La Soledad del Amor
Probablemente seguiría
con vida de no haber sido por aquel famélico borracho que se cruzó
en su camino como un insolente esputo, como una maldición a la que
no supo sobreponerse. Su lengua, entrecortada por el alcohol, desgarraba el
alma de Sofía, remendada ya en más de una ocasión, como
tela de albarda. Sus palabras, multiplicadas por un eco ufano, se perpetuaban
en la cabeza de la joven como el goteo de una estalactita.
Cabeza de niña con disfraz de mujer; cuerpo ceñido a una edad,
dieciocho años, a la que se agarraba con uñas y dientes, pero
que la impertinencia del paso del tiempo se había encargado de manosear
en esas partes a las que sólo los maridos, o los buenos clientes, tienen
acceso y ponen atención. Se negó a crecer dentro de sí,
mientras todo fuera mudaba su piel como despojándose de una memoria
dolorosa de un tiempo al que ella se negaba a mirar a los ojos. Se instaló
en un mundo paralelo desde que lo conoció, y ahora, aquel maldito borracho,
se encargaba de resucitarla para éste, menos moldeable, y en el que
volvía a no ser nadie; a no ser más que “la hija de”,
“la novia de” o “la amiga de”. Le tocaba regresar
a un mundo donde pretendían no fuera dueña de su destino, a
un mundo donde lo lógico no es siempre lo más acertado y donde
la verdad vive en una densa niebla que confunde su contorno.
Pero ya se había cansado de andar por inercia, siguiendo siempre un
mismo camino, como dóciles agujas de reloj. Esta vez le tocaba decidir
a ella, y decidió saltar. Quizá su recuerdo durara apenas lo
que las lágrimas en su memoria, quizá no mereciera más
tiempo que el del ascua tras la llama; en su mundo de visón y bisturí,
donde el recuerdo se convierte en testigo del tiempo, en cómplice del
reloj de arena, los sentimientos ocupan un segundo lugar. Su foto y su epitafio
pagado a granel apenas servirían de excusa para dejar marchitarse una
docena de rojas rosas, si acaso dos veces al año.
No debía hacer más
de una hora que había dejado de llover y lo de fuera, lo de detrás
de la ventana, no parecía mejor que lo que aquella habitación
le había ofrecido toda la tarde, pero era hora de dejar todas sus lágrimas
sobre el edredón descolorido, como todos los que visten cada una de
las camas de los hostales de la Gran Vía, y afrontar la ruidosa soledad
de una ciudad como Madrid.
Ya era casi de noche y la vida había vuelto a aquellas calles tras
la intensa tormenta de verano. Las mismas putas de siempre abandonando los
mismos portales; los mismos yonkis con miradas perdidas a la vez que desafiantes;
los mismos camellos prepotentes convertidos en mercadillos ambulantes. No
le habría resultado difícil pasar desapercibi- da de no haber
sido porque todavía llevaba puesto el traje de novia, aunque ajado
ya en sus bajos, y desprovisto de su blanco original. El maquillaje tampoco
era cumplidor ya de su misión original, y más que disimular
las ojeras de la noche anterior, el rimel, disperso por las lágrimas
y el sudor, parecía expandirlas a lo largo de todo el pómulo,
dibujando un surco descendente que casi llegaba a la comisura de sus labios
de perfil perdido.
Era consciente de que todos, o casi todos, la estarían buscando por
Madrid. Seguramente a la histérica de su madre le habría dado
uno de sus ataques y habría vuelto a convertirse en víctima,
algo que sabía hacer muy bien y que su padre siempre odió mientras
estuvieron juntos. Todos la buscarían, aunque a nadie, salvo a Mario
y a su amiga Clara se les podría ocurrir el tipo de antro en el que
se había refugiado, pero eran ellos, precisamente, los que menos interés
podían tener en encontrarla.
Poco le importaba lo que los demás pudieran estar pasando, como a pocos
les importó lo que ella había previsto que pasaría. Ahora
era tarde ya para lamentaciones, y lo que menos le apetecía era encontrarse
con alguien que la conociera, con alguien que supiera en lo que se había
convertido. De poco les había servido a ella y a Clara sus años
con los Salesianos y sus veranos en Londres. Todo aquello apenas había
dejado huella en unas niñas de clase alta demasiado acostumbradas a
tenerlo todo con suma facilidad.
