OBRA: RELATO BREVE
TÍTULO: LA ÚLTIMA NOCHE
AUTOR: JOSÉ ANTONIO GARRIDO CÁRDENAS
El espejo le vomitaba inmisericorde una imagen demacrada, más
vieja de lo que dictaban sus veintiocho años e infinitamente
menos vulgar de lo que la ropa que se disponía a vestir se esforzaba
por aparentar. Primero se puso una media –no era conveniente
llevar pantis- y luego la otra. Mientras desenrollaba lentamente aquella
madeja de licra por su pierna en dirección a su muslo se preguntaba
nuevamente por qué lo hacía. La media acariciaba su piel
con mesura, mucho más que ellos, y se resbalaba suavemente como
la caricia que no tendría esa noche. Donde la pierna se ensancha
se agarraba la silicona pegajosa de aquel complemento en su vestuario;
se agarraba como con temor a dejar al descubierto aquel cuerpo que,
a pesar de todo, seguía sintiendo rubor de su propia desnudez.
Cuando se puso la otra media se volvió a mirar al espejo y no
se gustó. En un gesto pausado entornó las ventanas de
su mirada, dirigiendo su vista hacia el suelo, como intentando eludir
el desafío al que el espejo le retaba, y tomó el sujetador
que colgaba del respaldo de la silla.
Su pecho con aspecto pueril agradecía aquel sostén reforzado
por una copa almohadillada. Sus pezones desgastados por tantas y tantas
bocas desconocidas buscaban abrigo consolado en aquel su refugio de
nylon y satén. El sujetador levantaba aquellos pechos menudos
y se esforzaba por colocar “en su sitio” lo que el tiempo,
con su justiciero y cadencioso transcurrir, había preferido
reubicar. No se encontraba atractiva, a pesar de que aquel conjunto
de lencería habría hecho perder la cabeza a cualquier
amante...; a cualquiera que no tuviera prisa por desflorarla, eso sí,
sin preocuparse por nada más.
Las faldas plásticas, como hechas con la intención de
no oponerse a una desnudez inminente, embutían su cuerpo sin
excesiva delicadeza a la altura de unas caderas moldeadas por una vida
desordenada y unas comidas a horas intempestivas. Esto se traducía
en un cuerpo flaco, casi sin curvas y por el que ningún cliente
habría pagado ni un solo céntimo más de lo que
ella les pedía. Quería dejarlo en cuanto le fuera posible,
pero sentía que no era capaz de hacer otra cosa. Después
de todo llevaba casi nueve años dedicándose a lo mismo
y en el fondo, aunque le costaba admitirlo, era un “trabajo fácil”.
Además, después de tantas humillaciones sentía
que el valor de su trabajo carecía de una importancia si quiera
aceptable.
La noche apenas acababa de empezar y ella estaba cansada. Cansada
de su modo de vida, cansada de la soledad y cansada de esa ruidosa
conciencia que últimamente martilleaba su cabeza de una manera
incesante, como un goteo impertinente en mitad de la vigilia. En su
realidad ficticia ésta era otra noche más y su mundo
se agotaba mientras veía pasar su vida como una película
sobre la que no tenía ningún poder de intervención.
Cuando acabó de vestirse, cuando la camiseta se amoldó a
aquel cuerpo famélico, ella se sentía más desnuda
que al principio. Gritaba en silencio su desgracia a la imagen del
espejo que, como un justiciero ecuánime, la observaba de la
manera más aséptica posible. No encontraba refugio ni
siquiera en su habitación, bajo la luz que la mísera
lámpara de araña estrellaba en su rostro cadavérico
y al amparo de la única cama que no estaba dispuesta a compartir.
Se sentía vacía y sucia. Por un momento las nauseas amenazaron
con obligarla a visitar el váter, pero en circunstancias peores
se había encontrado y había sabido hacer de tripas corazón...
El maquillaje, que tantas veces enmascarara su estado de ánimo,
se convertía ahora en un telón detrás del que
esconderse. El rímel, el colorete, la sombra de ojos y el carmín
de labios conformaban un disfraz para un personaje que ella interpretaba
a la perfección y del que se despojaba con la misma naturalidad
con que desechaba aquella amalgama cosmética en cuanto le era
posible. Los labios casi sin perfil, se veían inmersos e un
rojo que resultaba casi doloroso, mientras sus mejillas parecían
encontrar forma con el pote cubriendo su piel de flor marchita.
