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[DEMASIADAS
DOSIS DE REALIDAD PARA UN VIERNES POR LA NOCHE]
A
veces me acostaba tarde. Me quedaba observando el ritmo de
la televisión hasta que lentamente los párpados
se cerraban. Cabizbajo entonces caminaba hasta la habitación
y descansaba en un profundo sueño que se alteraba solo
varias veces a lo largo de la noche. Solía repetir este
proceso casi mecánico muy a menudo. Sin embargo esta
noche ha sucedido algo distinto, ocurrió lo mismo que
todos los días, aunque a media noche desperté y
encendí un momento la radio, ahí fue donde escuché una
extraña historia. Serían las tres de la madrugada
y una mujer contaba como su matrimonio no era lo que había
esperado, se casó por la necesidad de ser escuchada
por alguien, porque le apetecía compartir todo lo suyo
con otra persona pero no por amor o al menos eso creía
ella. Siempre fue una mujer olvidada, la última del
grupo, la que todos los chicos pretendían en último
lugar y que siempre por sexo la poseían; y ella no se
consideraba fea, probablemente no lo fuera. Pensé que
solamente buscaba ser escuchada por alguien, aunque después
de casarse decidió irse con otro hombre teniendo ya
una pareja de niños. Lo curioso de la historia es que
el hombre era sordomudo, no la podía escuchar pero a
ella le daba exactamente igual porque se encontraba feliz,
porque por primera vez en su vida sentía que significaba
algo para alguien. Ante estas historias curiosas me gusta anotar
siempre algo, una nota de reflexión. Abrí el
cajón de la mesita de noche, saqué mi diario
y apunté en sus últimas páginas lo siguiente: "Procura
que sean lícitos y naturales todos tus pensamientos,
has de procurar ser siempre tu mismo". Junto a mi mesita
tenía aún la fotografía que me había
regalado Candela. Retomaba el significado de la frase, era
la vuelta a una situación vital, la búsqueda
de la autenticidad del individuo en un mundo déspota
en el que sin el menor miramiento suelen manipularte, y no
concebía en ese instante a un amigo o conocido o incluso
familiar que alguna vez no hubiera influenciado en mi forma
de pensar, de observar el mundo o de manipular las formas que
a la postre me cambiarían mi capacidad de sentir ¿Pero
acaso no todo lo que me rodea es fruto de la experiencia y
del aprendizaje mutuo de individuos con los que día
a día convivo? La cama es buena, tiene un somier muy
tierno. Además de soportar sobre mí todas y cada
una de las sábanas, podían acomodarse a mi cuerpo
cada uno de sus pliegues sin que nada se lo impidiese. El año
pasado compré unas especiales, eran de franela, me proporcionaban
mucho más calor en los meses fríos, incluso al
propio tacto se podía distinguir su delicadeza como
si su suavidad casi aterciopelada te rodeara cada parte del
cuerpo por diminuta que fuera. Me encantaba enredarme en la
cama, girarme sobre mi mundo y que me volviesen de nuevo a
acariciar, era placentero. Abrí los ojos y todo permanecía
oscuro, callado, ni un solo susurro que me produjera la más
mínima alteración. A veces me levantaba tarde
los sábados, solía dispensar todas mis obligaciones
para imaginarme en el interior de las sabanas ser el dueño
de una casa en la sierra de Cazorla rodeado de pinares y sonidos
de insectos y de animales, poder pasear entre ambas orillas
de un diminuto riachuelo acompañado de una mujer y sentir
el agua como rozaba sobre las rocas, a veces me veía
guiando una embarcación dueño de una tripulación
y poniendo rumbo a alguna pequeña isla del Mediterráneo
o conducir un pequeño deportivo atravesando toda la
Península de Sur a Norte. También fue un viernes
de madrugada cuando no pude dormir recordando a Candela, como
nos conocimos los dos solos intercambiando sueños que
parecieron en ese instante ser eternos, nos proponíamos
llevarlos a cabo en el rincón del "Beiral",
miradas inseguras y confidencias personales que nos hacían
más vulnerables, los dos a la vez estábamos intentando
unir nuestros anhelos solitarios. Nuestros amigos nos dejaron
solos, decidimos caminar por toda la ciudad sin rozarnos las
manos. La acompañé a su casa en mi coche y ese
domingo no pude dormir, las sábanas me parecieron sudorosas
y pesadas y sentí en mi interior una sensación
de angustia que no desapareció hasta bien entrado el
mediodía. Era muy pronto aún para que amaneciese.