Ni siquiera al regazo de la última raya de coca encontraba consuelo
ni olvido. El efecto de aquel “polvo mágico” ya no era
el mismo que el que provocaba en esa niña inocente de diecisiete años
que aún vestía uniforme a cuadros del instituto y que afeaba
su sonrisa con un exagerado corrector dental. Ya no podía pasar más
de dos días sin meterse por la nariz el sumidero de sus ahorros, esa
droga que conoció en el cuarto de baño de un pijo local gay
y que se había convertido en su compañera de peregrinaje.
Las calles de Madrid, vertedero de historias anacrónicas, recogían
su llanto infantil, bajo una canción de cuna, que sonaba siempre a
lo mismo. La sombra del pasado precedía cada uno de sus pasos, en la
oscuridad de la gran ciudad, confundiendo ilusión con realidad y memoria
con razón. El bullicio de la rutina no acallaba a los fantasmas de
su cabeza, es más, parecía querer decir lo que éstos
no sabían expresar. Como pusilánime rompeolas, recibía
embestidas de transeúntes embutidos cada uno en su propia historia,
demasiado preocupados por su fútil quehacer como para caer en la cuenta
de problemas ajenos.
Los zapatos de tacón, como carmín de labios recién pintados,
dejaban una marca rojiza allí donde tocaban. Sus pies eran menudos
y blandos, con las uñas pintadas color marfil, a juego con su ropa
interior como parte más del atrezzo del decorado pasivo de una obra
por inventar. Las rozaduras en los talones le hacían dibujar un andar
desaliñado que huía de la linealidad; un andar anárquico
enmascarado en el gentío por fintas a la marea humana que parecía
haber escapado del calor de sus céntricos pisos, tras la copiosa tormenta,
como inocentes caracoles que desconocen su destino. Tenía la sensación
de que todo Madrid se concentraba en la Gran Vía: chinos vendiendo
bocadillos; alemanes con sandalias; japoneses escondidos tras una polaroid;
vagabundos; ejecutivos..., todos parecían querer refugiarse al abrigo
de cinco millones de personas para olvidar su soledad. Vidas que transcurren
por un ramificado camino sinuoso sin un fin concreto y con demasiados puntos
intermedios.
Al salir del portal una bofetada poluta de un ambiente bochornosamente húmedo
golpeó en su rostro haciendo aparecer, en su labio superior, unas gotitas
de sudor que, a poco que descendieran, no ayudarían mucho a olvidar
el regusto amargo de sus propias lágrimas, aquellas que derramara durante
toda la tarde. El color ocre del atardecer madrileño y la presencia
de unos negros nubarrones, que huían sigilosamente del centro de la
ciudad, daban un aspecto angustioso al andar lúgubre de aquella gente,
que parecía huir aterrada de su propio destino.
Mientras caminaba, las palabras de su madre el día de antes golpeaban
una y otra vez en su conciencia: “Seguramente sólo buscaba lo
que tú no supiste darle. Te dije que con los hombres tienes que ser
una puta en la cama, y una señora fuera de ella”. “Y no
se te vaya a ocurrir hacer ninguna tontería; mañana te casas
como Dios manda”. “No quiero ni pensarlo; seríamos el hazmerreír
de todo Madrid”. Su primera actitud, sumisa, sólo respondía
a la deuda que Sofía creía haber contraído con la encargada
de sufragar todos sus caprichos. El ser hija única, o quizá
el hecho de la separación de sus padres, hicieron que “la señora
Ana” siempre le consintiera y, para suerte de Sofía, le pagara
todos sus gastos, que no eran pocos, entre viajes, zapatos y vicios. Ella
pensaba que llegaría el día en que su madre se lo echara todo
en cara, pero nunca pensó que no sería sino su conciencia, hasta
ahora aletargada, y además tan pronto, quien viniera a ajustar cuentas.
