OBRA: RELATO BREVE
TÍTULO: SIMPLEMENTE AMOR
AUTOR: JOSÉ ANTONIO GARRIDO CÁRDENAS
Sus ojos titilaban amedrentadamente, con ese súbito pudor que
da el hecho de encontrar el amor de tu vida. Estaba sentada en el banco
de al lado, con las manos hechas un ovillo en el regazo de su falda
de pliegues y un casi inapreciable balanceo, con la absurda pretensión
de ahuyentar el frío del mes de diciembre en Madrid. Las hojas
del parque del Retiro, que barrían el suelo con artes de chacha
descuidada, golpeaba con desgana los tobillos enguantados de Sara.
Los calcetines blancos, que apenas se levantaban cinco o diez centímetros
por encima del zapato, no se esforzaban por disimular la belleza impúdica
del pelo virgen cubriendo sus piernas como una gasa de seda.
Juan Carlos la miraba tímidamente mientras acortaba el paso
al caminar por su lado. Su desfile castrista de paso cortado hizo méritos
suficientes para llamar su atención, pero Sara, que cumplía
con escrupuloso rigor las órdenes maternas, aparentaba no hacerle
el más mínimo caso. Él se escondía detrás
de una sonrisa tímida que achinaba más si cabe sus ojos
de almendra.
La brisa fría de la tarde, testigo casual de aquel encuentro,
se arremolinaba en torno a ellos, jugueteando con las hojas caducas
del suelo y sin hacer excesivo ruido por no distraer la atención.
El paseo principal del parque, como en otra tarde cualquiera, empezaba
a despoblarse de sus habitantes furtivos que buscarían otro
rincón más cálido para acabar de ver morir el
sol en aquel mes de diciembre.
Juan Carlos pasó por segunda vez por delante del banco que
la recogía cortésmente y jugó a creerse un Don
Juan . Sus formas, casi caricaturescas, eran torpes como un novio
primerizo –que es lo que él era- y sus maneras, un poco
chulescas, aunque descuidadas, como las del que improvisa por aparentar
lo que no es. Sara parecía estar como ausente, distraída,
aunque sonreía para adentro esforzándose por no mostrar
interés por aquel que la cortejaba.
Los dedos áureos del atardecer acariciaban las nubes medrosas
que desfilaban con una parsimoniosa decrepitud, como una sombra degollada
que se arrastra sin una fuerza que dirija su movimiento. El frío
de aquellas horas enrojecía sus mejillas generosas –las
de los dos-, que sostenían unos ojos achinados. Sus cuerpos
también eran generosos, y parecían cortados con el patrón
del mismo sastre. Sara tenía las pantorrillas opulentas, lascivamente
opulentas para Juan Carlos, aunque éste sólo pudiera
intuirlas bajo aquellas faldas de pliegues que no hacía méritos
por disimular tanta abundancia en la carne.
Sus manos –las de ambos- no fueron diseñadas para tocar
el piano. Tenían los dedos anchos como muñones y su perfil
estaba muy poco definido. Pero sin lugar a dudas, sí que fueron
diseñadas para acariciar, y ahora entendían que lo habían
sido para acariciarse el uno al otro. El síndrome de Down había
dibujado sus rostros y modelado sus cuerpos, pero también los
había dotado de una sensibilidad especial, de una eterna generosidad
y un bondad infinita que estaban dispuestos a derrochar el uno en el
otro.
Ella se hacía la dura (lo había aprendido en tantas
y tantas películas americanas de bajo presupuesto que consumía
indiscriminadamente), mientras él seguía empecinado en
emular a un Clark Gable cualquiera. Cuando el guión parecía
haberlo dictado, él se sentó en el extremo opuesto del
banco que ella ocupaba. Juan Carlos fue recortando la distancia que
los separaba culetazo a culetazo mientras Sara emitía sonrisas
convulsas que se hacían más evidentes cuanto más
cerca estaba él, pero siempre evitando mirarlo, como si el miedo
a quedar convertida en piedra le hiciese evitar los ojos de la medusa. Él
tampoco se atrevía a mirarla directamente. A lo sumo, se asomaba
al rabillo del ojo tras cada movimiento entre felino y reptil para
acercarse a ella.
Cuando la distancia entre ellos ya era lo suficientemente corta, cuando
los cuerpo casi se rozaban, o al menos eso creía Juan Carlos
sentir, él rehizo la compostura y se irguió como una
estatua de piedra para adquirir tal hechura su cuerpo que por primera
vez se sentía orgulloso de sí mismo. Él sabía
que era diferente, y lo supo desde siempre. Todos le habían
hecho sentirse diferente con sus miradas, con sus gestos, con su comentarios
al oído y amortiguados tras la palma de la mano, e incluso a
veces con sus buenas intenciones. Él se sentía diferente
a todos, pero igual a ella. Su boca de caramelo pincelaba aquella cara
tan perfectamente redonda. La sentía más próxima
que la de cualquier otra persona; en sus ojos rajados suavizando el
relieve orondo que conformaban en uno su frente y sus pómulos,
veía sus ojos reflejados; y su nariz chata que se abría
como un tobogán de minúsculas dimensiones era imagen
especular de aquella que él tenía.
