Revista Literaria "La voz de la cometa. Tu voz en Internet"Revista cultural, con Noticias al día. Queremos transmitir la cultura "sin fronteras". ¡Participa!
autor: José Antonio Garrido Cárdenas
CARTA A DIOS
Alquicel,
14 de Septiembre de 2002
A Dios:
Hoy hemos
enterrado a mi madre. El angosto bostezo abierto en la tierra parecía esperarle
como agua de mayo. Su cuerpo petrificado se hundía lentamente en las arenas
movedizas del camposanto, dejándome solo, inmerso en un mar de dudas.
El calor
de su cuerpo huía de éste despavorido para refugiarse allá donde el frío soplo
de la muerte no siembre su ubicua semilla; el mismo calor que hace apenas
un par de días diera tal espesura al aire de sus pulmones, que lo hiciera
irrespirable; el mismo calor que abrasara sus sienes despertando el sudor
de un cuerpo enfermo, cansado de luchar.
El atardecer
de los últimos días de verano se la llevó consigo. Los colores violáceos que
los postreros rayos de sol regalan a unas nubes parsimoniosas en su continuo
desfilar acompañaron a su alma en un camino sin regreso. La estúpida sinrazón
de una muerte sin anunciar me arrancó de las manos la mitad de una vida moldeada
a tu gusto. Se me iba el penúltimo aliento que mi pecho dolorido manaba sin
ningún esfuerzo. Se esfumaba la penúltima vida, dejándome desnuda el alma
por un hilo cosida al cuerpo.
El camino
del cementerio, que tantas veces recorriera junto a ella, se me hacía ahora
extraño. No era capaz de encontrar la huella de mis recuerdos en aquellas
piedras, en aquellos árboles, en aquella luz que ya no refulgía al estrellarse
con la fuente de la entrada; ni siquiera ésta parecía la misma. El agua, en
su cadencioso discurrir, parecía querer entonar una triste melodía. Ya no
saltaban, como con vida propia, las gotas distraídas que la fuente paría sin
descanso. Los ángeles, grises por el tiempo, que custodian la puerta, cobraban
vida con el llanto de mi dolor y guiaban mis pasos autónomos tras el reguero
de amargo sabor que dejaba la caja desalmada.
Aquella brecha
de la tierra, abierta para el descanso infinito, se dibujaba en mi mente
como una boca egoísta, como un estómago insaciable que disfrutara engullendo cuerpos
huérfanos de aliento. La estampa que allí se me mostraba no me era desconocida,
pero ahora cobraba un protagonismo fugaz, de apenas media hora, que me resultaba
demasiado pesado para ser cargado por uno solo.
Cuando era
niño subía cada tarde a la colina del lobo. Desde allí, todos los chavales
divisábamos Alquicel a nuestros pies. La sensación de poder era indescriptible;
todo un pueblo y tan grande –en realidad no tenía más de dos mil habitantes,
pero a mí se me antojaba enorme-, y nosotros dueños de él. Cuentan que hace
años algún rey morisco gobernó desde lo alto de la colina todo el valle que
circunda Alquicel, y allí estábamos nosotros impostando soberbias actitudes
que imitaran las de la realeza árabe, con la ingenua intención de reinar sobre
aquella fecunda tierra en un futuro. La tarde pasaba deprisa, y el sol se
escondía frente a nosotros tras el pico de luna. Ninguno de los niños abandonaba
la colina hasta que el sol no se hubiera puesto, y sólo la luz que le sucede
iluminara nuestro descenso. Aquel pulso que le ganábamos al regio astro se
repetía cada tarde con incansable monotonía. La huída del último rayo de sol
era el pistoletazo de inicio para nuestra estampida juvenil. El acuerdo tácito
que imperaba sobre la colina nos empujaba ladera abajo desandando un camino
que parecía mucho más corto que el que hiciéramos horas antes. Una de aquellas
tardes, la celeridad del descenso acabó con mi cuerpo rodando hacia el pueblo
más a prisa de lo que a mí me hubiera gustado. Lo brusco de la caída robó
a mi memoria las dos horas posteriores, de modo que lo siguiente a dicho infortunio
fue despertar en mi cama con mi madre a los pies de ésta guardando mi sueño.
