Sombrero de Navidad
El frío me condenaba al olvido con el sólo consuelo del ronroneo de las gentes frío como el frío. Frío más frío, igual a la más absurda soledad. Y un niño jugueteaba a pocos metros del Paseo de los Tristes y una niña le pedía a su madre un poco de cariño. Al frente la Alhambra majestuosa, en el suelo unos pocos euros y alguna calderilla, en el cielo, dios sabe. A veces pensaba en la vida con la misma ilusión que un recién nacido analiza una hoja floreciendo de la rama como si aún le diese miedo salir y de luchar por encontrar el cauce a su sabia. El recién nacido estaba aún a tiempo para poder llorar. Comenzaba a sentir cómo caían los primeros copos de nieve sobre mis manos y una mujer se paró a mi altura. Se agachó para depositar unas monedas en el pequeño sombrero que sostenía entre mis piernas. Olía bien, parecía sonreír y mirarme a la vez como si nos hubiésemos visto toda la vida, cosas de la vida. Sin decirme nada, cogió de mi lado el pequeño cartel y escribió algo con un rotulador en su reverso para después volverlo a colocar e irse con el mismo sigilo con el que había aparecido. Un coche pasó a pocos metros de mi rostro. Sentí el olor de su velocidad camino del Sacromonte para llegar lo antes posible a la cena que estaba preparando su familia, majestuosa, exquisita, sublime y delicada. Los villancicos sonaban como estruendo intermitente entre un altavoz más alto y una voz más aguda con luces y guirnaldas entremezcladas entre viajeros y apoderados con acentos opuestos. Comenzaron a sonar las campanas de Santa Ana a pocos metros de mí y a ese campaneo se le unió de forma inaudita y repentina el sonido de las monedas tras chocar contra el fondo del sombrero: ding, dong, ding, dong. De repente me estaba viendo inundado por sonidos, cuchicheos, miradas y guiños de viandantes que sin pensarlo depositaban en el sombrero monedas y billetes de euro. El soñar siempre lo he tenido como una obligación, como algo que me exijo para vivir y convivir en los pocos años de vida que me restan. La vida es un sueño ilusorio necesario de igual modo que lo es en un adolescente su primer beso en los labios o una madre ante el recuerdo de la imagen de su hijo en la triste batalla. El cielo cubría parte de las nubes y la oscuridad comenzaba a llenarse de igual modo que mi sombrero se colmaba de dinero, dinero, bendito dinero, maldito dinero. En pocas horas me había hecho poseedor de un pequeño cofre sin tener conocimiento de la extraña naturaleza que lo rodeaba. De nuevo sentí la proximidad de aquella mujer entre el bullicio. Pude oler su perfume y su sonrisa el tiempo justo que me permitió antes de que desapareciera con tal sigilo que ni tan siquiera los antiguos espíritus moradores del Albaicín a mis espaldas pudieron fijar su mirada en ella, miradas perdidas entre la lujuria y el deseo de todas aquellas almas vitales que paseaban por la orilla del Darro. Antes de levantarme para regresar a casa hice una señal a un niño para que se acercara a mi costado. Le pregunté qué era lo que ponía el cartel. La juventud se negó otra vez a ayudarme y siguió corriendo alejándose con paso firme sin tan siquiera girarse para poder contemplar la iluminación de la Torre de Comares intentando imaginar la sala de las Dos Hermanas. Este vagabundo nunca sabría lo que había escrito la misteriosa mujer pero con ese dinero pudo comer durante toda la Navidad. Su nuevo cartel decía algo así: "hoy es Navidad en Granada y yo no puedo verla" más obras del autor |