Su andar por la Gran Vía, como de zombi, pronto se topó con
una excursión de japoneses organizada por, lo que allí debe
ser, algo así como el INSERSO, ya que ninguno de ellos debería
estar por debajo de la barrera que delimita lo que llaman tercera edad. Cámara
en mano, como audaces reporteros al acecho, y una eterna sonrisa dibujada
en sus caras que hacía que la abertura de los ojos pareciera más
estrecha si cabe, debieron confundir a Sofía con la protagonista de
alguna atracción incluida en la tarifa, exagerada tarifa, de la excursión,
ya que empezaron a descargar sus flashes contra la joven, que cuanto más
gritaba y les insultaba, más atención parecía recibir
de su interesado público. “Putos chinos de mierda. Iros a tomar
por culo”. Los atentos orientales, en cuyo viaje no debía ir
incluido ningún cursillo rápido de español, no parecían
entender nada de lo que Sofía les decía ya que se negaban a
abandonar su actitud de paparazzi. Aquel patético espectáculo,
permitido y fomentado por el guía, no duró más de medio
minuto, pero fue suficiente para acrecentar, de forma exponencial, la humillación
dentro de Sofía.
La ausencia de rumbo y el perfecto conocimiento de aquellas calles le permitían
desviar su atención por momentos y repetir unos versos de “Queda
prohibido”, un poema de Pablo Neruda que su padre le recitaba cuando
ella era niña:
“Queda prohibido llorar
sin aprender,
levantarte un día sin saber qué hacer,
tener miedo a tus recuerdos”
...
Ella había estado
toda la tarde llorando y no creía haber aprendido nada; aquellas lágrimas,
que para el poeta debían ser como libros de todo conocimiento, no habían
sido para ella sino folios en blanco. Por supuesto que se había levantado
sin saber qué hacer, llevaba días sin saber qué hacer;
o defraudar a su madre o defraudarse a sí misma; o cerrar los ojos
y hacer como si no hubiera pasado nada o perder a los pocos amigos que le
quedaban; o ser rebelde, como siempre había reivindicado, o ser sumisa,
como siempre le habían exigido. Y por último, no había
nada que le aterrara tanto como sus recuerdos; sus recuerdos iban a hipotecar
su futuro (si es que lo tenía) y sentía que no podía
hacer nada. Sus recuerdos, como un denso gas fétido, inundaba todos
sus sentidos y la ahogaban en su soledad.
“...Queda prohibido
no luchar por lo que quieres,
abandonarlo todo por miedo,
no creer en Dios,
tener miedo a la vida”
Estaba perdidamente enamorada y no había sabido luchar. Por una vez
en la vida alguien, además de sí misma, había ocupado
su corazón, y ya nunca lo desocuparía. Pero ella lo había
abandonado todo por miedo. Por miedo de no estar a la altura; por miedo a
enamorarse y luego quedarse sola, como se había quedado su madre cuando
su padre la abandonó por una mujer quince años más joven
que ella; por miedo a que la vida, como un estúpido frontón,
le devolviera lo que ella le había dado. Aquel Dios del que su madre
le hablaba, como un justiciero indómito, y en el que ella misma había
creído sin cuestionárselo en lo más mínimo hasta
su pubertad, no era el mismo dios en el que, desde entonces, creía.
“El de ahora” no era todopoderoso (de serlo no permitiría
ciertas cosas que pasan con demasiada frecuencia), ni tenía rasgos
occidentales, ni disfrazaba de lujo e hipocresía a tantos de sus representantes,
pero tenía algo en común con el Dios de su madre, y es que a
ambos sólo acudían para pedir favores. Sofía nunca tuvo
muy claro que esto sirviera de algo y últimamente había dejado
secar el pozo de su fe, del que tantas veces bebió. La vida le daba
miedo, mucho miedo. Miedo al paso del tiempo, que le había aterrado
desde siempre (mientras sus amigas se maquillaban para parecer mayores, ella
ensayaba gestos que dulcificaran su rostro y la hicieran parecer menor); miedo
a vivir y morir sola, sin haber hecho apenas ruido como el árbol que
cae en mitad del monte; y sobre todo, miedo a sí misma, a no poder
romper con su pasado, a ser arrollada continuamente por sus recuerdos, a arrastrar
el lastre de su memoria. Su miedo se había hecho tan fuerte que le
impedía percibir nada de fuera de sí, y su paso autómata
se aceleraba como empujado por una fuerza interior que la arrastraba a ninguna
parte.