Al verme abrir los ojos, se levantó y se sentó a mi lado pasando su brazo,
sobre el que se apoyaría, por encima de mi cuerpo, quedando éste bajo el arco
de su axila. Su gesto era calmado. La paz de su rostro generaba en mí tanta
tranquilidad como revuelo había ocasionado mi accidente en el pueblo. La tenue
sonrisa dibujada en sus labios, que se contagió de inmediato a los míos, cumplía
con la intención de dulcificar el dolor de mi cuerpo. “¿Cómo estás?”, me dijo
con voz melosa. Yo intenté sonreír de nuevo, lo que ella entendió como un
gesto positivo a su pregunta. Su mano, la que no estaba apoyada en la cama,
atusó mi pelo con suavidad, terminando su gesto maternal en mi mejilla.
Aquella noche
me quedé dormido sabiendo que pasara lo que pasara, allí estaría ella; que
su sonrisa estaría ahí para tranquilizarme, que su voz estaría ahí para suavizar
mi dolor y que su caricia estaría ahí para acunar mi calma. Pero ayer te la
llevaste. Ya no volveré a sentir esa paz que me transmitía. No entiendo el
sentido de su ausencia.
Ella ha sido
siempre mi apoyo; ha sido el puntal que me mantenía en pie. Y hoy, en su callado
camino, la veía lejana, como si no fuera la misma mujer a la que tanto tiempo
he admirado. Notaba que le faltaba algo. Algo había perdido que además se
llevó su dorado color de piel. Y se lleva tanto de mí consigo... No sé si
sufro por ella o sufro por mí. Quizá ella no lo notara. Quizá ahora esté mejor,
junto a mi padre, de lo que lo estaba aquí conmigo, pero me ha dejado tan
solo...
Se me hará
extraño volver a casa y no verla aquí. Aunque creo que se me hace más extraño
aún pensar que su cuerpo está a apenas un par de kilómetros, tan parado, tan
quieto, como esperando que alguien le devuelva su febril vitalidad.
La gente
dice que la vida sigue; que la memoria de mi madre se irá debilitando en el
tiempo; que no será su muerte sino un accidente en el transcurso de mi vida
que dejará una cicatriz más o menos profunda. Pero lo cierto es que me duele
el presente mucho más de lo que me ha dolido nunca. Es posible que para ellos
la muerte se haya convertido en algo tan banal como cumplir años o ir de compras,
pero para mí se refleja con la intensidad del dolor de una daga que se abriera
paso en mi pecho, desgarrando todos los tejidos que encontrara en su caminar.
Se refleja con toda la fuerza de la soledad de quien ha perdido casi todo
lo que tenía “aquí abajo”.
Y ahora, ¿cómo podré mirarles a la cara cargado
de dudas? ¿Cómo hablar de tu grandeza si se me muestra insuficiente en algo
tan cotidiano como la muerte? ¿Cómo permitirles confiar en “la vida eterna”
cuando el descanso infinito se me muestra con sábanas de arena? ¿Cómo dar
respuesta a tantas preguntas, si esta vez son a mí a quien se le amontonan,
lapidando mi fe como lascas impertinentes desgarradas de mi razón? ¿Cómo dudar
de tu pregón y cantar tus alabanzas?
Querido amigo,
ha sido tan largo el camino andado junto a ti, que me pregunto si no habrá
llegado a su fin. Ha sido tanto lo recibido frente a lo tan poco que yo te
he dado, que me pregunto si no habrá sido injusto. Pero no pueden ser las
dudas el motor que alimente nuestra unión, y hoy te siento más lejos que nunca.
Te veo partir junto al aliento de mi madre, distanciando mi alma de tu lado.
Por todo
esto, estoy pensando en solicitar un sustituto que cargue con tu palabra
con toda la dignidad que se merece, que es más de la que yo le puedo dar. Aunque
mientras tanto, seguiré cumpliendo como lo he hecho hasta hoy, con mis deberes
como hijo tuyo.