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Almería
| JOSÉ ANTONIO GARRIDO CÁRDENAS |
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LOS CAMINOS DE LA FELICIDAD
Aún resbalaba por su labio superior un hilillo de
sangre que nacía en su orificio nasal, que a modo de vetusta caverna
sanguinal apenas se esforzaba en retenerlo. Lucía se encontraba derramada
por el suelo, con vocación de ropa sucia, con el sabor agrio de
las lágrimas aturdiendo su paladar. No intentaba buscar motivos –hacía
tiempo que no lo hacía- ni tenía la pretenciosa obsesión
por entenderlo todo; el valor de su vida había perdido muchos
enteros y la única razón para no pedirle a Dios que la
despojara de su alma ajada era su hijo Miguel, el mismo que la abrazara
minutos antes y con gesto demasiado anciano para sus cuatro años
de edad le decía
que porqué no buscaban otro papá. “Sshhh. Cállate,
no vaya a ser que te oiga y se enfade”, le decía ella con voz
gutural por miedo a exigirle a sus cuerdas vocales que robaran un sonido
más
interior frente a la posibilidad de tener alguna víscera destrozada
por los golpes.
Había convencido a Miguel para que se fuera a la cama y lo olvidara
todo, pero sabía que a la memoria de su hijo le costaría deshacerse
de aquellos episodios macabros.
-Anda, y no te preocupes; ya sabes que papá viene cansado. Él
trabaja mucho por nosotros y nos quiere –le decía con la intención
de convencerse además a sí misma.
-Ya, pero se pone muy feo y me da miedo –decía con la dulzura
que la ingenuidad confería a su voz de melocotón. -¿Papá
es malo? –le preguntaba acto seguido.
-Sshhhh –le decía ella tapándole la boca y aguantando
en su garganta una lágrima que se esforzaba por escapar de aquella
cárcel cartilaginosa, creyendo haber oído un ruido proveniente
de la habitación, pero que no había sido más que
producto de su imaginación y el miedo, ese enajenador de sus sentidos.
Cuando el niño se había rendido a las costumbres ordinarias
que le robaban la vigilia a no más de las diez y media –y ya
eran casi las doce de la noche-, Lucía se derrumbó sobre
su cuerpo apaleado y quedó enmarañada como un ovillo desahuciado
por inútil en el cajón de lo inservible. La presencia de
su hijo había adormecido el dolor, pero ahora, sola con ella misma,
notaba centuplicado el sufrimiento de las patadas en espalda y estómago
y los puñetazos en cabeza y cuello que recibía, como una
roca de la orilla las embestidas del mar alborotado por una tormenta
naciente a varios kilómetros.
-Delante del niño no, por favor. Delante del niño, no –pedía
ella suplicante mientras aquella lluvia de golpes inmisericordes se desparramaba
por todo su cuerpo. Lucía no se atrevía a hacer el intento
de parar, ni siquiera esquivar, ni uno solo de aquellos golpes por miedo
a que su marido se enfadara más y los recibía, aparentemente
con complacencia, hasta que éste considerara que había sido
suficiente.
-¡Cállate zorra! –le decía mientras levantaba el
puño y parecía perdonarle la vida. –¡El niño
ya debería estar durmiendo¡- aseveraba sin darse cuenta de
que eran sus gritos los que le habían despertado.
Estas palabras normalmente anunciaban el final de aquel combate en el que
Lucía, con vocación de esparring con tendencias masoquistas,
se veía obligada a participar cada vez con más frecuencia.
Quizá
la mención de su hijo, o quizá el cansancio multiplicado por
el efecto del alcohol, hacían que su marido desistiera de aquella
lucha tan desigual.
En el fondo ella estaba convencida de que él la quería. Aquella
especie de síndrome de Estocolmo le hacía creer que el que
la golpeaba con saña hasta la extenuación no era su marido,
sino un simple clon de éste en el que se concretaban sus problemas
laborales y sus propensiones alcohólicas que lo sustituía
al menos una vez en semana. Pensaba que quizá ella también
fuera responsable de aquel cambio de actitud en el hombre con el que se
casó y que tanto
le había dado. Se sentía desgraciada por no haber sabido hacerle
feliz y verse obligado a volcarse en sus vicios bacónicos. Con frases
como “yo no quiero pegarte, pero eres tú...” o “si
no te quisiera no haría lo que hago”, mil veces repetidas,
como si aquella muletilla multiplicada cobrara veracidad ante su insistencia,
ella recibía palizas que intentaba justificar al amparo de aquellas
letanías.
