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Almería | JOSÉ ANTONIO GARRIDO CÁRDENAS

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La Soledad del Amor

Probablemente seguiría con vida de no haber sido por aquel famélico borracho que se cruzó en su camino como un insolente esputo, como una maldición a la que no supo sobreponerse. Su lengua, entrecortada por el alcohol, desgarraba el alma de Sofía, remendada ya en más de una ocasión, como tela de albarda. Sus palabras, multiplicadas por un eco ufano, se perpetuaban en la cabeza de la joven como el goteo de una estalactita.
Cabeza de niña con disfraz de mujer; cuerpo ceñido a una edad, dieciocho años, a la que se agarraba con uñas y dientes, pero que la impertinencia del paso del tiempo se había encargado de manosear en esas partes a las que sólo los maridos, o los buenos clientes, tienen acceso y ponen atención. Se negó a crecer dentro de sí, mientras todo fuera mudaba su piel como despojándose de una memoria dolorosa de un tiempo al que ella se negaba a mirar a los ojos. Se instaló en un mundo paralelo desde que lo conoció, y ahora, aquel maldito borracho, se encargaba de resucitarla para éste, menos moldeable, y en el que volvía a no ser nadie; a no ser más que “la hija de”, “la novia de” o “la amiga de”. Le tocaba regresar a un mundo donde pretendían no fuera dueña de su destino, a un mundo donde lo lógico no es siempre lo más acertado y donde la verdad vive en una densa niebla que confunde su contorno.
Pero ya se había cansado de andar por inercia, siguiendo siempre un mismo camino, como dóciles agujas de reloj. Esta vez le tocaba decidir a ella, y decidió saltar. Quizá su recuerdo durara apenas lo que las lágrimas en su memoria, quizá no mereciera más tiempo que el del ascua tras la llama; en su mundo de visón y bisturí, donde el recuerdo se convierte en testigo del tiempo, en cómplice del reloj de arena, los sentimientos ocupan un segundo lugar. Su foto y su epitafio pagado a granel apenas servirían de excusa para dejar marchitarse una docena de rojas rosas, si acaso dos veces al año.

No debía hacer más de una hora que había dejado de llover y lo de fuera, lo de detrás de la ventana, no parecía mejor que lo que aquella habitación le había ofrecido toda la tarde, pero era hora de dejar todas sus lágrimas sobre el edredón descolorido, como todos los que visten cada una de las camas de los hostales de la Gran Vía, y afrontar la ruidosa soledad de una ciudad como Madrid.
Ya era casi de noche y la vida había vuelto a aquellas calles tras la intensa tormenta de verano. Las mismas putas de siempre abandonando los mismos portales; los mismos yonkis con miradas perdidas a la vez que desafiantes; los mismos camellos prepotentes convertidos en mercadillos ambulantes. No le habría resultado difícil pasar desapercibi- da de no haber sido porque todavía llevaba puesto el traje de novia, aunque ajado ya en sus bajos, y desprovisto de su blanco original. El maquillaje tampoco era cumplidor ya de su misión original, y más que disimular las ojeras de la noche anterior, el rimel, disperso por las lágrimas y el sudor, parecía expandirlas a lo largo de todo el pómulo, dibujando un surco descendente que casi llegaba a la comisura de sus labios de perfil perdido.
Era consciente de que todos, o casi todos, la estarían buscando por Madrid. Seguramente a la histérica de su madre le habría dado uno de sus ataques y habría vuelto a convertirse en víctima, algo que sabía hacer muy bien y que su padre siempre odió mientras estuvieron juntos. Todos la buscarían, aunque a nadie, salvo a Mario y a su amiga Clara se les podría ocurrir el tipo de antro en el que se había refugiado, pero eran ellos, precisamente, los que menos interés podían tener en encontrarla.
Poco le importaba lo que los demás pudieran estar pasando, como a pocos les importó lo que ella había previsto que pasaría. Ahora era tarde ya para lamentaciones, y lo que menos le apetecía era encontrarse con alguien que la conociera, con alguien que supiera en lo que se había convertido. De poco les había servido a ella y a Clara sus años con los Salesianos y sus veranos en Londres. Todo aquello apenas había dejado huella en unas niñas de clase alta demasiado acostumbradas a tenerlo todo con suma facilidad.
