OBRA: RELATO BREVE
TÍTULO: CRÓNICA DEL CAPÍTULO CERO.
AUTOR: JOSÉ ANTONIO GARRIDO CÁRDENAS
El día en que sucedió, Santiago Nasar se levantó de
su siesta a las 5.30. La tarde, con vocación de acuarela, presagiaba
con sus colores desordenados lo que luego pasaría. Había
soñado con árboles y pájaros, en aquel lunes ingrato. “Todos
los sueños con pájaros son de buena salud”, solía
decir, equivocadamente, su madre. El sol atravesaba tímidamente
las cortinas espesas que se derramaban con desgana desde el techo de
la habitación. Era una luz medrosa, como si ni siquiera ella
quisiera ser testigo de lo que estaba ocurriendo, y se esparcía
por entre los recovecos que formaban las sábanas dispersas por
el suelo.
A su lado estaba Ángela Vicario, desnuda como él, que
aún dormía y parecía sonreír como rememorando
entre sueños los momentos de sutil lascivia que rodearon a la
pérdida de su virginidad. Faltaban apenas dos meses para que Ángela
se casara con Bayardo San Román, pero la imposición de
un matrimonio convenido le condujeron a aquel acto, más por
despecho que por pasión, más por venganza que por amor.
Santiago Nasar representaba para Ángela el antagonismo de Bayardo
San Román; la cotidianeidad de Santiago se oponía a la
misteriosa llegada al pueblo de Bayardo, sus rasgos mestizos –entre árabes
y colombianos- desmerecían por completo el aspecto europeo,
más bien frío, de San Román y el calor, en forma
de pasión, que Santiago derramaba por los poros de su cuerpo
se oponía a la gelidez que su futuro marido exhalaba.
Ambos cayeron rendidos y se entregaron sin oponer resistencia a los
placeres del sueño una vez consumaron “el hecho”.
Santiago sabía que Ángela era virgen, pero eso no fue
impedimento para embestir con pasión y derramar sacudidas inmisericordes
sobre aquel cuerpo a medio hacer. Ella estaba entregada a los brazos
de su amante y recibía complacientemente los azotes de la lujuria
que Santiago vertía en su cuerpo. Todo aquello tenía
mucho de pecado y ambos lo sabían. Disfrutaban con la sensación
de saberse haciendo algo prohibido y hasta les hubiera gustado que
el propio Bayardo San Román contemplara aquella maldad convertida
en ardor.
Pero de pronto algo empezó a salir mal. Los ladridos de unos
perros en la puerta y las voces multiplicadas de dos hombres intentando
acallarlos despertaron de golpe a Ángela, rompiendo en mil pedazos
la imagen onírica construida sobre los cimientos de lo que acababa
de pasar.
-Rápido, tienes que irte –decía Ángela,
con gesto desencajado.
-¿Qué pasa? –Preguntaba Santiago.
-Son mis hermanos. Han vuelto.
-¿Pero no habías dicho que no volverían en toda
la tarde?
-Se sabe cuándo empiezan sus cacerías, pero nunca cuándo
acaban... –Decían contrariada ella.
Pedro y Pablo Vicario, los hermanos gemelos de Ángela habían
salido aquella mañana de caza, y ella pensó que no volverían
hasta bien entrada la noche, como era costumbre en ellos. Los perros,
inquietos por un olor en la casa que no les era familiar, no paraban
de ladrar mientras arañaban la puerta. Pedro la abrió y
Santiago notó cómo uno de los canes se dirigía
a la habitación donde los amantes se encontraban. “¿Estás
ahí, Ángela?” gritaba Pablo desde el pasillo. “¿Estás
ahí?” repetía. Ella no era capaz de coordinar una
idea con lucidez ni de dar una orden sensata a sus cuerdas vocales
para evitar que su hermano insistiera en su pregunta, por lo que éste
decidió comprobarlo él mismo. Santiago notó cómo
la manivela de la puerta descendía lentamente bajo la presión,
que del otro lado, ejercía el brazo fornido y trabajado en el
campo de Pablo Vicario.
