún tipo de lujos, y estaba vestida simplemente por una cama, más bien estrecha y un pequeño armario frente a la misma. Las paredes apenas estaban adornadas por una escuálida ventana que daba a un patio exterior, y que me protegía de posibles atentados por unos densos barrotes, que actuaban como filtro de la poca luz que entraba. Pero lo cierto es que acepté de buen grado la austeridad de mi palacio, pues no son pocos los soberanos que han perdido reino y castillo por estar más preocupados por el lujo de éstos que por su gobierno. Más confortado aún me sentí cuando escuché decir a mi súbdito, dirigiéndose a mi madre y al padre Tomás, que todas las habitaciones eran iguales, ya que yo era recién llegado a palacio, y de haber tenido un trato especial (algo lógico, por otra parte, pero que escapa a la razón de algunos) podría haber tenido algún encuentro desagradable con los otros habitantes de palacio, mientras que así, ellos entenderían que aquel que les iba a gobernar era un rey bueno y justo, como yo pretendía.
     Cuando nos hubieron enseñado todas las habitaciones de mi palacio, tanto mi madre como el señor párroco quedaron muy contentos con la magnitud de mi reino y emprendieron la vuelta al pueblo. La buena de mi madre vidrió sus ojos mientras se encaramaba a mi cuello en su despedida. "No te preocupes, mujer. Aquí estará bien atendido" le decía el padre Tomás en su intento fallido de consuelo que no hizo sino que mi madre apretara con más fuerza sus brazos anudados a mi garganta, dejándome casi sin respiración. El ministro y siervo de la Iglesia se conoce que no era la primera vez que trabajaba para un monarca, pues en sus palabras mostraba total confianza hacia aquellos que debían velar por mi cuidado y bienestar. Les vi alejarse a pie hasta los límites que marcaba la muralla, y cuando sus pasos desaparecieron tras una pequeña puerta de hierro sentí que empezaba mi reinado.
     De inmediato me llevaron a un salón que, por el aspecto que tenía, pronto entendí que debía ser el destinado a la mayoría de los actos populares que allí se dieran. Fue fácil distinguir a los nobles entre toda aquella gente, ya que estaban acompañados por vasallos que, como ya he dicho, vestían de blanco. La mayoría de los que allí estaban, disfrutaban, como corresponde a la gente de alto linaje, del placer de la meditación, y no dedicaban su atención a cosa material que en el salón pudiera haber, por lo que cuando me presenté como su rey, apenas tres o cuatro cabezas se giraron llamadas por el reclamo de mi voz. Se acercó entonces a mí un señor, bajito y encorvado, que era encumbrado por una prominente chepa que superaba en altura a la de su cabeza.
     -Esta noche ha bajado un ángel del cielo y me ha dicho que un rey vendría a gobernarnos -me dijo con una voz aguda y muy menuda, en consonancia con su aspecto-. ¿Eres tú ese rey?
     -¿Tú qué crees? -le dije-. ¿Es que no sabes reconocer a un miembro de la realeza? - le reproché, nuevamente.
     Mi pregunta no tuvo respuesta, pero como él había sido el primero en reparar en mi presencia, y además era portador de un mensaje divino, le perdoné la impertinencia, excusando su actitud.
     -Está bien -le dije-, tú serás mi lacayo.
     -Vale -me contestó -. ¿Y qué tengo que hacer?
     La verdad es que tuve que pensar bien la respuesta, ya que mi formación, años atrás, no había sido completa, y cierto era que no conocía con exactitud las funciones que un lacayo debía desempeñar.
     -Tienes..., que estar siempre a mi lado -le dije con voz segura, ya que un rey no debe dar muestras de duda o debilidad, y mucho menos ante un siervo; más de un reino ha caído por este motivo.
     Desde aquel mismo momento, Camilo, que así es como se llamaba mi lacayo, no se separó de mí, salvo cuando yo me retiraba a mis aposentos reales, hasta el día de su muerte, seis años después y por ventura de una mala gripe. Persona más servil no la hubo nunca ni la habrá en reino alguno ya que, aunque sus funciones eran escasa, nunca renunció a ninguna de ellas, sin pedir nunca nada a cambio. En el día de su muerte me confesó que el ángel que le anunciara mi llegada pasaba por palacio día sí, día no, y le había asegurado que su servil actitud le abriría las puertas de otro reino aun mayor, cuando dejara el mío.
     Al segundo día de encontrarme en mi palacio tuvo lugar mi coronación. Como de costumbre, pues lo fue de ahí en adelante, Camilo fue a mi habitación real y esperó adeptamente en la puerta a que yo saliera. Me sorprendió gratamente encontrármelo allí, luchando contra sí mismo y sus costumbres por reverenciar una pose que era, a todas luces, tan novedosa para él como para mí lo era el tener a un siervo a los pies de mi habitación. Repetía exageradas inclinaciones de cabeza que hacían elevar su chepa a lo más alto de aquel cuerpo destartalado.
     -Buenos días, señor... -Me dijo entre dos de sus torpes reverencias, mientras dirigía sus palabras a medio camino entre el suelo y mis rodillas.
     -Buenos días, Camilo... -Le contesté yo poniendo mi mano sobre su cabeza con el firme propósito de acabar con aquellos movimientos tan violentos. -Tengo hambre. Me gustaría desayunar.
     -Vayamos al salón, señor.
     En nuestro camino hacia el mismo Camilo caminaba medio paso detrás de mí, en señal de sumisión y servilismo. Mi anciano lacayo era un hombre de toscas maneras, pero a su modo, siempre hizo lo posible por agradarme y por dejar clara la distancia que separaba su posición y la mía.
     Justo a la entrada del salón aceleró su paso para adelantarme, e irguiéndose firmemente, deshaciendo su joroba, como un centinela de piedra, se dispuso a anunciarme. "Llega su alteza real", repitió en dos ocasiones. Su voz apenas se confundió con el murmullo general que gobernaba aquella sala, y ante la pasividad de sus habitantes decidí que sería conveniente tomar asiento, pues la respuesta al anuncio de mi criado podría tardar más de lo que a mi estómago le convenía esperar, y como soy hombre de buen comer, supe disculpar a toda aquella gente. Ante mi actitud, Camilo volvió a adelantárseme para separar mi silla de la mesa, tomando él, seguidamente, asiento a mi derecha.
     Acabado el desayuno, Camilo dirigió mis pasos hacia un rincón del salón donde había un sillón llamado a convertirse en mi trono. Tomé posesión de él, mientras mi criado se colocaba a mi lado, de pie, con los brazos muertos y las manos cruzadas sobre su sexo. Ora de pie, ora sentado (en un taburete que Camilo sacó de no sé qué lugar y que le dejaba a una altura inferior a la que a mí me dejaba mi trono) pasó media mañana sin que aconteciera nada particular. Ante la procesión que en el salón se producía de los miembros de palacio, Camilo me iba informando de la peculiar historia de cada uno de ellos: "Ese es Rafael; dice que de pequeño fue abducido por un ovni y que desde entonces tiene poderes"; "ese es Luis Belmonte; cree que es invisible"; "ese es Pedro Tucán; está convencido de que es inmortal, y por eso está atado. Ha intentado demostrárnoslo varias veces".
     -Y ese, ¿quién es? -Le dije dirigiendo mi mirada hacia alguien que se encontraba todavía sentado a la mesa, aunque hacía ya varias horas que habían retirado el desayuno.
     -No le mire, señor. No le mire. -Decía Camilo.
     -¿Por qué? ¿Quién es ese?
     -No le mire, señor.
     El solitario personaje reparó en nuestra pequeña discusión y se acercó aceleradamen- te hacia nosotros sin apartar su vista de mi persona ni siquiera para pestañear.
     -¿Quién es éste?- dijo con gritos entrecortados.
     -Es mi señor. -Contestó Camilo con una voz más aguda de lo que por sí ya lo era la suya. -Él es rey.
     -Conque rey..., ¡eh!. Pues muy bien. Esta será tu corona -dijo colocando un tiesto de plástico, que se encontraba tirado y vacío, y que hacía las veces de lapicero, sobre mi cabeza, -éste será tu cetro -refiriéndose al palo de una escoba rota que colocó en mi mano, -y esta será tu capa -decía mientras anudaba uno de los manteles de papel, que anteriormente habían cubierto la mesa del desayuno, a mi cuello. -Ahora sí que eres un auténtico rey -concluyó.
     La verdad es que, a pesar de lo improvisado de mis complementos reales, ahora sí que daba la impresión de ser un verdadero rey. Ya tenía palacio, trono, criado, corona, cetro y capa; en ese momento me acordé de mi madre. Si ella me viera seguramente se sentiría orgullosa de mí. Por fin empezaba a tener sentido todo el camino recorrido para llegar hasta aquí. Desde aquel día, no ha pasado uno solo en el que no vista mi capa, y si ésta sufriera desperfectos, ahí estaba Camilo para hacerse de otra, y cuando él faltó también hubo quien se preocupó por reponerla. La corona y el cetro, la una por su incomodidad y el otro porque realmente nunca supe qué hacer con él, pasan la mayor parte del tiempo en mi habitación, aunque en días de visita de nobles y reyes de otros reinos, también gusto de lucirlos; que no se diga que prefiere este soberano la comodidad al peso de la responsabilidad.