Ni siquiera al regazo de la última raya de coca encontraba consuelo ni olvido. El efecto de aquel “polvo mágico” ya no era el mismo que el que provocaba en esa niña inocente de diecisiete años que aún vestía uniforme a cuadros del instituto y que afeaba su sonrisa con un exagerado corrector dental. Ya no podía pasar más de dos días sin meterse por la nariz el sumidero de sus ahorros, esa droga que conoció en el cuarto de baño de un pijo local gay y que se había convertido en su compañera de peregrinaje.
Las calles de Madrid, vertedero de historias anacrónicas, recogían su llanto infantil, bajo una canción de cuna, que sonaba siempre a lo mismo. La sombra del pasado precedía cada uno de sus pasos, en la oscuridad de la gran ciudad, confundiendo ilusión con realidad y memoria con razón. El bullicio de la rutina no acallaba a los fantasmas de su cabeza, es más, parecía querer decir lo que éstos no sabían expresar. Como pusilánime rompeolas, recibía embestidas de transeúntes embutidos cada uno en su propia historia, demasiado preocupados por su fútil quehacer como para caer en la cuenta de problemas ajenos.
Los zapatos de tacón, como carmín de labios recién pintados, dejaban una marca rojiza allí donde tocaban. Sus pies eran menudos y blandos, con las uñas pintadas color marfil, a juego con su ropa interior como parte más del atrezzo del decorado pasivo de una obra por inventar. Las rozaduras en los talones le hacían dibujar un andar desaliñado que huía de la linealidad; un andar anárquico enmascarado en el gentío por fintas a la marea humana que parecía haber escapado del calor de sus céntricos pisos, tras la copiosa tormenta, como inocentes caracoles que desconocen su destino. Tenía la sensación de que todo Madrid se concentraba en la Gran Vía: chinos vendiendo bocadillos; alemanes con sandalias; japoneses escondidos tras una polaroid; vagabundos; ejecutivos..., todos parecían querer refugiarse al abrigo de cinco millones de personas para olvidar su soledad. Vidas que transcurren por un ramificado camino sinuoso sin un fin concreto y con demasiados puntos intermedios.
Al salir del portal una bofetada poluta de un ambiente bochornosamente húmedo golpeó en su rostro haciendo aparecer, en su labio superior, unas gotitas de sudor que, a poco que descendieran, no ayudarían mucho a olvidar el regusto amargo de sus propias lágrimas, aquellas que derramara durante toda la tarde. El color ocre del atardecer madrileño y la presencia de unos negros nubarrones, que huían sigilosamente del centro de la ciudad, daban un aspecto angustioso al andar lúgubre de aquella gente, que parecía huir aterrada de su propio destino.
Mientras caminaba, las palabras de su madre el día de antes golpeaban una y otra vez en su conciencia: “Seguramente sólo buscaba lo que tú no supiste darle. Te dije que con los hombres tienes que ser una puta en la cama, y una señora fuera de ella”. “Y no se te vaya a ocurrir hacer ninguna tontería; mañana te casas como Dios manda”. “No quiero ni pensarlo; seríamos el hazmerreír de todo Madrid”. Su primera actitud, sumisa, sólo respondía a la deuda que Sofía creía haber contraído con la encargada de sufragar todos sus caprichos. El ser hija única, o quizá el hecho de la separación de sus padres, hicieron que “la señora Ana” siempre le consintiera y, para suerte de Sofía, le pagara todos sus gastos, que no eran pocos, entre viajes, zapatos y vicios. Ella pensaba que llegaría el día en que su madre se lo echara todo en cara, pero nunca pensó que no sería sino su conciencia, hasta ahora aletargada, y además tan pronto, quien viniera a ajustar cuentas.