Con aires de águila imperial estiró su espalda tanto
como su columna vertebral se lo permitió y fijó su mirada
en un punto infinito trazando una línea imaginaria paralela
al suelo del parque del Retiro.
-¿Cómo te llamas? –le preguntó silabando
cada golpe de voz y sin deshacer aquella postura que empezaba a incomodarle.
-Sara –contestó ella rápidamente casi sin darle
tiempo a que acabara de formular la pregunta, como si llevara toda
la vida esperando oírla.
-¿Cómo has dicho? –dijo Juan Carlos acercando
su oído hacia ella con la intención de no dejar que se
diluyera nuevamente aquel nombre en el aire.
-Sara –volvió a repetir, con más rapidez si cabe.
Esta vez ella pareció incluso subir el tono de su voz, lo que
debió intimidar a Juan Carlos que volvió a ocupar su
posición de esfinge lítica con mirada perdida en el infinito.
Ninguno de los dos se atrevía a romper la magia de aquel momento,
por lo que ella seguía con las manos hechas un ovillo en el
regazo de su falda de pliegues, mientras él apoyaba las suyas,
cada una sobre su rodilla correspondiente. No se cruzaron ni una mirada.
Ni siquiera de reojo eran capaces de allanar la intimidad del otro.
-Yo me llamo Juan Carlos –dijo él, pasado ya un tiempo
y tras advertir que todavía no se lo había dicho.
Ella no manifestó nada; era como si ya lo supiera. Simplemente
emitió un sonido agudo, como de hiena, que Juan Carlos interpretó como
un gesto positivo al que respondió con una sonrisa tímida
y relajando la tensión que empezaba a hacer mella en sus hombros.
Los minutos pasaban, y la tarde no parecía tener la intención
de instalarse sobre ellos, así que la densa oscuridad, como
de sombra, que la noche extendía como una alfombra inmisericorde,
se empezaba a apoderar de los huecos que la luz llenaba cuando empezó el
cortejo. De haber podido hacerlo, habrían pactado con el dios
Cronos unas horas más de atardecer a cambio de la mitad de sus
vidas, pero los últimos rayos de sol se diluían sigilosa
e inexorablemente en la espesura de un cielo plúmbeo.
-Me tengo que ir –dijo Sara cual Cenicienta tras ser consciente
del paso del tiempo.
-¿Vendrás mañana? –le preguntó Juan
Carlos que insistía en su pose de figura de arcilla.
-Sí –dijo ella.
-Vale –concluyó él.
Tácitamente habían quedado para el día siguiente,
y por nada del mundo iban a romper aquel compromiso. Sentían
que parte de ellos había quedado en aquel banco, y volverían
para encontrarlo.
Sara se desvanecía en aquel cuadro que era el parque del Retiro,
con sus andares torpes y desaliñados, cuya frecuencia monocorde
habían hipnotizado a Juan Carlos que era incapaz de apartar
su mirada de ella. Cuando se había alejado lo suficiente, se
volvió para decirle adiós con la mano, a lo que él
respondió con un súbito movimiento de cabeza tras el
cual apartó su mirada de ella e intentó disimular mirando
a cientos de sitios a la vez, como esos pájaros cautivos que
mueven su cuello sin un orden aparente y sin un objetivo claro.
Aquella noche Juan Carlos hubiera vuelto a pactar con cronos, pero
esta vez para que acelerara su marcha y borrara de un plumazo las horas
hasta la tarde siguiente. El tiempo se consumía con desgana
y Juan Carlos era incapaz de pegar un ojo, como si el miedo a no llegar
a tiempo al día siguiente le mantuviera en una vigilia constante
que no tenía visos de abandonarle.
Cada vez que intentaba dormirse, sobre la pantalla que eran el anverso
de sus párpados se proyectaba la imagen seudoonírica
de Sara sentada en aquel banco. Sus manos prietas y bondadosas agarrando
la una a la otra, su media melena cuidadosamente peinada y el dibujo
de su sonrisa arrancada a pequeñas dosis eran un regalo demasiado
preciado de la conciencia como para adentrarse en el palacio de Morfeo.
La tarde siguiente se presentaba apacible. Los tonos claros de azules
que mostraba la acuarela que era el cielo, se alternaban entre sí con
una maestría de obligada naturaleza divina. Juan Carlos sentía
cómo el aire del Retiro era más dulce que de costumbre.