Si obviaba aquellos momentos en los que su marido perdía el control
y descargaba sus problemas en su cuerpo mil veces humillado..., todo era
perfecto. Ante los ojos ajenos a aquel triángulo que formaba el matrimonio
y su hijo, él era un padre ideal y un marido perfecto; un “hombre
normal” -como la mayoría de los asesinos en serie para sus
conciudadanos que no se explican “cómo pudo hacerlo...”-.
Aquella noche volvía tarde a casa y Lucía empezaba a augurar,
con la clarividencia que concede la rutina, que no sería una noche
tranquila. Cuando entró por la puerta, ella lo abordó con
dotes de Geisha. Él tardó más de la cuenta en introducir
la llave en la cerradura debido a la torpeza etílica como consecuencia
de varias horas en el bar, por lo que ella tuvo tiempo suficiente de recorrer
los pocos metros de pasillo y encaramarse al quicio de la puerta para
cuando
él fue capaz de abrirla.
-¿Qué coño haces aquí con esa pinta de puta? –le
decía a la vez que la apartaba despectivamente con su brazo, en cuyo
aleteo golpeó de refilón la mejilla de Lucía.
-Contigo nunca sé cómo acertar –dijo ella con voz que
parecía avergonzada. Todavía no había acabado de enunciar
su queja cuando ya se estaba arrepintiendo de haberla emitido.
-¿Qué quieres decir? –decía él desistiendo
de colocar las llaves ante su desacierto a la hora de colocarlas en la alcayata
inoportuna. -¿No estarás insinuando que me enfado sin motivos?
-No he querido decir eso. Perdona. De verdad, lo siento. Sé que vienes
cansado y...
-¡Tú qué coño vas a saber...! –le gritaba
a la cara mientras la inundaba con su aliento de borracho -¡..., si
eres una puta maruja!
-Ya te he dicho que lo siento...
Lucía agachaba la cabeza para no ofenderle con su mirada mientras
su marido parecía estar concentrando su fuerza en la palma de la
mano que batió el aire para posarse, ausente de delicadeza, en su
cara de puta maruja. El bofetón aturdió a Lucía, que
se esforzaba por no perder el equilibrio y se afanaba en que su marido no
acabara de perder el juicio.
-De verdad, lo siento, pero no me pegues... Ven a la cocina, verás
lo que te he preparado.
Ella intentó tomarle la mano, más por tenerla controlada que
por motivos afectivos, a lo que él respondió con un movimiento
esquivo que le hizo perder la verticalidad momentáneamente. Lucía
comenzó a andar en dirección a la cocina, precediendo a
su marido, y en espera de recibir algún pescozón desde
su trasera, que no llegó. La breve paz que acompañó a
la procesión
que les condujo a la cocina resultó ser un espejismo fugaz que se
rompió
súbitamente, como un cristal que cayera desde mil metros de altura.
-¿Qué mierda es esto?
-Pero si es tarta de chocolate..., he estado toda la tarde preparándotela
–decía Lucía intentando impostar un gesto que todavía
parecía ilusionado pero que disfrazaba una tristeza agria.
Él cogió el pastel y lo tiró entero a la basura con
un gesto de desprecio frente al que Lucía se negó a contestar,
pero que tampoco esto le valió la misericordia de su marido. Sin
mayores motivos, él se acercó y le pegó un puñetazo
en la cabeza que ella admitió con la esperanza vana de que fuera
el último
y con la cara de estatua milenaria que no inmuta su gesto ante ninguna circunstancia.
La aparente indolencia de la mujer pareció excitar a su marido,
que no veía recompensando su golpe con lágrimas ni gimoteos,
y comenzó
una lluvia de puñetazos y patadas que Lucía acabó de
recibir tirada en el suelo. En el ardor de aquella batalla auspiciada en
la soledad de la pareja, all |