Su andar por la Gran Vía, como de zombi, pronto se topó con una excursión de japoneses organizada por, lo que allí debe ser, algo así como el INSERSO, ya que ninguno de ellos debería estar por debajo de la barrera que delimita lo que llaman tercera edad. Cámara en mano, como audaces reporteros al acecho, y una eterna sonrisa dibujada en sus caras que hacía que la abertura de los ojos pareciera más estrecha si cabe, debieron confundir a Sofía con la protagonista de alguna atracción incluida en la tarifa, exagerada tarifa, de la excursión, ya que empezaron a descargar sus flashes contra la joven, que cuanto más gritaba y les insultaba, más atención parecía recibir de su interesado público. “Putos chinos de mierda. Iros a tomar por culo”. Los atentos orientales, en cuyo viaje no debía ir incluido ningún cursillo rápido de español, no parecían entender nada de lo que Sofía les decía ya que se negaban a abandonar su actitud de paparazzi. Aquel patético espectáculo, permitido y fomentado por el guía, no duró más de medio minuto, pero fue suficiente para acrecentar, de forma exponencial, la humillación dentro de Sofía.
La ausencia de rumbo y el perfecto conocimiento de aquellas calles le permitían desviar su atención por momentos y repetir unos versos de “Queda prohibido”, un poema de Pablo Neruda que su padre le recitaba cuando ella era niña:

“Queda prohibido llorar sin aprender,
levantarte un día sin saber qué hacer,
tener miedo a tus recuerdos”
...

Ella había estado toda la tarde llorando y no creía haber aprendido nada; aquellas lágrimas, que para el poeta debían ser como libros de todo conocimiento, no habían sido para ella sino folios en blanco. Por supuesto que se había levantado sin saber qué hacer, llevaba días sin saber qué hacer; o defraudar a su madre o defraudarse a sí misma; o cerrar los ojos y hacer como si no hubiera pasado nada o perder a los pocos amigos que le quedaban; o ser rebelde, como siempre había reivindicado, o ser sumisa, como siempre le habían exigido. Y por último, no había nada que le aterrara tanto como sus recuerdos; sus recuerdos iban a hipotecar su futuro (si es que lo tenía) y sentía que no podía hacer nada. Sus recuerdos, como un denso gas fétido, inundaba todos sus sentidos y la ahogaban en su soledad.

“...Queda prohibido no luchar por lo que quieres,
abandonarlo todo por miedo,
no creer en Dios,
tener miedo a la vida”
Estaba perdidamente enamorada y no había sabido luchar. Por una vez en la vida alguien, además de sí misma, había ocupado su corazón, y ya nunca lo desocuparía. Pero ella lo había abandonado todo por miedo. Por miedo de no estar a la altura; por miedo a enamorarse y luego quedarse sola, como se había quedado su madre cuando su padre la abandonó por una mujer quince años más joven que ella; por miedo a que la vida, como un estúpido frontón, le devolviera lo que ella le había dado. Aquel Dios del que su madre le hablaba, como un justiciero indómito, y en el que ella misma había creído sin cuestionárselo en lo más mínimo hasta su pubertad, no era el mismo dios en el que, desde entonces, creía. “El de ahora” no era todopoderoso (de serlo no permitiría ciertas cosas que pasan con demasiada frecuencia), ni tenía rasgos occidentales, ni disfrazaba de lujo e hipocresía a tantos de sus representantes, pero tenía algo en común con el Dios de su madre, y es que a ambos sólo acudían para pedir favores. Sofía nunca tuvo muy claro que esto sirviera de algo y últimamente había dejado secar el pozo de su fe, del que tantas veces bebió. La vida le daba miedo, mucho miedo. Miedo al paso del tiempo, que le había aterrado desde siempre (mientras sus amigas se maquillaban para parecer mayores, ella ensayaba gestos que dulcificaran su rostro y la hicieran parecer menor); miedo a vivir y morir sola, sin haber hecho apenas ruido como el árbol que cae en mitad del monte; y sobre todo, miedo a sí misma, a no poder romper con su pasado, a ser arrollada continuamente por sus recuerdos, a arrastrar el lastre de su memoria. Su miedo se había hecho tan fuerte que le impedía percibir nada de fuera de sí, y su paso autómata se aceleraba como empujado por una fuerza interior que la arrastraba a ninguna parte.
