En el gimnasio.

¡Brrrrrrr!. ¡que frío!!!!!. Voy a subir al gimnasio. Las escaleras que llevaban a la planta alta estaban un poco resbaladizas por la lluvia caída un poco antes. La gente se amontonaba en los rincones cubiertos por la bóveda de mármol de las escaleras, fumándose un cigarrillo, sintiendo pasar las horas, y los claxon de  los coches que circulaban por la gran avenida de Pablo Picaso. Al entrar me saludan con amabilidad y sin decir nada ya me están ofreciendo una silla al lado del gerente para conversar. Me conocen de otras veces y saben que lo estoy esperando.

No han pasado diez minutos de charla cuando me gritan que puedo pasar al fondo, a las duchas. Paco está terminando y quiere que vea un nuevo Cd-Rom que se ha comprado llamado el Messiah. Es un impaciente, pienso, qué más dará esperar un poco más, aquí fuera no se está mal y nos estamos riendo mucho.

Me decido por fin. Las duchas están al fondo de la gran sala con unos espejos enormes por todos sitios y los chavales de cuerpos escultóricos están gastando bromas mientras terminan sus ejercicios. Siento cierto rubor de como me miran y no dejo de mirarlos a ellos a su vez. Corro unas cortinas enormes de color verde oliva. Perdón. - digo- pensé que ya habías terminado.

Pasa tonto; no te quedes ahí. Cierra la cortina que hace corriente. Siento un cierto pudor desconocido hasta ese día. ¿Me ayudas?.  Seguí aquella voz que me pedía lo enjabonara. Una piel suave, sin un pelo (decían que los ciclistas se afeitaban todo el vello para evitar los roces con las ropas y no se cuantas cosas más). Cada muslo estaba marcado, cada vena señalaba días y días de mucho entrenamiento, de sacrificio, y allí estaba yo, recreando mi tiempo, mi vista, mis manos, pasándole suavemente la esponja yupy's por todo su cuerpo sin poder retirar ni un momento la vista. No quería hacer otra cosa.

Suavemente le empapaba de espuma aromática y al llegar al pubis le comenté que tenía un pelo muy suave como el de las mujeres...anda ya.. me dijo.. muchas que has tocado tú eh... me sonrojé, y seguí pasando mi mano por sus nalgas, prietas, sonrosadas, un culo en forma de melocotón con una piel tan suave como la seda y sin señales o marcas de granos. Perfecto.

Se giró,  me tomó la cabeza entre sus manos y me acercó la cara a su pene totalmente erecto, vigoroso, fuerte... ¡tómame!, dijo.. no puedo más..gemía. Lo tenía en la boca y lo acariciaba con fuerza, pero con cierta timidez, no sabía si le podía hacer daño o no. Me dijo, como leyéndome el pensamiento, sigue así, vas muy bien, sigue, sigue, y seguía gimiendo tan fuerte que temí que los demás nos oyeran desde fuera. No te preocupes comentó. Nadie entrará. Al cabo de una media hora, al pasar por el espejo que había enfrente de la puerta de las duchas le comenté: ¡mi alma se despereza!.

Adiós Juan, a ver cuando te apuntas con nosotros a unas clases. Adiós Paco, se despedía de nosotros Antonio, el gerente, hasta mañana.

Nicola Ximenez