     Hace tiempo ya que el bueno de Camilo se fue. Varios han sido los que han intentado ocupar su lugar, pero ninguno ha sabido llenar el vacío que mi fiel siervo dejara. Seguramente habrá rey en otro reino que ahora se beneficie de su presencia, y yo me alegro, que compañía y servicio más grata que la de Camilo no puede haber. Yo sigo reinando en mi palacio, con mi trono y mi capa, entregando mi vida con complacencia a mi reino y sus habitantes, aunque sé que hay quien piensa que no soy más que un loco, que mi palacio no es más que un manicomio y que mi capa no es más que un mantel de papel. Lo curioso es que son ellos los que viven por inercia, los que caminan por este mundo intentando gobernar un futuro que se les escapa, los que intentan sobrevivir a una vida impostada, mientras yo, desde mi trono, observo mi mundo alrededor con la felicidad de un recién nacido, con la tranquilidad del que hace lo que debe y con la cordura del que asume su destino.

más del autor

El tercer jueves de cada mes una nueva presentación
carodiario

Otras obras del autor:

Caminos de soledad

crónica

la ultima noche

me gustas

simplemente amor

soledad

villajuiciosa

entrevista en la radio, "La cafetera", a José Antonio Garrido Cárdenas

más autores de la Revista La voz de la Cometa. Tu voz en Internet
en directo para tíhttp://www.lavozdelacometa.org. te esperamos
Autores entrevistados en la Cafetera - Candil Radio, FM 87.6
Charlamos sin abrir la boca, sonreímos sin mover los labios, nos abrazamos sin tocarnos