La llegada de la noche, como una visita inoportuna, era ya inminente, y nada
parecía haber mejorado desde que decidiera dejar a su madre y a su
novio con todos los invitados. De pronto aparecieron frente a ella tres jóvenes
exageradamente contentos, como si fueran el poso de una fiesta que hubiera
empezado días atrás. Sus insultantes carcajadas desencajaban
las mandíbulas de los jóvenes que, extrañamente, no parecían
haber reparado en la presencia de Sofía. Justo al pasar por su lado,
uno de los empujones (o abrazos), que gustosamente se repartían, acabaron
con ella por el suelo, terminando así de percudir el exiguo blanco
del vestido. Entre mofa y mofa, no dejaron que nadie se acercara a Sofía,
y fueron ellos mismos los que le ayudaron a levantarse. Uno la agarró
por el brazo derecho, mientras que los otros dos se encaramaron a su brazo
izquierdo, donde Sofía llevaba un reloj de oro que su padre le regalara
cuando cumplió los dieciséis años y que suponía
“lo viejo” que debía llevar. No supo cuál ni en
qué momento, pero uno empezó a manosearle el trasero, por encima
del vestido, aprovechándose de su posición de superioridad,
a lo que ella contestó con un brusco movimiento con el objetivo de
zafarse de ellos, pero veinte manos parecían tocarle todo el cuerpo,
mientras ellos seguían riendo.
En apenas unos segundos, siguieron su camino, confundiéndose con la
espesura de la gente mientras continuaban desprendiéndose de risas
y empujones, en perjuicio de sus compañeros. Cuando Sofía se
dio cuenta, sus muñecas estaban tan desnudas como su alma, pero era
demasiado tarde ya como para correr tras los jóvenes que le habían
despojado de casi el único recuerdo agradable que le quedaba. Y aunque
corriera tras de ellos y los alcanzara, ¿qué haría después?,
era un David desarmado frente a aquellos tres Goliat. Ni siquiera intentó
gritar ni llorar; no tenía fuerzas ni ganas. Simplemente se resignó
a un destino que había señalado aquel día como su último
día, un destino que se negó a concederle ni un solo segundo
placentero, un destino marchito que le daba la espalda.
Sofía se limitó a cerrar los ojos, como evadiéndose de
una asquerosa realidad con la que no tenía ánimo para enfrentarse.
Cerró los ojos sumiéndose en un letargo gordal que apenas duró
unos segundos, y del que se vio súbitamente desprovista por un nuevo
empujón, esta vez sí, sin ninguna mala intención. “Lo
siento”, le dijo una dulce anciana que paseaba a su perrito, ridículamente
vestido.
Se encontraba a unos metros de la plaza de Callao, donde las bolsas del Corte
Inglés se mezclan con los cartones que a modo de sábanas amontonan
varios indigentes, que hacen de ésta su residencia habitual, cuando
Sofía, que andaba sólo por inercia, estuvo a punto de pasar
por encima de uno de estos montones de cartones que abrigaban a un escuálido
borracho.
-¡Eh...! Cuidado por donde pisas. –Dijo una voz ronca desprendida
de aquella caverna artificial.
-Lo siento. –Contestó Sofía con un hilito de voz inundado
aún por las lágrimas y que apenas se hacía notar fuera
del cuerpo de la joven, que no hacía más que compadecerse de
sí misma.
-Que poco trabajo os cuesta pasar por encima de los que no tenemos nada. –Volvió
a replicar el borracho harapiento, desentendiendo la disculpa de Sofía.
-Ya le he dicho que lo siento.
-El hombre al que el dolor no educó, siempre será un niño.
–Farfulló entre dientes el borracho.
-¿Qué quiere decir?
-Que los niños mimados, esos que tenéis todo desde el mismo
momento en que venís a este asqueroso mundo, siempre seguiréis
siendo eso, niños mimados. –Decía el borracho con una
mirada insomne perdida en un imaginario horizonte infinito. –La importancia
de las personas no se mide por lo llenos que estén sus bolsillos, y
los problemas del pobre, no duelen menos que los del rico, aunque a los de
éstos se les dé mucho más valor porque sus lágrimas
hacen más ruido.