Recordé que mi tía llamó anoche, quería
saber algo de su hermana aunque así con todo apenas
si pude contarle nada, no tenía noticia de ella en varios
días. Le dije que no tenía conectado el móvil
aunque lo cierto es que no la había telefoneado. Me
dio apuro decirle la verdad, que debido a mi pereza ni se me
había pasado por un solo instante la idea de saber que
estaría haciendo ahora. Dudaba si era por la pereza
o por la falta de afecto, y esto me preocupaba todavía
más. Solía visitarme y de camino hacer la colada
varios días a la semana. Era una persona demasiado alterada
por el ritmo frenético de la vida, nunca paraba de hacer
cosas. El mes pasado el médico le mandó unas
pastillas para dormir mejor, eran simplemente unos relajantes,
nada demasiado fuerte pero ni siquiera se acercó a la
farmacia a preguntar si tenían. ¡Debe cuidarse
más y no preocuparse tanto por los demás aunque
esto a ella le haga feliz! Algo así fue lo que le conté a
mi tía. Mientras pueda soportar todo ese ritmo de vida
siempre será la mejor, pues nos cuesta conocer a personas
que lo entreguen todo sin esperar nada a cambio. Estoy triste
y no lo quiero reconocer, el eje existencialista de Camus, ¿qué es
eso de libertad? Acaso no somos todos libres, irremediablemente
condenados a ser libres, sin escapatoria y creadores de nuestro
destino. El destino está en nuestras manos ¿quien
lo diría? Yo mismo lo creé y también lo
puedo destruir. Hace frío, suelo dormir con calcetines,
es la parte de mi cuerpo que siempre está fría
por las noches. También tengo frías las manos,
entre mi cuerpo suelen perderse en lugares inhóspitos
mucho más cálidos que de donde son oriundas,
ahí se encuentran mejor, tranquilas, sin inmutarse del
paso del tiempo. También Candela tiene las manos frías.
Eso me dijo pero no me atreví a tocarlas a pesar que
estaban muy próximas a mí. Sus ojos en cambio
como el resto de las veces que salimos presentaban esa misma
ansiedad cubierta por una capa de descorazonada soledad, no
sabías si te incitaban a besarla o a despreciarte como
el más ruín y amorfo de los mortales. En eso
nos parecíamos, teníamos las manos frías
y no me atreví a enlazarlas con las suyas. Todo está tranquilo
y creo ya he conseguido aceptar que no voy a poder olvidarla
durante mucho tiempo. Decidí que tenía convivir
con ello. No era de las mujeres que te causan sobresalto a
simple vista como la camarera del "Beiral" o como
Carmen, era distinta; la primera vez que la vi estaba entre
un puñado de mujeres crecidas en su propia ignorancia
fantasiosa, henchidas de un fervoroso y sospechoso éxito
juvenil en un bar a la salida del trabajo; no me percaté a
primera vista entre este grupo de la existencia de una mirada
triste, fuera de lo normal, que parecía convivir con
más de un pinchazo en su profundo corazón y que
sin poder evitarlo despreciaba a todos y a cada uno de los
objetos inertes que le rodeaban. ¿Tenía sin más
remedio que despreciar lo que le acordonaba? A veces podemos
encontrar en el mundo mujeres que probablemente transformarían
nuestra vida por completo y sin embargo no nos percatamos de
esa necesidad. El tiempo suele hacerse más lento durante
la noche, me habría gustado viajar a alguna parte del
sistema solar, huir con una pequeña parte de mi vida
a algún sitio donde la realidad fuera más fácil
analizar, elegiría el solsticio adecuado, probablemente
el de invierno y tomaría dirección a Saturno;
desde alguno de sus anillos me detendría a contemplar
la tierra y hacer alguna foto, quizá me llegase a gustar
la visión limpia solo por ser lejana y por ocultar los
fallos del planeta. Permanecería en silencio, callado
sin gritar contemplando los colores insonoros que transmitía
el Mariner 10 hasta que después, extenuado por lo que
me rodeara decidiese volver a lomos de un animal mitológico.