Se había peinado concienzudamente y andaba con garbo caballeresco.
Recorría el paseo principal del parque con una extraña
gallardía que ante los ojos ajenos se presentaba como un ridículo
desfile, pero frente a los que él se mostraba despreocupado.
Se sentó en el banco que el día anterior ejerciera de
cómplice silencioso de su primer encuentro y esperó a
que ella llegara. Las hojas que ayer rebolotearan atolondradamente
empujadas por un brisa pusilánime, hoy descansaban como pequeños
cadáveres cloróticos que multiplicaban la gama de amarillos
y pardos que cubrían el suelo. Juan Carlos, que había
pasado horas y horas sentado en aquel banco o cualquiera de sus hermanos
gemelos, ocupando el tiempo observando el vuelo azaroso de algún
pájaro o recorriendo con su mirada el camino que los peces dibujaban
en el estanque, no encontraba lucro en el tiempo de espera. Creía
intuir la figura de Sara en cualquier muchacha cuyo perfil se dibujara
a lo lejos, ya fuera alta, baja, de edad o apenas una niña.
Su corazón, en virtud de estas alucinaciones, cambiaba de ritmo,
acelerando y desacelerando, como una burra vieja que respondiera a
las órdenes inconstantes de un amo borracho.
Al fin, una de aquellas imágenes, la de andares torpes y desaliñados,
se transformó en Sara. Venía con un jersey de rombos
y unos pantalones vaqueros que se ajustaban a sus pantorrillas opulentas.
Tenía el pelo perfectamente cepillado, y unas tenues bolsitas
bajos sus ojos almendrados -prueba de que a ella también le
había costado dormir- que dulcificaban su rostro de ángel
desterrado del paraíso.
-Hola –dijo al llegar a la altura de Juan Carlos sin la intención
de disimular la alegría que le embriagaba.
-Hola –dijo él más serio, quizá atenazado
por los nervios que se multiplicaban en su cuerpo hasta el punto de
dirigir sus movimientos inconexos que le hacían parecer desprovisto
de cordura.
Sara se sentó a su lado, borrando de un golpe todo el protocolo
de acercamiento. Él se sintió algo tranquilizado al notar
el calor de su cuerpo y se dejó llevar por el momento, pareciendo
recobrar la razón y permitiendo que la calma se adueñara
nuevamente de aquel cuerpo enamorado. Pasaron unos minutos en los que
los dos permanecían en silencio; parecían uno de esos
matrimonios tras cincuenta años casados que con una mirada lo
dicen todo. Ambos estaban atentos a los movimientos del otro, y de
cuando en cuando se cruzaban miradas que al estrellarse a mitad de
camino entre los dos, producían una sonrisa tenue y de complicidad
entre la pareja.
-¿Puedo cogerte la mano? –preguntó Sara.
Juan Carlos no dijo nada, simplemente hizo un movimiento afirmativo
con su cabeza sin ni siquiera dirigirle la mirada. Ella le tomó la
mano, que sudaba exageradamente, y entrelazó sus dedos con los
de él, amalgamando sus falanges con la intención de no
separarlas en la vida. Juan Carlos entendía que era algo más
que sus manos las que se acababan de anudar, y notaba cómo el
alma se le escapaba por los poros de la piel para ir al abordaje de
aquel cuerpo ajeno.
Se sentían extrañamente cómodos ante aquella
situación tan novedosa. Era como si sus vidas los hubiera conducido
irremediablemente hacia aquel momento. Apenas hacía un día
que se conocían, pero tenían la sensación de que
todo lo sucedido hasta entonces cobraba sentido aquella tarde.
La mano derecha de Sara se posaba sobre la izquierda de Juan Carlos,
y él acariciaba, con sus dedos enjaulados, el dorso de los de
ella, centrando el universo en aquellas caricias a espaldas del mundo.
Ahora sus miradas se cruzaban con una frecuencia superior y la complicidad
del silencio crecía por segundos, careciendo de sentido todo
lo ajeno a su pequeño cosmos.
-¿Ya somos novios? –preguntó Juan Carlos.
Sara simplemente sonrió e hizo un gesto ambiguo que permitía
cualquier interpretación posible.
-Entonces, ¿te puedo besar? –volvió a preguntar.
Ella transformó su sonrisa en un semblante de circunstancias
que aunaba miles de sensaciones. Las palabras sobraban, y además,
ninguna de ellas habría sabido decir lo que sus ojos, fulgores
candentes, manaban a borbotones.
Sus labios se fundieron suavemente derramando amor sin mesuras. No
podía haber nadie en este mundo más feliz que ellos,
pues era simplemente amor lo que sentían el uno por el otro,
y dejaron que de sus pies brotaran raíces que los unió para
siempre atados a aquel banco.
autor: José Antonio Garrido Cárdenas
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