Cuando acabó de maquillarse se detuvo apenas un segundo en
su ritual preparativo para contemplar en lo que se había convertido.
Como una bombilla que parpadea anunciando su pronto final, ella se
miraba y veía su autodestrucción; era capaz de ver más
allá del momento presente y presagiaba que si no acababa pronto
con aquella situación serían sus propias circunstancias
las que acabarían con ella. Cualquier cliente que se creyera
con derecho a todo o alguna enfermedad irreversible podrían
acabar con una vida que sentía que se le escurría entre
las manos como una pastilla de jabón. Su agorera premonición
se tradujo en un nudo a la altura de la garganta que amenazaba con
estallar en un llanto infantil, y éste era un lujo que no se
podía permitir después del tiempo que había dedicado
a maquillarse. No obstante, una lágrima a modo de avanzadilla
se escapó de la celda de su lagrimal para dibujar una cicatriz
de rimel en su pómulo derecho que le hizo volver a la realidad.
Le daba miedo su vida, pero no era el momento de ser cobarde. Quizá mañana
empezaría a buscar otro trabajo –o quizá no- pero
esta noche tenía que volver a la calle a recoger la limosna
que ellos le entregaban por robarle parte de su alma en cada encuentro
furtivo en el asiento trasero de un coche o en cualquier descampado
mugriento.
Abrió el cajón de la cómoda que había
bajo el espejo y de él sacó un bote de perfume barato
que acababa de ridiculizar su aspecto de mujer fácil. Apretó sin
elegancia el dosificador, como si estuviera aplastando con sus dedos
un grano adolescente, y pronto se vio envuelta en una nube nauseabunda
que probablemente haría que los clientes se dieran prisa por
acabar. Aquel perfume parecía envolverle en un halo de mediocridad
que justificaba el escaso dinero que pagaban por alquilar su cuerpo
mil veces ultrajado.
Desde el umbral de la puerta miró hacia dentro de la habitación,
como intentando mantener en su retina una imagen acogedora de la misma
y apagó la luz haciendo desaparecer de golpe esta imagen casi
irreal de lo que era su vida. Contigua a la puerta de su habitación,
había otra semientornada y que empujó con delicadeza.
No se permitió encender la luz y pasó de puntillas, como
con miedo a quebrar un suelo de cristal que se esparcía bajo
sus pies o como una bailarina de ballet que volara sobre sus zapatillas
blancas.
Bajo una cama infantil se adivinaba en la oscuridad, como el perfil
de una montaña en un horizonte muy lejano, la figura de su hijo.
Era casi su única razón para vivir y, sobre todo, la
fuerza que le empujaba a abandonar su atropellado modo de vida. Él
llevaba ya al menos un par de horas durmiendo –sus cinco años
de edad le empujaban a su catre bastante antes de lo que empezaba la
noche para su madre- y la habitación sudaba un aroma extremadamente
agradable y dulzón, por lo que ella se detuvo e inhaló con
fuerza con el ánimo de secuestrar aquella fragancia delicada
y penetrante a la vez. Después siguió avanzando hasta
colocarse a la altura de la cama y, durante un segundo, le miró con
ojos desconsolados, como si notara que se estaba perdiendo algo de
la vida del niño. No permitió que este sentimiento la
desbordara y lo rompió súbitamente con un casi inapreciable
movimiento de negación con su cabeza y con un doble pestañeo
que volvió a convertirla en la mujer que era aquella noche.
Ella alargó su mano hasta la altura de la cabeza de su hijo
y atusó suavemente su pelo como de lana intentando no despertarle. Él,
como si notara que un ángel le acompañaba, esbozó una
sonrisa ingenua y siguió durmiendo. La mujer se agachó y
depositó en su frente el último beso que no tenía
precio en aquella noche para, acto seguido, abandonar la habitación
jurándose que sería la última noche.
autor: José Antonio Garrido Cárdenas
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