La llegada de la noche, como una visita inoportuna, era ya inminente, y nada parecía haber mejorado desde que decidiera dejar a su madre y a su novio con todos los invitados. De pronto aparecieron frente a ella tres jóvenes exageradamente contentos, como si fueran el poso de una fiesta que hubiera empezado días atrás. Sus insultantes carcajadas desencajaban las mandíbulas de los jóvenes que, extrañamente, no parecían haber reparado en la presencia de Sofía. Justo al pasar por su lado, uno de los empujones (o abrazos), que gustosamente se repartían, acabaron con ella por el suelo, terminando así de percudir el exiguo blanco del vestido. Entre mofa y mofa, no dejaron que nadie se acercara a Sofía, y fueron ellos mismos los que le ayudaron a levantarse. Uno la agarró por el brazo derecho, mientras que los otros dos se encaramaron a su brazo izquierdo, donde Sofía llevaba un reloj de oro que su padre le regalara cuando cumplió los dieciséis años y que suponía “lo viejo” que debía llevar. No supo cuál ni en qué momento, pero uno empezó a manosearle el trasero, por encima del vestido, aprovechándose de su posición de superioridad, a lo que ella contestó con un brusco movimiento con el objetivo de zafarse de ellos, pero veinte manos parecían tocarle todo el cuerpo, mientras ellos seguían riendo.
En apenas unos segundos, siguieron su camino, confundiéndose con la espesura de la gente mientras continuaban desprendiéndose de risas y empujones, en perjuicio de sus compañeros. Cuando Sofía se dio cuenta, sus muñecas estaban tan desnudas como su alma, pero era demasiado tarde ya como para correr tras los jóvenes que le habían despojado de casi el único recuerdo agradable que le quedaba. Y aunque corriera tras de ellos y los alcanzara, ¿qué haría después?, era un David desarmado frente a aquellos tres Goliat. Ni siquiera intentó gritar ni llorar; no tenía fuerzas ni ganas. Simplemente se resignó a un destino que había señalado aquel día como su último día, un destino que se negó a concederle ni un solo segundo placentero, un destino marchito que le daba la espalda.
Sofía se limitó a cerrar los ojos, como evadiéndose de una asquerosa realidad con la que no tenía ánimo para enfrentarse. Cerró los ojos sumiéndose en un letargo gordal que apenas duró unos segundos, y del que se vio súbitamente desprovista por un nuevo empujón, esta vez sí, sin ninguna mala intención. “Lo siento”, le dijo una dulce anciana que paseaba a su perrito, ridículamente vestido.
Se encontraba a unos metros de la plaza de Callao, donde las bolsas del Corte Inglés se mezclan con los cartones que a modo de sábanas amontonan varios indigentes, que hacen de ésta su residencia habitual, cuando Sofía, que andaba sólo por inercia, estuvo a punto de pasar por encima de uno de estos montones de cartones que abrigaban a un escuálido borracho.
-¡Eh...! Cuidado por donde pisas. –Dijo una voz ronca desprendida de aquella caverna artificial.
-Lo siento. –Contestó Sofía con un hilito de voz inundado aún por las lágrimas y que apenas se hacía notar fuera del cuerpo de la joven, que no hacía más que compadecerse de sí misma.
-Que poco trabajo os cuesta pasar por encima de los que no tenemos nada. –Volvió a replicar el borracho harapiento, desentendiendo la disculpa de Sofía.
-Ya le he dicho que lo siento.
-El hombre al que el dolor no educó, siempre será un niño. –Farfulló entre dientes el borracho.
-¿Qué quiere decir?
-Que los niños mimados, esos que tenéis todo desde el mismo momento en que venís a este asqueroso mundo, siempre seguiréis siendo eso, niños mimados. –Decía el borracho con una mirada insomne perdida en un imaginario horizonte infinito. –La importancia de las personas no se mide por lo llenos que estén sus bolsillos, y los problemas del pobre, no duelen menos que los del rico, aunque a los de éstos se les dé mucho más valor porque sus lágrimas hacen más ruido.