-Yo sí que tengo auténticos problemas. ¿Qué sabrá
usted? –Dijo la joven con un tono despectivo hacia quien le hablaba
desde el suelo con los pies descalzos y el pecho desnudo, ahogado en un hedor
etílico que delimitaba su territorio.
-Ninguno cuya solución no puedas comprar con el dinero de tus padres.
-Hay cosas que no se pueden comprar con dinero.
-¿Y me lo dices tú? –Concluyó el borracho mientras
volvía a recostarse en su cama de cartón, con una botella de
vino apretada contra el pecho, como abraza un niño su peluche en noches
de tormenta.
Sofía siguió con su torpe caminar por la plaza de Callao mientras
reparaba en lo que aquel borracho le había dicho, ya no sólo
con sus palabras, sino con su desprecio, con su soberbia actitud, con su ejemplo.
La soledad, indolente en apariencia para aquel personaje, se convertía
en enfermiza para la joven; su tremenda pasividad frente al bullicio de un
día cualquiera le daban al borracho, o al menos así lo pensaba,
la libertad de emitir tan crueles juicios a cualquiera que tuviera un segundo
para escucharlos. Palabras tan poco reposadas en la cabeza, escupidas directamente
desde el estómago, con el permiso que para esto concede el vino, martilleaban
en la razón de Sofía, especialmente susceptible, causando un
enorme estropicio en la sutil cordura de la joven. En su cabeza, como caja
de Pandora, no parecía haber ni la más mínima concesión
a la piedad, ni consigo ni con los demás. El mundo se había
convertido, de la noche a la mañana, en un lugar demasiado hostil para
vivir, y sus habitantes, en crueles reptiles deseosos de enrollar sus vipéreos
cuerpos al cuello del cisne que exhala su último aliento.
Un vaho inmundicio, emanado por la boca del metro, parecía guiar a
Sofía a su fatal desenlace, marcándole el paso lento que le
adentraba en aquel túnel sin salida. El aire se hacía irrespirable,
más aún de lo que ya lo era fuera, y el bullicio multiplicado
de tanta y tanta gente inmersa en su propio mundo, se confundía con
el estruendo de los vagones arrollando a los raíles y el monótono
funcionamiento de las escaleras mecánicas.
Un reloj sujeto del cielo, marcando un minuto como tiempo de espera para el
próximo tren, parecía dictar la cuenta atrás en la vida
de Sofía. Conforme pasaban los segundos, el andén se iba llenando
de gente, pero ella se sentía cada vez más sola; voces mezcladas
consagrando problemas rutinarios, se hacían sordas al salir de los
mímicos gestos de las bocas de tanta gente. Dos luces, que se dibujaron
de la nada en el túnel por donde debía venir el tren, se hacían
por segundos más grandes, como la ansiedad en Sofía y el desprecio
por su propia vida.
El estruendo del tren acababa de irrumpir en la estación, y en apenas
un par de segundos llegaría éste a donde se encontraba Sofía;
en la mitad de este tiempo, pasaron por la cabeza de la joven las voces de
su madre, de su padre, de su novio, de Clara y de otras muchas personas. Estúpidos
consejos vitales, voces manchadas de autoritarismo que le repetían
una y otra vez lo que debía de hacer, palabras disfrazadas de consuelo
para la inseguridad de Sofía, repetidos intentos por gobernar su vida;
pero esta vez le tocaba decidir a ella, y decidió saltar.
El golpe apenas hizo ruido (o se vio escondido por otros ruidos mayores, como
todo en su vida), pero fue definitivo. Su cuerpo apenas se resumía
en una mancha inerte que estuvo en aquella estación hasta que llegó
el juez. Al día siguiente todo volvió a la normalidad en la
vida de la estación; volvió su bullicio y sus monótonos
sonidos mecánicos. Nada había cambiado, salvo que Sofía,
por fin, había decidido por sí misma; esta vez le tocaba decidir
a ella, y decidió saltar.
más
del mismo autor, seguir la flecha