-Ya está Pablo –gritaba Pedro desde la otra punta de
la casa-, no te preocupes. Era un gato que se había colado en
la cocina.
La manivela volvió a ocupar su posición horizontal y
Santiago volvió a ser consciente de los latidos de su corazón,
que por un momento creía haber perdido para siempre. Tras el
susto inicial, el joven se vistió a toda prisa su pantalón
y su camisa de lino blanco, ambas piezas sin almidón y que se
confundían con las sábanas dispersas por el suelo. Era
un atuendo de ocasión. De no haber sido por la cita que tenía
se habría puesto el vestido de caqui y las botas de montar con
que se iba los lunes a El Divino Rostro , la hacienda de ganado
que heredó de su padre, y que él administraba con muy
buen juicio aunque sin mucha fortuna.
-Tienes que salir por la ventana -decía Ángela ante
los movimientos desordenados y nada premeditados que hacían
que Santiago no parara quieto pero que no le llevaban a ninguna parte.
La casa era de planta baja, y sólo unos rosales a los pies
de la ventana, a modo de señal de feminidad, podrían
dificultar, si acaso un poco, la huída de Santiago. Él
ni siquiera se calzó sus zapatos, que agarraba bajo su sobaco
izquierdo, y siguió el camino que Ángela le marcaba sujetando
la ventana mientras Santiago pasaba bajo su dintel como montando a
caballo. Sentado a lomos de aquel improvisado corcel de piedra, el
joven se detuvo un segundo para mirar fijamente a los ojos de Ángela
y, antes de que ella pudiera reaccionar, estampar un beso en sus labios
de fresa.
Santiago evitó con agilidad (su vitalidad se lo permitía)
el obstáculo que la ventana suponía en su fuga y saltó el
rosal sin apenas arrancar una hoja al frondoso vegetal, pero la casualidad
quiso que allí donde el joven descansó sus pies tras
el forzado vuelo, una lasca afilada descansara para desgarrar un tajo
en su planta desnuda. El dolor fue intenso y seco, como el de una navaja
que le arrancara las tripas, a lo que Santiago respondió con
un quejido que le nació del estómago. Los perros, que
nuevamente se percataron de la presencia de un extraño en la
casa, comenzaron a ladrar y a se dirigían hacia donde él
se encontraba. En menos de un segundo, Santiago vio como los dos animales
doblaban la esquina de la casa, como si de una competición se
tratara, y se disponían a embestirle sin piedad.
Santiago empezó a correr en dirección a la verja de
madera que limitaba la propiedad de los Vicario. Los perros, que parecía írseles
la vida en aquella persecución, emitían sonidos sobrenaturales
mezclados con aquellos ladridos centuplicados en la cabeza del joven
Nasar. Las babas resbalaban por sus hocicos rabiosos y se escurrían
por entre sus dientes afilados que amenazaban con despedazar el cuerpo
de Santiago. Cada vez los sentía más cerca, cada vez
escuchaba sus ladridos, que parecía sonidos de ultratumba, con
mayor intensidad, y cada vez estaba más seguro de que aquello
sería su final.
Santiago recorrió los apenas diez metros que separaban la casa
de la valla con una intensidad desmedida, imaginando cómo los
perros le devorarían, y cuando esto ya estaba a punto de pasar,
dio un salto que lo encaramó a lo alto de aquella verja y a
salvo de los animales. Con un movimiento brusco acabó con su
cuerpo en la acera, al otro lado de la propiedad privada, tirado como
una colilla y ensangrentado, pero a salvo...
Durante su huída no había sido consciente de la herida
que desangraba su planta del pie, y fue en la acera cuando de nuevo
notó el intenso dolor, que se mostraba como una mancha rojiza
sobre el cemento del suelo. Santiago sacó un pañuelo
blanco del bolsillo de su pantalón y lo anudó en torno
a la herida. Posteriormente se calzó sus zapatos de ocasión
y recuperó la verticalidad. Después de todo seguía
vivo, y la muerte, que con su afilada guadaña había rozado
la garganta de Santiago, tendría que esperar a otro lunes ingrato.
autor: José Antonio Garrido
Cárdenas
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