-Yo sí que tengo auténticos problemas. ¿Qué sabrá usted? –Dijo la joven con un tono despectivo hacia quien le hablaba desde el suelo con los pies descalzos y el pecho desnudo, ahogado en un hedor etílico que delimitaba su territorio.
-Ninguno cuya solución no puedas comprar con el dinero de tus padres.
-Hay cosas que no se pueden comprar con dinero.
-¿Y me lo dices tú? –Concluyó el borracho mientras volvía a recostarse en su cama de cartón, con una botella de vino apretada contra el pecho, como abraza un niño su peluche en noches de tormenta.
Sofía siguió con su torpe caminar por la plaza de Callao mientras reparaba en lo que aquel borracho le había dicho, ya no sólo con sus palabras, sino con su desprecio, con su soberbia actitud, con su ejemplo. La soledad, indolente en apariencia para aquel personaje, se convertía en enfermiza para la joven; su tremenda pasividad frente al bullicio de un día cualquiera le daban al borracho, o al menos así lo pensaba, la libertad de emitir tan crueles juicios a cualquiera que tuviera un segundo para escucharlos. Palabras tan poco reposadas en la cabeza, escupidas directamente desde el estómago, con el permiso que para esto concede el vino, martilleaban en la razón de Sofía, especialmente susceptible, causando un enorme estropicio en la sutil cordura de la joven. En su cabeza, como caja de Pandora, no parecía haber ni la más mínima concesión a la piedad, ni consigo ni con los demás. El mundo se había convertido, de la noche a la mañana, en un lugar demasiado hostil para vivir, y sus habitantes, en crueles reptiles deseosos de enrollar sus vipéreos cuerpos al cuello del cisne que exhala su último aliento.
Un vaho inmundicio, emanado por la boca del metro, parecía guiar a Sofía a su fatal desenlace, marcándole el paso lento que le adentraba en aquel túnel sin salida. El aire se hacía irrespirable, más aún de lo que ya lo era fuera, y el bullicio multiplicado de tanta y tanta gente inmersa en su propio mundo, se confundía con el estruendo de los vagones arrollando a los raíles y el monótono funcionamiento de las escaleras mecánicas.
Un reloj sujeto del cielo, marcando un minuto como tiempo de espera para el próximo tren, parecía dictar la cuenta atrás en la vida de Sofía. Conforme pasaban los segundos, el andén se iba llenando de gente, pero ella se sentía cada vez más sola; voces mezcladas consagrando problemas rutinarios, se hacían sordas al salir de los mímicos gestos de las bocas de tanta gente. Dos luces, que se dibujaron de la nada en el túnel por donde debía venir el tren, se hacían por segundos más grandes, como la ansiedad en Sofía y el desprecio por su propia vida.
El estruendo del tren acababa de irrumpir en la estación, y en apenas un par de segundos llegaría éste a donde se encontraba Sofía; en la mitad de este tiempo, pasaron por la cabeza de la joven las voces de su madre, de su padre, de su novio, de Clara y de otras muchas personas. Estúpidos consejos vitales, voces manchadas de autoritarismo que le repetían una y otra vez lo que debía de hacer, palabras disfrazadas de consuelo para la inseguridad de Sofía, repetidos intentos por gobernar su vida; pero esta vez le tocaba decidir a ella, y decidió saltar.
El golpe apenas hizo ruido (o se vio escondido por otros ruidos mayores, como todo en su vida), pero fue definitivo. Su cuerpo apenas se resumía en una mancha inerte que estuvo en aquella estación hasta que llegó el juez. Al día siguiente todo volvió a la normalidad en la vida de la estación; volvió su bullicio y sus monótonos sonidos mecánicos. Nada había cambiado, salvo que Sofía, por fin, había decidido por sí misma; esta vez le tocaba decidir a ella, y decidió saltar.

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