Sería como un viaje astral, una ruptura del cordón
de plata que me une a la realidad para poder permitir evadirme,
soñar y al final poder descansar en el dominio de mi
propia cama de nuevo otra vez sólo. Candela es rubia,
de ojos tristes y mirada profunda. En sus ojos se puede contemplar
la serenidad del tiempo. Una tarde me llamó para enseñarme
las fotos de su último viaje. Había viajado con
unas amigas a las playas de Menorca. En ellas salía
de nuevo triste ¿qué le pasaba? No le dije nada,
pero no lograba descubrir la verdad de su corazón. Tenía
la misma mirada y, sin embargo, sonreía por cualquier
detalle que nos sucediera a los dos mientras caminábamos,
esa extraña sonrisa que disimula e intenta complacer
pero que oculta tras de si una misteriosa realidad y que a
veces ni uno mismo es consciente de llevarla consigo. A veces
la soledad es necesaria, lo he aceptado. Hay tres tipos de
tristeza: la que es capaz de amargar durante un par de horas,
producida por un hecho aislado y después de este tiempo
afortunadamente desintegrarse de igual modo a como fue generada;
otra en cambio algo más seria que se apodera lo más
profundo del cuerpo y como si de una mala bacteria se tratara
pretendiera anidar sin permitir dominar la realidad, pero una
mañana te levantarías viendo amanecer frente
a la ventana con una cara sonriente impregnada de hermosa belleza
por los misterios de la vida; finalmente quedaría la última
tristeza, quizá la peor de todas las tristezas, la que
puede incluso conducirte a la depresión. El gran error
del enamorado se encierra en creer que el amor cuando se encuentra
va a ser para toda la vida, no existe nada eterno y por eso
se debe aprender que todo tiene un principio, un desarrollo
y un desenlace de manera similar a una buena película;
se debe conocer que la desaparición es un episodio,
un proceso que llega sin más. Suelo tener sed a media
noche, solía colocar un vaso de agua sobre la mesita;
de manera casi milagrosa nunca vertí la menor gota de
agua sobre las sábanas y mi refrigerio me proporcionaba
una vuelta a la meditación. La plena oscuridad ocupa
todo el campo de visión; un aire frío, entrecortado
recorre mi cara salvando los altibajos del relieve. A veces
en esta oscuridad suelen aparecer fantasmas que pretenden asustar
y escondes sin más remedio la cabeza en el interior
de las sábanas hasta dejar de sentir el ritmo acelerado
de la respiración contra el pecho. A continuación
examinaba las posibles aberturas por las que pudiera colarse
alguien hasta que adquieres la total certeza de que no te va
a suceder nada, de que todo lo que ha pasado no puede volver
a la realidad de nuevo. Es en ese instante donde puedes sentirte
de nuevo seguro de ti mismo. Me va a costar olvidarla, tengo
que hacer un viaje pero esta vez a un punto real, nada de sueños;
de vez en cuando es necesario la fuga para retomar algunas
cosas que has olvidado, recapacitar y volver a entrar en el
hilo vital. Córdoba me parece una ciudad hermosa y nunca
he estado. La oscuridad de la habitación lentamente
deja paso a la luz del amanecer, parece que va a hacer un buen
día, estoy cansado pero tengo la mente clara. Miro el
reloj por primera vez en toda la noche; son cerca de las siete
de la mañana, lentamente los colores de la habitación
comienzan a aparecer manchados sobre las paredes y yo aún
permanezco en el centro de la cama tapado. Un día levanté la
mano en medio de la clase y no sabía por qué,
pero qué importaba eso, quería hablarle a todos
y explicar lo que pensaba. Había estado mucho tiempo
reteniendo cosas en la cabeza que no le importaban a nadie
más que a
mí y sin embargo ese día decidí contarlo
en voz alta. Y lo extraño fue que el profesor me contestó como
si hubiera alguna relación lógica con el tema
de la clase, como si la asignatura y la pregunta estuvieran
entrelazadas por un hilo imaginario. ¡Qué absurdo!
pensé y sin embargo nadie se extrañó,
incluso mis propios compañeros que minutos antes habían
estado comentando la película de la noche anterior y
que poco después continuarían haciéndolo.